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Imagínate
una fiesta en la que puedes ensuciarte completamente de la cabeza
a los pies. Imagínate a miles de personas lanzándose unos a otros
tomates maduros. Amy
Randall participa en una batalla muy particular, en la que acaba
bañada en salsa de tomate.
Una batalla de tomates en
medio de una plaza, parece una película de los hermanos Marx; sin
embargo, una fiesta así existe. Se celebra cada verano, el último
miércoles de agosto, en Buñol,
un pueblo de Valencia. La tomatina es una de las fiestas más insólitas
y divertidas de España.
Esta fiesta empezó en 1944,
cuando los vecinos del pueblo, enfadados con los concejales,
les lanzaron tomates durante las fiestas
locales. Se lo pasaron tan
bien que decidieron repetirlo cada año.Y con el tiempo
se ha convertido en una verdadera batalla
campal en la que participan miles de personas y en la que las
armas siguen siendo los tomates. Durante los años de la
dictadura del general Franco, el gobierno prohibió esta fiesta
porque no era religiosa. Pero a la muerte del dictador, los vecinos
empezaron a celebrarla de nuevo, en los años setenta.
Aunque la
fiesta empezó en contra del Ayuntamiento,
hoy en día, es este quien la paga. Para que los vecinos de Buñol,
los veraneantes y los
forasteros que se unen a la fiesta se diviertan, el Ayuntamiento
compra unos cincuenta mil kilos de tomates, que llegan cargados
en varios camiones.
El día de la tomatina, sobre
las once de la mañana, la multitud
está congregada en la plaza
Mayor, que está en el centro del pueblo, y en las calles de alrededor.
La gente no acude vestida con
sus mejores galas sino con la ropa más vieja que tiene, porque
después de la batalla hay que tirarla a la basura.
En el centro de la plaza
plantan un gran palo untado
de grasa. En lo alto del palo hay un jamón. Los jóvenes intentan
una y otra vez, escalar el palo para llevarse el jamón, pero
la grasa les hace resbalar. Cuando finalmente,
uno consigue cogerlo, la gente lo vitorea
y grita: «¡Tomate, tomate!».
Entonces suena un petardo.
Es la señal, la fiesta va a empezar. Los camiones de tomates van
a llegar de un momento a otro.
Hace mucho calor. La multitud está tensa, sudorosa, nerviosa y excitada.
Muchos se suben a las rejas
de las ventanas, otros a los balcones y los más miedosos prefieren
protegerse tras los cristales de las ventanas. La gente desde los
balcones tira cubos de agua a la multitud para ayudarle a soportar
el calor. Las puertas de las casas, de los bares, de las tiendas,
están cerradas.
Unos minutos después, por
una de las calles laterales se acerca despacio un camión cargado
de tomates maduros. Los tomates vienen de los pueblos de alrededor
y no se han cultivado para cocinar, sino para servir de proyectiles.
Sobre el camión, varios hombres empiezan a lanzar las
hortalizas contra la gente sin piedad.
Los primeros tomatazos
son los peores me advierte un vecino. ¡Vamos agáchate!
Todo el mundo anda agachado porque si levantas la cabeza,
puedes recibir un tomatazo en plena cara. Así es que meto la cámara
dentro de la camiseta y me agacho, como los demás.
Pronto
el suelo está lleno de tomates y entonces empieza la verdadera batalla
campal. Todo el mundo se pelea por cogerlos y lanzarlos con todas
sus fuerzas a los demás. Los tomates son blandos, pero si los lanzas
con fuerza hacen daño. Explotan y se
machacan contra la gente, contra el suelo, contra las paredes
de las casas, contra las ventanas. Una lluvia de tomates te cae
encima y no puedes hacer nada para evitarlo. Por el suelo pasa un
río de tomate triturado. La plaza se
tiñe de rojo, las calles se cubren de salsa de tomate, suficiente
como para cubrir al menos un millón de pizzas.
La multitud te arrastra.
Es una auténtica locura. En esas circunstancias es casi imposible
sacar una foto. Pero si no la saco nadie va a creerme. Mi jefa pensará
que estoy loca o que he bebido demasiado y he imaginado la historia.
Varias veces intento incorporarme
para enfocar la cámara y todas ellas recibo un tomatazo en la cara.
La multitud es implacable.
El ácido del tomate se me mete por los ojos y por la boca y me pica.
El delirio dura dos horas.
Hacia la una, el cuarto camión se aleja despacio, vacío. Suena otro
cohete. Significa que la batalla
ha terminado. Nadie puede lanzar ni un solo tomate, si alguien lo
hace tendrá que pagar una multa. Es mi oportunidad. Mi cámara está
cubierta de tomate, pero todavía funciona. El rojo es el único color
que aparecerá en las fotos.
Cansada, sucia y muerta
de risa, bajo con la multitud hacia el río, donde el Ayuntamiento
ha instalado unas duchas públicas en una explanada. Todos estamos
cubiertos de arriba abajo de salsa de tomate. Después de una ducha
ligera, sin desnudarse, la gente sube hacia el pueblo, con la ropa
mojada pegada al cuerpo y con las pepitas, las semillas del tomate,
en el pelo. Todos tienen un aspecto deplorable,
el mismo aspecto que debo de tener yo. Están exhaustos
pero contentos, después de unas horas de diversión y desahogo.
Ahora la verdadera ducha espera en casa.
Cuando vuelvo
a subir a la plaza me quedo perpleja.
No quedan ni restos del tomate que hace unos minutos bañaba el pueblo.
Los camiones municipales de la limpieza lo han lavado todo con mangueras.
Todo ha vuelto a la normalidad. Las tiendas, los bares, las casas,
están abiertas. Es la hora de comer. No queda ni rastro de esa batalla
delirante de una película cómica, en la que no hay ni vencedores
ni vencidos, ni uniformes ni armas, sólo tomates, nada menos que
cincuenta mil kilos de tomates maduros para que unas doce mil personas
se diviertan como niños.
Tomado
del libro De fiesta en verano,
de Clara Villanueva y Josefina Fernández,
Editorial Difusión, pp.
19-22.
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