Cenicienta se acordó
de las palabras
del hada y salió corriendo. Pronto, la
bonita carroza volvió a ser una
calabaza y el vestido quedó convertido
en un harapo.
El Príncipe encontró uno de los zapatos
en su palacio y ordenó que se lo probaran
todas las muchachas del reino.
Las dos hermanastras tenían los pies
demasiado grandes y el zapato reventó.
Afortunadamente, Cenienta conservaba el
otro zapato y cuando le tocó el turno a ella,
el príncipe la reconoció.