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Rosario murió de la forma más absurda, al tratar
de conectar una lámpara en su casa de Israel. La descarga eléctrica la mató y falleció
solita a bordo de la ambulancia que la llevaba al hospital. Nadie la vio, nadie la
acompañó. Al irse se
llevó su memoria, su risa, todo lo que era su modo de ser río, de ser aire, de ser
adiós y nunca. En Israel le rindieron grandes honores. En México, la enterramos bajo la
lluvia, en la Rotonda de los Hombres Ilustres. La convertimos en parque público, en
escuela, en lectura para todos. La devolvimos a la tierra.
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