Literatura
Por José Jiménez Lozano
Durante mucho tiempo, esto de las dos Españas ha dado mucho juego, y el caso es que sigue dándolo.
La cosa viene de muy lejos: de cuando el maestro Fray Luis de León, por ejemplo, comprobaba con amargura que, efectivamente, había unos españoles a parte entera, y otros que eran «ganado roñoso» y «generación de afrenta que nunca se acaba». Y, ciertamente, allí estaba la España de las castas: la casta limpia o cristiana vieja y la otra, de islámicos y hebreos. Luego se añadieron a esta última mala casta, ya al margen de la raza, los luteranos; y más tarde otras «denominaciones», éstas ya políticas.
Y lo que pasó luego fue que hubo una especie de «cambio de agujas», y los historiadores comenzaron a hablar de «dos Españas» de nuevo: la de la modernidad o nueva casta limpia, y la otra: la de la España antigua y negra. Así que se seguía en las mismas. ¿Y es que no se podría ser español a parte entera y sin más? ¿Acaso no somos todos herederos de las luces y las sombras de España, y eso nos ha hecho españoles?
Por supuesto que cada cual tendrá —y debe tener— su alma en su almario, y pensará así o asá, diferente o aun lo contrario de su vecino, pero ¿confundirá esos sus pesares y sentires con España entera, y negará su españolidad a los de otros pensares y sentires?
Obviamente esto es un absurdo; pero entonces, ¿para cuándo dejaremos de hablar de las dos Españas y de las dos castas de españoles, unos siempre una gloria y los otros un desecho? ¿Y cómo repetir todo esto sin volver, ipso facto, a los tiempos oscuros?