Cine y televisión
Por Lisandro Duque Naranjo
A lo largo de los últimos quince años, cuatro cinéfilos norteamericanos han sido agentes ad-hoc del cine iberoamericano en Estados Unidos: Richard Peña (director del «New York Film Festival» del Lincoln Center), Laurence Kardish (curador de cine del Museo de Arte Moderno de Nueva York), Dennis West, profesor de historia del cine latinoamericano de la Universidad de Idaho, en Moscú (algo acerca de lo cual Dennis suele decir que «no solo hay un París en Texas, sino un Moscú en Idaho») y Paul Lenti, encargado de la sección de cine iberoamericano en la revista Variety.
A cualquiera de ellos ha sido fácil identificarlos en la oscuridad de las salas por sus linternitas de mano para alumbrar sus libretas de apuntes, como luciérnagas, eruditos de sinopsis, cazadores de fichas técnicas y ávidos de elencos actorales. De gustos dispares entre sí (pues mientras a uno le encanta Fernando Solanas, otro detesta a Bigas Luna, aquel se repite a Ripstein y alguno se pelea por Francisco Lombardi), tienen en común su bostezo frente al cine de neveras, gimnasios y catástrofes de su propio país. Sin exagerar, cualquiera de éstos críticos e historiadores conoce del cine hablado en español de todas la épocas, los mismos datos —y a veces un poco más— que los que recuerdan los cineastas acerca de películas de su propia autoría. Y la prueba es que ellos a veces han sido escuchados diciéndole a Román Chalbaud: «Oh no, La Quema de Judas no es del 76, sino del 74. La que hiciste en el 76 fue Sagrado y Obsceno». O corrigiéndole a Sanjinés algún olvido con éstas palabras: «No, la película que te fotografió Héctor Ríos fue Fuera de Aquí. De Yawar Mallcu el fotógrafo fue Antonio Eguino». Hace cinco años, el 20 de mayo de 1994, éste grupo de americanos para quienes «el film justifica los medios», quedó incompleto, porque Paul Lenti murió. El pedazo de corazón que le quedaba se lo gastó en una maratón de tres festivales de cine Iberoamericano seguidos: el de Cartagena en marzo, el de Chicago en abril y el de Providence en mayo.
En su pequeño apartamento de Nueva York, se quedó sin dueño una gata gorda, anciana e inmensa. En cuanto a tres centenares de casetes de películas habladas en español, tuvo la precaución de dejarlas en herencia al Museo de Arte Moderno de Nueva York. Paz a la tumba de éste americano bueno.