En algunas ciudades españolas es frecuente ir a las
cafeterías para degustar un buen chocolate con churros, aunque algunos prefieren cambiar
tan pesada bebida por un café. A veces los jóvenes acaban sus noches de fiesta con un
chocolate con churros bien caliente. Sin embargo, por razones poco justificables, los churros se han ido arrinconando en el panorama goloso español. Cada día
quedan menos churrerías en los pueblos y ciudades, incluso van desapareciendo esos
carromatos ambulantes tan característicos antaño en las verbenas populares.
En la historia de la literatura
española abundan las referencias a estas golosinas fritas. Ya en el siglo XIX, los
churros se compraban humeantes, a pie de calle y se transportaban en cucuruchos de papel
hasta los cafés donde espolvoreados con azúcar se consumían «mojados» en chocolate
negro o en tazas de café. Hoy máquinas de acero inoxidable realizan el trabajo del
churrero.
(Adaptado del diario El País)
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