Cajal > Recuerdos de mi vida > Introducción (18 de 18)
En los últimos años la salud de Cajal comenzó a deteriorarse. Sus visitas al laboratorio se fueron espaciando hasta desaparecer totalmente, aunque don Santiago seguía siendo un símbolo y un ejemplo para todos. Por el contrario pasaba mucho tiempo en casa, fundamentalmente escribiendo de manera infatigable. Fue en estos meses postreros cuando publicó su última aportación literaria El mundo visto a los 80 años, a la que añadió el apóstrofe de Memorias de un arteriosclerótico. Es la visión de la vida de un hombre que, conservando la plenitud de sus facultades mentales, asiste a la imparable realidad del agotamiento físico. Ese «Hemos llegado sin sentir a los helados dominios de Vejecia, a ese invierno de la vida sin retorno vernal...» con el que abre la introducción de esta obra, ya nos anuncia que estamos ante su premortal obra. Ello no es óbice para que comprobemos que está escrita con plena lucidez y cómo a pesar de su decadencia física todavía posee un poderoso cerebro del que brotan los pensamientos con casi igual pujanza y vigor que en los años juveniles. La heterogeneidad de la obra no impide que encontremos magníficos puntos de reflexión sobre diversos temas que van desde el patriotismo al arte, pasando por el desastre colonial o la moda por citar algunos de ellos. Es una magnífica oportunidad no solo para conocer el pensamiento del autor sino para tener una visión del panorama sociocultural de una época de la reciente historia de España. Terminó de escribirlo en mayo de 1934 y apareció publicado pocos días después de su muerte. Don Santiago también trabajó en obras de carácter científico durante aquellos últimos meses de su vida. Así, en 1933, concluyó su libro ¿Neuronismo o reticularismo ?, al que subtítulo Las pruebas objetivas de la unidad anatómica de las células nerviosas, que es su última defensa de la teoría neuronal, y que aparecería publicado casi coincidiendo con su muerte. Otros manuscritos filosóficos y literarios sobre los que estaba trabajando se perdieron durante la guerra. Entre ellos figuraban un ensayo titulado «El misterio de la tumba» y otro sobre psicología de las ensoñaciones al que denominaba «Alucinaciones y sueños», tema que le había fascinado durante toda su vida.
El 30 de septiembre de 1934 Cajal consultó a su médico de cabecera si podría irse a pasar unas semanas a su casa de Cuatro Caminos, obteniendo una respuesta afirmativa. Pero la postrera ilusión no llegó a realizarse. Por esos días ocurrió un suceso de trascendental importancia que muy probablemente aceleró el final de sus días. Cajal trabajaba en una nueva edición, la tercera, ya acabada y revisada de su obra magna, la Textura del Sistema Nervioso, a la que ya antes hemos aludido. Cajal estaba ilusionado con que no se perdiera su obra cumbre de investigación totalmente actualizada. Un día pidió que le trajeran el texto para trabajar en él, ultimando detalles. La noticia que recibió don Santiago fue la más cruel que podía escuchar. El texto había desaparecido. Lo habían robado. Quedó don Santiago sumido desde entonces en una profunda desolación. Aquellas páginas representaban años y años de trabajo que ya era imposible reconquistar. La desaparición de este manuscrito es una de las pérdidas más grandes en la historia de la neurobiolgía, puesto que la última edición que tenemos de esta obra monumental es de 1911. ¿Dónde está el manuscrito de 1934, en el que trabajaba Cajal unos días antes de su muerte y que había prácticamente finalizado? Lo ignoramos. La vida de Cajal, sostenida solo por su espíritu, rompió el lazo que aún pudiera sujetarla y el 16 de octubre empeoró considerablemente su estado de salud. Cajal dejó de existir en las primeras horas de la noche del 17 de octubre de 1934 y su muerte produjo un tremendo impacto, no sólo en los círculos universitarios y científicos, sino en todos los sectores de la sociedad española, que ya vivía bajo los efectos de la revuelta popular conocida como «Revolución de octubre».
El entierro fue el día 18 a las cuatro. Una tarde plomiza, que entristecía más aún el ambiente, fue testigo de una de las mayores manifestaciones de duelo popular vivido en la capital de España. El pueblo de Madrid, de ese Madrid que tanto quiso Cajal, estaba allí, al lado de los restos del maestro. Faltaba la representación oficial. El presidente de la República se limitó a enviar un representante y el del gobierno a su vez delegó en el Ministro de Instrucción Pública para hacer llegar el pésame a la familia. Nadie más con representación oficial acudió al señalado momento.
