La vejez es una de las crisis más
profundas con las que hay luchar. Además, ésta se agrava
por la marginación.
Sin embargo,
la solución es sencilla: integración. Hasta hace veinte años, el anciano era el
patriarca.
La industrialización, por un lado y el boom de la comunicación, por otro,
terminaron con el poder del abuelo.
Lo último ha sido la jubilación
anticipada. Con todo, la vejez es un sello y lo traumático
es el cambio de estado, es decir, se pasa de trabajador
excelente a inactivo laboral; y el destierro llega también hasta el hogar.
Con respecto a
ellas, es diferente. La mujer, madre y ama de casa, no se jubila nunca: su rol no
se altera.
La soledad y el desprecio también la amenazan; en cambio, parece poseer algún recurso más que su compañero.