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Recuerdos de mi vida

Introducción (2 de 18)

La Generación del 98

Normalmente el hombre es un reflejo del ambiente espiritual y material en que le toca vivir, pero no siempre es así, y Cajal es un claro ejemplo de esto último. Una personalidad como la suya no se dejó llevar por el medio físico y moral que le envolvía y su trayectoria, consecuentemente, no fue la lógica esperada de un ambiente colectivo de uno de los peores momentos de la historia de España. Veamos cómo Cajal transitó en sentido contrario a lo que la lógica de la época debía haberle conducido.

Cajal llega a la investigación científica cuando ha entrado en crisis el pensamiento idealista en filosofía, cuando la revolución industrial se ofrece como viva demostración de lo que es el progreso a partir del cultivo de la ciencia positiva. Es la época de los grandes inventos de aplicación a la vida cotidiana, y, por tanto, el momento en que Europa asiste al despegue de los países industriales y cultivadores de la ciencia. Nace el gran mito de la técnica y en este contexto, el pensamiento filosófico toma conciencia de que, si quiere seguir poseyendo rango jerárquico dentro del conjunto del saber, ha de aunarse a la ciencia positiva.

De esta forma, la filosofía que impregna a Cajal va a proceder del frente positivista del krausismo español, que se inspira en Comte, en el neokantismo y, sobre todo, en el gran éxito del darwinismo que constituye una aportación clave desde la que se pretende plantear, con carácter científico, problemas hasta entonces reservados a la especulación filosófica y, sobre todo, religiosa. El último tercio del siglo xix es la demostración de que la racionalidad es plausible en cualquier ámbito del saber. Este trasfondo filosófico que recorre Europa recaba en España y cristaliza en un sentimiento crítico que trata de denunciar su secular retraso cultural. A lo largo del siglo xix asistimos a un progresivo movimiento, primero de sospecha, más tarde de convicción, de no haber hecho, de no estar haciendo lo que un verdadero europeo tendría que hacer. A esta situación se añade otro factor de primera magnitud. En los últimos años de dicho siglo España se sumía en la amargura de la derrota que conllevaba el hundimiento definitivo de su imperio colonial.

[Fotografía] Juan Ramón.

Santiago Ramón y Cajal, estudiante de medicina en Zaragoza en 1876. Foto propiedad de D. Luis Ramón y Cajal.

Un conjunto de circunstancias, a las que solo aludo porque son de sobra conocidas, hacían de España un país atrasado frente a los demás pueblos de Europa. Consecuencia de ello, entre otras cosas, era el estimar como valioso solamente aquello que llevara el marchamo extranjero. Los valores de lo francés, lo inglés, o lo alemán se imponían en todos los campos, en la ciencia como en la industria, en las artes como en las modas. España declinaba y se buscaba con avidez lo que otros pueblos con abundancia producían. Tan solo en el aspecto literario continuaba, quizá, su gloriosa tradición. Ateneos y Sociedades congregaban a los hombres más cultos que se afanaban en discutir estérilmente sobre toda clase de temas, entre los que la ciencia, evidentemente, no era de los predilectos.

Todo este conjunto de circunstancias desembocó en un sentimiento colectivo, inicialmente de culpabilidad y luego de creadora crítica en los mejores españoles de entonces, y el Post scriptum, ya antes aludido, es el mejor reflejo de estas palabras. Era la actitud de la que se ha llamado generación del 98, expresión afortunada por lo sintética pero, a la vez, peligrosa porque propende a circunscribir un profundo y complejo momento nacional en un grupo limitado de hombres, principalmente en unos cuantos escritores. La generación del 98 fue algo más que el gesto de un grupo literario: representa una noble reacción crítica ante una grave crisis nacional; reacción que ganó a un gran número de los españoles que sentían la responsabilidad de su patria y de su tiempo. Por eso, aquella vasta y amarga reacción fue fecunda, creadora y, sobre todo, inteligente. Nada confirma la eficacia de aquel movimiento español como la consideración de sus resultados. Acertó a crear un amor imperecedero por las cosas vivas de España —la tierra, el carácter, el hombre, el arte— que hasta entonces habían sido menospreciadas. Aquel «gobernar con tristeza» que entusiasmaba a Costa, y que Cajal preconizaba como una panacea, tuvo su utilidad.

Finalmente, a la generación aquella también se debe, y esto se olvida con frecuencia, la transformación de la ciencia. La modesta y escasa ciencia española, precaria y localista, adquiere, impulsada por esa nueva crítica rigurosa, un sentido estricto y universal. Ese movimiento de cambio fue el que lideró Cajal con su formidable labor histológica.

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