Santiago Ramón y Cajal, a los ochenta años.
El grupo de colaboradores decidió que ya que se le negaban los honores de primer ciudadano de España, por el elemento oficial, no debían evitar que, como último homenaje, se llevara su féretro a hombros hasta el cementerio de la Almudena. Pero ni siquiera este humilde homenaje fue permitido. No había avanzado la comitiva fúnebre 200 metros de la calle de Alfonso XII, cuando policías de asalto a caballo y guardias civiles detuvieron el cortejo advirtiendo a la presidencia que estaban prohibidas las aglomeraciones callejeras y que era preciso subirlo al furgón automóvil para su traslado. Se obedeció la orden. Al cementerio apenas llegaron cien personas. Y así, humildemente, en un cementerio popular rodeado de tumbas del mismo pueblo para quien vivió y dio su ciencia, quedó sepultado don Santiago, junto a su esposa.
El día del entierro el poeta hispano-mexicano Alfonso Camín escribió este soneto que reproduzco por la fuerza con que refleja el profundo dolor ante la pérdida del genio:
Llanto del sol, que se escondió en la altura
—Madrid en llanto torrencial se baña—,
llanto en la tierra propia y en la extraña,
llanto en la piedra inexorable y dura.En el Madrid de aquella tarde oscura
sobre la caja el pabellón de España
fuimos a darle tierra a una montaña
que no encontraba espacio en la llanura.En medio de dramáticos asombros
creí, al mirar el féretro en la acera
—el cielo llanto, el Universo escombros—.¡Que al carpintero le faltó madera,
que les faltaban a los hombres hombros
y que hasta a España le faltó bandera!
Cajal se encuentra en ese selecto grupo humano al que solo se llega cuando la naturaleza y el trabajo dotan al hombre de la condición de genial. Cajal es un genio, en el doble sentido de la inspiración y del esfuerzo. Su obra nació de la inteligencia y encontró en la voluntad a la mejor de sus aliadas y en ella, en su obra, debemos recordar siempre dos aspectos esenciales. El primero es su labor personal de investigación, sus descubrimientos, lo que le condujo a la fama como hombre de ciencia. El otro, su actividad como organizador del renacimiento cultural de su patria.
Don Santiago brilló en una sociedad carente de tradición científica, una sociedad en la que había habido hombres de ciencia pero no ciencia. Las circunstancias históricas y sociales que le tocó vivir le hubieran podido servir de pretexto para divagar o sencillamente para emigrar. Pero fue en su país, en su querido país, y en un medio hostil que constituyó el mayor estímulo de superación en donde desarrolló su gigantesca obra científica, y en donde, no lo olvidemos, dio una permanente lección de ética. Murió Cajal pero queda algo muy valioso, queda la magnífica lección de su vida. En sus trabajos, en sus escritos, en las anécdotas que nos han llegado de él a través de quienes le conocieron y trataron, la figura de Cajal surge como la de un gran hombre, pero sobre todo, y apelo aquí al sentido de Machado, como la de un hombre bueno.
Cuenta Tomás García Perrín, que trabajó con Cajal desde 1905 a 1907, que ya fallecido don Santiago, tuvo ocasión de asistir en México a unos exámenes de Histología de los alumnos del gran biólogo mexicano Isaac Ochotorena. A una pregunta del mencionado catedrático sobre ciertas estructuras de los centros nerviosos, el examinando, tras pensar unos segundos, inició su contestación así: «Cajal dice...». García Perrín relata que no pudo contener la emoción al oír aquellas palabras pues comprobaba que, aunque la vida física de don Santiago hacía años que se había extinguido, el tiempo no había logrado apagar su voz. Y lo demostraba aquel joven estudiante que iniciaba su examen afirmando sin titubeos: «Cajal dice...».
Y efectivamente es así. Han pasado más de setenta años del fallecimiento de Cajal, pero su colosal obra histológica permanece prácticamente inmutable. Su voz seguirá diciendo, pues, día tras día, no importa en qué idioma ni en qué rincón del mundo, cómo son las finas estructuras del sistema nervioso. Y allí donde un estudiante se disponga a contestar una pregunta, o allí donde surja un debate en un laboratorio de neurohistológia, se seguirá escuchado: «Cajal dice...».
Ya solo queda, lector, iniciar la lectura del libro que tiene en sus manos. Es el mejor homenaje que le puede rendir a don Santiago. Porque: «Cajal dice...».
Juan Fernández Santarén
Universidad Autónoma de Madrid