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Anita
salió de la antigua cuadra.
Entonces, empecé a imaginarme a la abuela cogiendo
a los gatitos y lanzándolos contra una piedra para
matarlos. Tenía que actuar deprisa. No había
tiempo. Quizá Anita estaba ahora mismo despertando
a la abuela y diciéndoselo todo. No lo pensé
más: cogí los gatitos y, como pude, los metí
en un saco roto que
encontré en un rincón. Sus cuerpos eran pequeños,
y, aunque estaban templados, temblaban. «No entiendo
cómo los puede dejar solos la gata, tan chiquititos
como son. ¿Y, por qué puerta salgo ahora? Por
la principal no, porque hay que atravesar toda la casa, y
la abuela y el abuelo ya estarán levantados. ¡Anita
es una imbécil! Ay, ya sé: por el portón
del corral. Siempre
está abierto, sólo tengo que empujar un poco
y ya. ¡Venga, venga, Soledad, que van a llegar los
mayores!». Cuando me di cuenta, estaba en la calle,
y tenía frente a mí un camino que llevaba al
campo. Con las primeras luces del día, me puse a caminar.
El
camino era el que llevaba a la alameda.
Recordé que de pequeños
íbamos allí a merendar
con papá y mamá, y pensé que era un buen
sitio para esconder
los gatitos. Estaba en pijama y zapatillas, pero eso no importaba.
Era temprano. Los hombres que iban al campo salían
de sus casas antes de amanecer y volvían por la tarde.
No se veía a nadie a esta hora por el camino. «Los
esconderé en una caseta
vieja que hay en la alameda. Seguro que me castigan,
pero yo no diré nada. Además, después
llevaré a la gata allí, y así los podrá
cuidar. Y como ya no están en la casa, no puede decir
la abuela que se le llena todo de gatos y de porquería».
La soledad del campo me daba valor, y caminaba deprisa, con
el saco de los gatitos en brazos. La alameda estaba lejos,
pero no me daba miedo andar sola tanto tiempo por los caminos.
No pensaba en los locos, ni en los hombres que roban niños;
por alguna razón, todos los males estaban relacionados
con la noche: el Eusebio,
Drácula, la Momia,
los fantasmas, los incendios,
los pozos negros...
«Ahora la abuela debe de estar buscándome por
la casa. Creerán que me he escondido con los gatitos
en las cámaras,
o en la cueva. La tonta
de Anita tampoco pensará que estoy en el campo, y estará
riéndose con esa risa suya, en silencio y con la boca
cerrada, y contenta porque van a castigarme. Pero nunca encontrarán
a los gatos, eso sí que no».
Hacía ya mucho sol cuando llegué a la alameda.
Mis zapatillas estaban llenas de polvo rojo del camino, y
me dolían los brazos de tanto sujetar el saco con los
gatitos. Junto a los primeros árboles, me detuve y
volví la mirada por vez primera: el pueblo se veía
allá, a lo lejos, muy pequeño, rodeado de eras
y campos marrones y amarillos. «Ahora estarán
buscándome por el pueblo. A lo mejor piensan que estoy
en casa del Pipi o de
Fernando o de las niñas.
Preguntarán a Iván
dónde viven todos nuestros amigos, y él estará
pensando en pegarme
en cuanto me vea por no contarle lo de los gatitos. Mamá
estará nerviosa, como cuando Guille
se perdió en el parque
de atracciones, y dijeron su nombre por los altavoces».
Se me hizo un nudo en la
garganta, y pensé en acabar cuanto antes y volver
a casa. Entré en la alameda. La hierba, muy alta, estaba
seca. Había cardos
y otras plantas con espinas,
que se enganchaban en el pijama, lo atravesaban, y me pinchaban
las piernas. ¿Dónde estaba la caseta? Miraba
hacia los lados, me subía en algunas piedras grandes,
para ver más lejos, pero no
había rastro de aquella dichosa caseta. «Pues
yo me acuerdo de que era blanca, con las paredes llenas de
hierbajos, casi sin techo, y por dentro olía a pis
y estaba llena de bichos
que daba miedo entrar... Una vez me escondí ahí
cuando jugábamos al escondite
Guille y yo, de pequeños».
Empecé a desesperarme. ¡Mira que si la caseta
ya no estaba! ¿Dónde iba a esconder a los pobres
gatos? No podía dejarlos ahí, en mitad de la
alameda, entre las hierbas, y luego olvidarme de dónde
estaban, y no encontrarlos nunca más. Entonces sí
que podían morirse.
