PENÍNSULA IBÉRICA
Mientras tanto, le ruego hacer llegar nuestro agradecimiento por los innumerables favores que debemos a los españoles en todas las partes de América que hemos visitado, porque seríamos bien ingratos si no hicieramos los más grandes elogios de vuestra nación y de vuestro gobierno, que no ha cesado de honrarnos y protegernos.
Carta del 22-4-1803, dirigida desde México al abate Antonio José Cavanilles. Publicada en: Minguet, Charles (ed.), Alejandro de Humboldt. Cartas americanas. Venezuela: Ayacucho, 1989, p. 111.
Me encontraba donde el ermitaño de Santiago, buscando hierbas en los alrededores de su morada. El ermitaño escuchó gritos en el bosque, abrió soliviantado todas las ventanas de su atalaya y justo cuando iba a acercarse para ayudar, llegó un joven mulero llorando y sin aliento. Decía a voz en grito que su «macho» (palabra que proviene de masculus, designando en general todos los animales masculinos, pero que se usa preferiblemente para mulas), su pobre y querido macho se había caído por un precipicio. Lloraba como un niño, invocando mil veces a la madre de Dios y a todos los santos. El ermitaño lo llevó a toda prisa y por la fuerza a su habitación y le colgó un rosario. Yo ya temía que esta fuera toda su ayuda, pero solamente era para calmar el primer dolor: sin seguir el camino, en seguida fue descendiendo por las paredes rocosas hasta llegar adonde se encontraba la mula. El mulero y yo no llegamos hasta más tarde. El animal colgaba solamente de una pata que se le había quedado enganchada en un árbol, tenía la cabeza hacia abajo, y estaba tan inclinado sobre el precipicio, que de haberle abandonado a su suerte, habría acabado precipitándose al vacío sin remedio. El mulero no dejaba de llorar, besaba al pobre animal y se encomendaba a todos los santos que pudieran auxiliar al mulo. El ermitaño censuró su cobarde falta de iniciativa: había que pasar a la acción. Con ademán robusto, se puso debajo del animal para colocarle la cabeza en una determinada posición. Sólo verlo daba escalofríos, ya que si el animal caía demasiado de prisa, él se caería también al precipicio. Pero el ermitaño, haciendo caso omiso del peligro, enrolló una soga a la pezuña del animal, y, sujetándole la cabeza, lo elevó felizmente por lo alto. Luego pronunció un largo sermón sobre la falta de decisión. Por desgracia, durante toda la operación se había perdido el rosario. Pero el ermitaño tampoco se dio demasiada prisa en buscarlo, ya que podía hacerse otro sin mayor dificultad.
Carta enviada antes del 25-1-1799, dirigida a su hermano Wilhelm. Publicada en: Wilhelm von Humboldt, «Der Montserrat bey Barcelona», Allgemeine Geographische Ephemeriden, XI (1803), pp. 265-313. (traducido del alemán).
Vista de la Puerta de San Vicente con parte del Real Palacio
Brambilla. 1829-1834.
Óleo, 92 x 140 cm. Ministerio de Economía y Hacienda. Patrimonio Nacional. Madrid.
Río Grande de San Pedro (Brasil). Cartas náuticas
Tomás López. 1777.
Grabado, 35 x 43,2 cm. Real Academia de la Historia. Madrid.