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Martes, 25 de abril de 2000

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Arte / Claroscuro

La boda

Por Marta Poza Yagüe

Don Diego
¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
D.ª Irene
Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es para una criatura de sus años un marido de cierta edad, experimentado, maduro, y de conducta...
Don Diego
¡Calle! ¿Eso decía?
D.ª Irene.
No; esto se lo decía yo, y me escuchaba con una atención como si fuera una mujer de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas le dije! Y ella, que tiene mucha penetración, aunque me esté mal el decirlo....

(Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, acto 1.º, esc. IV)

En 1805 publica Moratín El sí de las niñas, pieza teatral cuya idea principal es la del matrimonio por conveniencia, asunto tratado anteriormente por el mismo dramaturgo en otras dos obras suyas: El barón (1787) y El viejo y la niña (1790). En todas ellas, los protagonistas principales son tres. De un lado, el padre —o la madre—, normalmente de familia acomodada venida a menos, que como modo de salvar su situación económica, pacta de modo egoísta la boda de su joven hija con un hombre rico, que ha llegado a la madurez viudo o soltero todavía. Por último, la novia, a quien nadie ha pedido consentimiento para un casamiento en el que ella es seguramente la que más pierde.

El tema, popular en la literatura y la música del momento, tiene un paralelo casi coetáneo en el cartón para tapiz que realiza Goya hacia 1791-92, para el Despacho de Carlos IV en El Escorial. La escena nos muestra a los integrantes que componen el séquito nupcial, encabezado por los músicos y unos niños que juegan, dirigiéndose a casa de los novios tras la ceremonia.

Como en el teatro, también en el cuadro podemos identificar fácilmente al padre de la novia, tras la nueva pareja, hablando orgulloso con el sacerdote; al novio, en el centro y vestido de rojo, siendo su rasgo más destacado, edad aparte, la fealdad del rostro de rasgos casi simiescos; y la joven, ricamente engalanada pero sola y seria, como ausente, seguramente por la tristeza que le produce su nueva situación, motivo de las miradas y sonrisas burlonas que le dirigen sus amigas. La importancia que cobra la figura humana hace que el fondo de la composición se haya reducido a un único arco por el que penetra la luz que ilumina el conjunto.

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