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Recuerdos de mi vida

Introducción (1 de 18)

Una mañana de noviembre de 1934, D. Germán Somolinos, por aquel entonces estudiante de medicina de la Facultad de San Carlos de Madrid y alumno interno de la cátedra de Histología y Anatomía Patológica, fue llamado al despacho de D. Francisco Tello, catedrático de dicho departamento desde 1925. Santiago Ramón y Cajal, que había ocupado esa cátedra desde 1892 hasta su jubilación en 1922, había fallecido el mes anterior, concretamente el 17 de octubre. Ante la sorpresa del estudiante Tello le hizo entrega de dos libros y según se leía en ellos, de letra del propio don Francisco, le correspondían por expresa voluntad de Cajal, quien había dejado indicado en su testamento que esas dos obras se entregaran a los estudiantes más aventajados. Una de ellas era Reglas y consejos sobre investigación biológica. La otra, la tercera edición de Recuerdos de mi vida, la misma que tiene usted ahora, lector, en sus manos.

¿Por qué tuvo tanto interés Cajal en que esos dos libros se distribuyeran entre sus estudiantes, como para dejarlo expresamente indicado en su testamento? La respuesta es sencilla. Tengamos en cuenta que Cajal manifiesta por escrito esta voluntad, el 18 de septiembre de 1934, es decir un mes antes de morir. Es un hombre que ha alcanzado la mayor gloria a la que un científico pueda aspirar y que, lógicamente, ya no busca popularidad ni ningún tipo de reconocimiento. El único objetivo que le mueve a tomar la decisión es que, plenamente consciente de que su ejemplo viviente se agota, piensa que esos dos libros todavía pueden servir de estímulo y ejemplo de superación en manos de las nuevas generaciones. Fue la última lección que dictó Cajal a sus estudiantes.

Y en esa lección les deja sus Recuerdos. Recordar es un milagro tan sorprendente como el de crear desde el momento en que nos permite volver a la realidad soñando. Y recordar a los mejores es un ejercicio de gratitud porque a los mejores solo se les puede recordar con lo mejor de nosotros mismos. Es indudable que el recuerdo se mantiene vivo, fundamentalmente, a través de la obra y así, la reedición de la de Cajal, por encima de lo que considero una obligación moral, es el mejor homenaje que hoy puede rendírsele.

Se reeditan los Recuerdos de Cajal, una obra fundamental que no solo nos va a permitir conocer al científico, sino también al literato y sobre todo al hombre. Es evidente que a Cajal, como a todos los científicos que se han lanzado a la aventura literaria, le empujaba el secreto deseo de sentir la calurosa emoción de las gentes, suscitada, no por el eco de la gloria que alcanzó como investigador, sino directamente por la mera creación artística. Y así fue como nació la obra literaria de Cajal, obra que obviamente quedó eclipsada por la trascendencia de su aportación como científico, al igual que lo fueron otras muchas facetas entrañablemente humanas de un Cajal polifacético en el que no solo nos encontramos al escritor, sino al dibujante, al fotógrafo o al inventor.

La obra literaria de Cajal, que abarcó desde la narrativa hasta el ensayo, se nos ofrece plena de interés, fundamentalmente por ser una fuente inigualable para conocer a su autor en distintas etapas de su vida. Su inicio podemos fijarlo en 1885 con la publicación de los Cuentos de vacaciones, una colección de relatos calificadas por Cajal de narraciones pseudocientíficas y que constituyen un precedente de lo que hoy conocemos como género de ciencia ficción. Su final nos lleva a El mundo visto a los ochenta años, obra que apareció en 1934, a escasas fechas de su muerte. A lo largo de esos cincuenta años encontramos una producción literaria escrita ante todo por un dominador del lenguaje, plenamente consciente, además, de que cada oficio tiene el suyo propio. Cajal lo tenía bien presente, y supo de los grados de precisión del lenguaje científico, pero supo también apreciar las diferencias entre la precisión científica y la precisión literaria. Si se lee la Histología, o cualquier otro de sus textos profesionales, el estilo de Cajal es claro, sin adjetivos, con la sobriedad del clasicismo científico. Sus expresiones se oponen totalmente a la retórica. Por el contrario, este Recuerdos de mi vida o cualquier otro de sus libros no científicos, está redactado con gran dominio del lenguaje, pero deja entrever una retórica y un casticismo que no aparece en su obra histológica. En cualquier caso, en el Cajal literato encontramos siempre una magnífica claridad expositiva que llegó a abrirle las puertas —nunca por él franqueadas— de la Academia de la Lengua Española.