No
sé cómo fue. Lo único que recuerdo es
la tierra hundiéndose
bajo mis pies, y un golpe en la cabeza, y maullidos
por todas partes. Y la oscuridad. Cuando abrí los ojos,
lo primero que vi fue una araña
enorme, con el cuerpo de colores y las patas negras. Quise
gritar, pero la voz retumbó
en mi cabeza dolorida. Me di cuenta de que estaba en un hoyo
profundo, y comprendí por qué mamá siempre
decía «no vayáis solos a la alameda, que
hay mucho peligro». ¿Y los gatitos? Pensé
en ellos casi antes que en mí. Tenía el saco
aún entre los brazos. Lo abrí, y noté
que cuatro se movían y no dejaban de maullar, pero
el quinto estaba quieto, y muy frío. No podía
creerlo, pero era verdad: el animal estaba muerto. ¿Murió
al caernos en el agujero, o ya estaba muerto en el camino?
Otra vez «morirse... morirse... morirse». ¿Y
si me moría yo también, allí abajo? Uno
podía morirse también de día, aunque
no había fantasmas, ni te perseguía Eusebio
Cifuentes con el cuerno. Me puse de pie, pero no llegaba al
borde. Era muy estrecho, no había de dónde agarrarse.
Lo intenté una y otra vez, pero no podía. Además,
la cabeza me dolía muchísimo.
Desesperación, miedo, tristeza. Me iba a quedar allí
para siempre, nunca me iban a encontrar. No iba a ver más
a mamá, ni a papá, ni a Guille... Las lágrimas
sabían saladas y de nuevo todo se volvió oscuro.
Desperté de noche. No se veía nada. No sé
cuánto tiempo pasé escuchando, por si alguien
venía a rescatarme, pero me pareció una eternidad.
Por fin, oí un rumor entre las hierbas de fuera. Podía
ser algún animal peligroso, pero, ¿y si era
el tío Jerry que venía a salvarme? Empecé
a gritar:
¡Eh! ¡Estoy aquí! ¡Sacadme!
Hum, hum respondió una voz, desde muy cerca,
mientras los pasos se detenían.
¡Aquí abajo, por favor! chillé,
mientras intentaba llegar al borde con los brazos extendidos.
¿Dónde estás, criatura?
¿Has caído en uno de los hoyos? preguntó
aquella voz desconocida.
No reconocía aquella voz. Era un hombre, pero no papá,
ni el tío Eugenio, ni Jerry, ni el abuelo... No me
importaba. Seguramente, los ladrones de niños no tenían
esa voz, y los fantasmas no preguntaban, porque sabían
dónde estaba la gente y se
colaban por todas partes.
Sí, me he caído. Sáqueme, por favor,
por favor.
De repente, unas manos empezaron a tantear
el borde del agujero.
¡Sí, aquí, aquí, señor!
dije, mientras intentaba llegar a aquellas manos. Pero,
de repente, recordé algo: Coja esto primero,
por favor y le di el saco con los gatitos.
El
hombre, al ver el contenido del saco comentó «criatura,
¿qué haces tú con estos gatejos?»,
y en seguida volvió a meter los brazos en el hoyo.
Me agarró con fuerza, y sentí que subía.
Respiré hondo al salir, miré la cara del hombre
y la sangre se me heló
en las venas: mi salvador era... ¡el Eusebio! No
podía reaccionar. No podía correr, ni hablar,
ni moverme, ni nada.
Por el pueblo te andaban buscando. Coge esto y vamos.
Su cara estaba seria, pero no llevaba ningún cuerno,
ni quería matarme, ni nada. Me dio el saco, me cargó
en su espalda y empezó a caminar. Y así fuimos
todo el camino de regreso al pueblo, a la luz de la luna,
yo sin poder hablar, y él sin abrir la boca, sólo
caminando, caminando, caminando. Aún hoy me pregunto
cómo aquel hombre tan flaco, y ya viejo, pudo llevarme
a la espalda durante dos kilómetros. Aquella noche
no dejé de preguntarme por qué los niños
corrían al verle, por qué le teníamos
miedo, por qué decían que estaba loco, que mató
a su mujer y la hizo chorizos.
Tomado
del libro Memorias de septiembre,
de Grande Aguado, Susana.
Editorial Edinumen, pp. de la 36 a la 41.
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