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Jueves, 6 de abril de 2000

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Literatura / Homenaje a Valbuena Prat

Un estudioso de Calderón

En un día como hoy nació en Barcelona, en 1900, Ángel Valbuena Prat, catedrático de Literatura española y uno de nuestros más prestigiosos hispanistas. Profesor visitante en diversas ciudades extranjeras, dedicó su vida a la difusión de nuestras letras, en particular de la obra de Calderón de la Barca. Entre sus obras destacan: Los autos sacramentales de Calderón (1924). Historia de la literatura española (1936); Calderón (1940), La vida española en la edad de oro (1943); e Historia de la literatura española e hispanoamericana, en colaboración con Agustín del Saz (1965). Precisamente en este año dedicado a la celebración del centenario de Calderón, queremos rendirle un homenaje a un crítico y ensayista, cuyo trabajo sobre el autor de La vida es sueño, es en la actualidad un punto de referencia obligado en los estudios sobre teatro del siglo de oro español. Por eso nos parece muy apropiado publicar este fragmento del capítulo que le dedica a Calderón en su Historia de la literatura española:

Estilización de la comedia «de capa y espada»

En las obras exclusivamente cómicas, Calderón parte del realismo, vivo y sin sistema recortado, aunque la construcción de la obra no desmienta al poeta del canon barroco. Hay personajes que hacen pensar en la sátira maliciosa de Tirso, como en Hombre pobre todo es trazas o en El astrólogo fingido, o ya se revela la técnica de paralelismos, aun en un ambiente animado y cálido, como en ¿Cuál es mayor perfección? En algunos detalles, especialmente en la trama de los graciosos, Calderón no se detiene en lo escabroso o lo bufo, como en Dar tiempo al tiempo. Pero Calderón tiende a un juego matemático de posibilidades dentro de recursos análogos, desde que entra en el hábil e ingenioso discreteo, perfectamente: tramado en punto al interés de la intriga y movimiento de las figuras, que representan, con diversos matices, La dama duende, en que asoma la ironía de las supersticiones, y Casa con dos puertas; la forma tal vez más sintética de poesía y tramado escolástico. Un cierto asomo de emoción dramática, aunque velado por el desenlace feliz, aproxima al género trágico un grupo de comedias urbanas de audaz solución del honor como No siempre lo peor es cierto, en que la cautela lleva a consecuencias optimistas, o en No hay cosa como callar, en que se suman bellezas líricas formales con un tema nuevo y actualizable, dentro de una honda emoción. La terminación del acto primero de esta obra es un caso sobresaliente de interés cortado, que produciría una gran impresión en el ánimo del espectador. Su poesía penetra hasta en motivos que recuerdan la comedia filosófica, del tipo de La vida es sueño, al decir don Juan ante Leonor dormida, en una delicada escena:

Y puesto que sueños son
las dichas y los contentos,
soñémoslos de una vez...

Leonor, la mujer que «morirá de un secreto» por no vivir de una voz, es un carácter de resignada feminidad, original y finamente humano. El desenlace de la obra con un solo matrimonio —el necesario para que la solución de la dolorosa intriga sea feliz —, denota un momento menos amanerado que la solución usual en estas piezas.

Calderón ha combinado finamente la más estilizada poesía con las alusiones costumbristas y satíricas de la comedia tirsiana, como en La señora y la criada. Algún ejemplo de los motivos líricos de esta pieza, revela cómo su hondo contenido podía coincidir con la decoración poética de los mismos autos. El soneto al retrato «Bellísima deidad que repetida» se intercala con intención trascendental en el auto El veneno y la triaca, del mismo modo que otro, muy hermoso también, de la obra sacramental Sueños hay que verdad son —«Hermosas luces en quien miro atento»— se encuentra idéntico en la comedia Mujer, llora y vencerás, obra de bellas imágenes y delicado ambiente. Enumerar las bellezas formales de estas estilizadas piezas urbanas sería extensa labor. No es el género sólo la hábil y perfecta construcción arquitectónica de las carreras y escondites de galán y dama, sino la fusión de esta animada danza de figuras, con exquisitas imágenes, con aromas de jardín ideal, todo hecho poesía, todo fusionado, no apegado a la acción misma. Como en los recursos de la intriga, Calderón inagotable en la combinación de cadenas de imágenes, de finas metáforas, sorprende con novedades en el momento en que parece sólo variar lo externo del lugar común, sólo matizar de diversa manera la comparación del aura, del cristal, del ruiseñor, de la fuente. Calderón, al darse cuenta de la repetición de recursos no tiene inconveniente en descubrir el juego, en las irónicas reflexiones sobre el teatro mismo, puestas especialmente en boca de los criados. Pero no cabe duda que en el fondo, Calderón se sentía satisfecho de este dominio de los mismos pasos, dándoles variedad y matización infinitas. Un ejemplo, entre los muchos que pudieran escogerse de su ironía de los propios recursos, sale al paso de la objeción sobre lo repetido: en la bella producción Las manos blancas no ofenden:

Patacón.
En esta parte
esconderte hoy o taparte
tiene un grande inconveniente.
Lisarda.
¿Y qué es?
Patacón.
Que algún entendido
que está de puntillas puesto
no murmure que entra presto
lo tapado y escondido;
y antes de ver en qué para
dirá, de si satisfecho,
que este paso está ya hecho.
Lisarda.
En que entra Fabio, repara,
y no quiero que me vea.
Nise.
Tápate, y vente a esconder...;
y tú puedes responder
(pues que yo no sé quien sea)
que si en tapada y cubierta
es fácil haga otro tanto,
que yo le daré este manto,
y aquí se queda esta puerta.
(Escóndense.)

Tomado de Historia de la literatura española, 9.ª edición, Barcelona, Editorial Gustavo Gili, 1982, págs 707-709.

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