El Cajal literato nos legó cuatro libros en los que dejó reflejado una buena parte de su pensamiento y sus experiencias vitales, siendo obligada su lectura si se quiere profundizar en el conocimiento humano y hasta filosófico de don Santiago. El primero al que aludo es el que aquí nos ocupa, Recuerdos de mi vida. Fue un libro al que Cajal tuvo en gran estima y que escribió pensando en la juventud, a quien realmente iba dirigido, con la finalidad de contarle los avatares de su vida, pero siempre desde una óptica positiva llena de entusiasmo. Es una lección de optimismo ante las adversidades y un llamamiento a la tenacidad y perseverancia en el trabajo.

El Recuerdos de mi vida resulta fundamental por lo que nos enseña de los sinsabores por los que tuvo que pasar Cajal hasta llegar a su condición de maestro, pero también es una lección en el terreno de la ética. Sorprende, en quien ya tiene ganado el paso a la posteridad con caracteres de gloria, comprobar la sencillez con la que relata sus periodos de aprendizaje y el reconocimiento y gratitud que muestra para todos aquellos que contribuyeron a su formación. Y también en esta obra es posible apreciar la grandeza del perdonar. Cajal no menciona a muchos de los contemporáneos que se opusieron a su quehacer y en los pocos casos en que lo hace utiliza un estilo tan elegante que más bien parece que trata de alabar al opositor más que denostarlo.

Quizá sea consecuencia de un principio que enunció y practicó D. Santiago en innumerables ocasiones a lo largo de su vida: «De todas las reacciones posibles ante una injuria la más hábil y económica es el silencio».

Estamos, en cualquier caso, ante un libro de confesión, una obra de psicología individual escrita con sumo talento, que vio tres ediciones en vida de Cajal, y en la que posiblemente alcanza su cima como escritor. La primera edición, la más intimista, apareció en 1901 bajo el título de Recuerdos de mi vida. Mi infancia y juventud. En ese momento Cajal ya gozaba de un merecido prestigio internacional, aunque en su patria todavía no había alcanzado la condición de mito, que surgiría tras la concesión de los grandes premios y galardones que estaban por llegar. Dieciséis años más tarde, ahora sí convertido en héroe nacional, apareció una segunda edición integrada esta vez por dos tomos, al incluir un segundo volumen que recogía la Historia de mi labor científica. Allí cuenta Cajal con detalle, lógicamente no exento del tecnicismo científico, la génesis de su obra histológica. Entre anécdotas que retratan personajes y ambientes sociales y científicos de España y del extranjero va discurriendo la obra de Cajal al tiempo que describe, de manera minuciosa, una gran parte de sus innumerables descubrimientos histológicos. La tercera edición condensó la obra en un solo volumen y apareció en 1923, coincidiendo prácticamente con la jubilación de Cajal como catedrático en Madrid. Todavía vivió once años más, época en la que su labor literaria e investigadora no se detuvo ya que continuó trabajando hasta el final de sus días. Este libro de Recuerdos pienso que debiera ser de lectura obligada para cualquier estudiante universitario. En 1937 apareció una versión inglesa que ha visto hasta la fecha cuatro reimpresiones, la última de 1994, y en 1985 apareció una edición en ruso.

Otro libro imprescindible, eslabón fundamental en la historia de la pedagogía y al que ya aludí en el comienzo de esta introducción es Reglas y consejos. Merece comentario aparte. La génesis de esta obra hay que buscarla en el discurso de ingreso de Cajal en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales que tuvo lugar en la sesión del 5 de diciembre de 1897, llevando por título: Fundamentos racionales y condiciones técnicas de la investigación biológica. Cajal, con el pretexto de ese discurso académico, hizo suyo un concepto de Condorcet: «las medianías pueden educarse pero los genios se educan por sí solos». Su obra, su discurso, es el generoso presente del hombre excepcional a la medianía humana, para alentarla en sus afanes de conocer, para ofrecerles el ejemplo de que el saber no es un monopolio sino el fruto del esfuerzo, del trabajo y la vocación.

El interés de lo escrito por don Santiago para tan solemne ocasión hizo que el doctor Lluria lo reimprimiera a su costa pocos meses después dada la escasa tirada de los folletos editados por la Academia de Ciencias que pronto se agotaron. Al transformarse la conferencia en libro Cajal se vio obligado a introducir ciertos retoques de estilo a la vez que daba mayor extensión a la obra con la inclusión de nuevos capítulos. Mención especial merece el prólogo que preparó para esta edición, y sobre todo el Post scriptum con el que cerraba el libro. Este último es casi inédito hoy en día ya que tan solo fue publicado en la escasa y hoy rara edición del citado doctor Lluria. Cuando el libro llegó a manos del público en el año 1899 España estaba conmovida por el desastre que acarreó la pérdida de las últimas colonias.

