Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
H es el hijo de Martín, un director de cine de éxito reconocido (que no de genialidad reconocida) que vive atrincherado en una fortaleza cuyas defensas contra cualquier intento de acoso del mundo exterior han sido sólidamente cimentadas. Pese a su árido trato y su porte extremadamente serio, es de actitudes vitales progresistas, según sabemos por su amigo Dante, y quizá también por sus despreocupadas costumbres, entre ellas la de consumir costo, mezclado, eso sí, con un buen champán francés, en el sofá impecable de su estupenda casa madrileña. Martín es argentino, pero detesta Argentina, o eso le dice a H, que, sin embargo, la añora. Martín tiene una amante guapísima y mucho más joven, a la que procura (¿y consigue?) no amar. También tiene un hijo, H, al que hace cinco años que no ve. Hasta que un buen día las circunstancias lo ponen contra las cuerdas y ha de hacer frente al hecho de que hay un intruso en su vida, el joven de diecinueve años que ha de traerse a su casa y con quien no sabe muy bien qué hacer.
El chaval, por su parte, perdido en un mundo que no es el suyo, intenta averiguar de algún modo quién es y qué espera de sí mismo y de la vida mientras asiste al desarrollo del drama que va construyendo los sucesivos desastres de su padre, convertido así repentinamente en testigo involuntario de lo que acabará en tragedia. Él, sin saberlo, se erige en último baluarte de la inocencia en medio de un mar de amarguras y tristezas del que ni siquiera Dante, con su hedonismo militante, logrará sustraerse en absoluto. Al margen de las posiciones asumidas con pasión por los adultos, actuará como una especie de eje, de bisagra, entre dos planos contrapuestos: el que representan, por un lado, Alicia y Dante, sumergidos por completo en los riesgos de la vida, a la que se imponen extraer hasta la última posibilidad de disfrute y, por otro, el que sostiene su padre, empeñado en conservar por encima de todo aquello que posee, rechazando con firmeza cualquier posibilidad de derrota, aunque el precio de esta actitud suponga aterrizar estrepitosamente en una monotonía egocéntrica hasta lo hiriente, en una superficialidad que, posiblemente, entraña la causa última de los límites creativos del que podría ser un director de cine mucho mejor que bueno.
Con el talante típicamente introspectivo propio de este y otros directores argentinos, la película se construye a partir de una sucesión perfectamente engranada de conversaciones que, en algún caso, derivan en pequeños soliloquios en los que los personajes se muestran a sí mismos y a los otros —lo que ellos perciben de los otros—, construyéndose de este modo un pequeño universo de cuatro en el que las complejas relaciones que los unen son puestas sobre la mesa y diseccionadas con crudeza. La recurrente presencia de las drogas (costo, alcohol, cocaína, tabaco), alude constantemente a esa estrechísima linde que separa el placer del dolor, en un juego de dependencias que incluye y subraya la más implacable de todas: la del amor.