Este Post scriptum es el mejor reflejo del espíritu del 98 y dado su interés creo necesario rescatarlo y reproducirlo en esta obra. Merece la pena su lectura detallada sin perder de vista el contexto en que se escribió y al que más adelante aludiremos. No es ni mucho menos un escrito derrotista, es un escrito de conciencia pleno de sinceridad y clarividencia, dirigido a los políticos, a los profesores, a los obreros, a los industriales, a los aristócratas, al clero, a los estudiantes... a los que enumera los ancestrales males de la patria pero también a los que dirige las mejores frases de ánimo y esperanza para salir de la situación. Las palabras de Cajal en este escrito, además, transmiten la responsabilidad de entender y practicar las profundas ideas que expresan.

Todos los intentos que se hicieron para traducir Reglas y consejos a diversas lenguas fallaron durante bastante tiempo por la decisión de Cajal de reservarle para los españoles a quienes, según su criterio, exclusivamente estaba destinado. Finalmente don Santiago cambió afortunadamente de opinión y fue traducido al alemán, francés, inglés, portugués, húngaro y hasta japonés, de manera que prácticamente pueden beneficiarse de su lectura todos los investigadores del mundo. La edición española, por su parte, alcanzó seis reimpresiones en vida de Cajal.

La tercera obra literaria de Cajal a la que quiero referirme apareció en una edición príncipe en 1920 con el título de Chácharas de café, que cambió al de Charlas de café en la edición de 1921. Especialmente ilustrativa resulta la lectura de los prólogos de las diferentes ediciones que fueron viendo la luz y que dan idea de la polémica que suscitó esta obra, obra que el propio Cajal definía como colección de fantasías y divagaciones sin la pretensión de sentar doctrina. A lo largo de sus once capítulos encontramos toda una serie de pensamientos, proverbios y sentencias filosóficas sobre temas tan diversos como la amistad, el amor, la moral, las mujeres, la política y otros que, además de ayudarnos a conocer la personalidad de Cajal nos ilustran sobre las características de la época. Una época en la que efectivamente las tertulias de café estaban en boga y contaban con Cajal entre sus asiduos. En sus años madrileños tres cafés rivalizaban en la excelencia de la clientela y en el nivel de los contertulios: El Inglés, El Diván y el Suizo. Este último ubicado en la confluencia de la calle de Alcalá con la calle Sevilla era lugar de reunión de aristócratas, banqueros, toreros, artistas y doctores. Y todas las tardes, invariablemente a las cuatro, se veía a don Santiago atravesar la calle Príncipe para, en apenas cinco minutos, hacer el breve recorrido que separaba su domicilio particular de la calle Atocha de la peña del Suizo.

Y también esa época de tertulias de café ha quedado asociada con un periodo de esplendor literario que normalmente se produce cuando las naciones que fueron poderosas consuman su decadencia. Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Alarcón, Pereda, Galdós, Pardo Bazán, Baroja, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, eran algunos nombres ilustres del momento que disfrutaban del respeto y la admiración de todos.

Cualquiera de los libros mencionados anteriormente, pero mejor los tres juntos, ya nos revelan una imagen del carácter y personalidad de Cajal, cuyos rasgos más salientes son una modestia sincera en la valoración de su esfuerzo y de su inteligencia, y una exaltación de su voluntad de crear ciencia en aras de un sincero patriotismo. Queda una cuarta obra literaria, El mundo visto a los 80 años, de la que me ocuparé al final.

Y no debemos concluir la breve reseña del Cajal literato sin mencionar la extensa biblioteca personal que llegó a reunir, prueba evidente del amor que fue desarrollando hacia los libros en el transcurrir de su vida: «Confieso —dice don Santiago— que mi botica espiritual son los diez mil volúmenes de mi biblioteca.

Allí encuentro antídotos contra la desesperanza, el dolor, la tristeza y el tedio». Había en ella libros que versaban sobre temas tan variados como literatura árabe, ocultismo, espiritismo, teología, psicología, psiquiatría, biología, física, química, además de los temas estrictamente médicos. Digamos que Cajal leía el griego y el latín y son numerosos los libros de su biblioteca personal en los que es posible encontrar anotaciones en los márgenes en las que Cajal vierte sus opiniones sobre lo allí escrito.

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