| 20 de agosto de 1977
Cuenta las baldosas con cuidado; no olvides ninguna. Recuerda:
primero una, dos, tres y cuatro baldosas de color
marrón. Después dos más de color negro.
De acuerdo. No lo olvidaré. ¡Qué pesado! Sé que tengo que caminar tocando la
pared de la derecha. Al final encontraré una escalera:
diez escalones anchos de madera. Arriba hay otro pasillo largo. Continúo caminando
despacio, voy tocando la pared con los dedos, encuentro una habitación grande y
cuadrada
Te tumbas en el suelo y entras de esa forma en la sala.
Llegas al centro, te pones de pie y
El resto está chupado.
Te equivocas. El resto es lo
más difícil. No puedes hacer ruido, y abrir una caja de herramientas, coger lo que
necesitas y trabajar con ellas en silencio no es nada fácil. Además el cuadro pesa mucho
y tú estarás solo. Yo te esperaré aquí.
Los vigilantes estarán
dormidos, seguro.
Mira, Alberto
Bien. No te preocupes. Todo irá bien. Hemos pensado mucho en
esto.
Alberto cogió la caja de metal
azul que estaba en el asiento de atrás del coche. Era pequeña, pero pesaba mucho. La
abrió y repasó una a una las herramientas que había dentro. Estaban todas. Pablo miró
a su hermano a los ojos, le pasó el brazo por encima del hombro y lo abrazó con fuerza.
Ya sabes
una pierna
más corta que la otra no permite correr demasiado. Y nunca sabes si habrá peligro. Esta
vez no puedo acompañarte.
¡Otra vez! ¡Qué pesado! Pero si me has dicho mil veces lo que
tengo que hacer. Anda, me voy ya. Me estás poniendo nervioso.
Suerte, hermano.
Alberto salió del coche y empezó
a cantar. «Cantar siempre aleja el miedo», le decía su hermano pequeño después de
robar algún paquete de tabaco en el bar de Julián. Entonces tenía trece años y mucho
más miedo que ahora.
Alberto cruzó la plaza. Hacía
mucho calor y de pronto sintió mucha sed. Una calle más abajo había un bar. Caminaba
despacio. La calle estaba muy oscura. Era estrecha y estaba llena de talleres, almacenes
y edificios viejos. Había pocas farolas. El bar estaba en la esquina y tenía las luces
encendidas. Alberto empezó a caminar más deprisa.
Cuando llegó a la puerta leyó un
cartel de «Cerrado», pero el camarero le indicó con el brazo que podía entrar.
Buenas noches, ¿va a cerrar
ya?
A las doce, pero aún puede tomar algo si quiere.
Muchas gracias. Tengo
muchísima sed. Póngame una caña, por favor.
El camarero dejó la escoba en el
suelo, se limpió las manos en un trapo blanco y sirvió la caña a Alberto. Después cogió otra vez la escoba y
continuó barriendo la parte del bar donde estaban las mesas.
Siempre empiezo a ordenar el
bar mientras dan el último telediario. Así me
entero de lo que pasa en el mundo sin perder el tiempo dijo el camarero sin mirar a
Alberto.
Ya veo.
Normalmernte no viene gente a
esta hora. Este barrio es muy tranquilo. Después de cenar la gente se queda en su casa.
Claro, el fin de semana es diferente. Los sábados se llena. ¿Quiere alguna tapa? Tengo croquetas,
un poco de tortilla de patata y también aceitunas.
No gracias, ya he cenado
contestó Alberto.
Bueno. Hoy me ha sobrado
mucha comida. ¡Qué pena!
Alberto no tenía ganas de hablar.
Se acabó rápido la caña, metió la mano derecha
en el bolsillo del pantalón y sacó unas cuantas monedas.
¿Me cobra, por favor?
Sí, claro, son cien pesetas.
¿Qué hora es?
Las doce y media. Tiene
prisa, ¿eh?
Sí. Buenas noches.
Hasta otra respondió
el camarero antes de volver a coger la escoba y seguir barriendo el suelo.
«¡Las doce y media de la noche y
hace este calor!», pensó Alberto al salir a la calle y notar la camisa pegada a su
cuerpo. Caminó lentamente hasta llegar a una plaza grande. Allí se paró, dejó en el
suelo la caja de herramientas, se pasó la mano por la frente y empezó a mirar el
exterior del museo: era un edificio de tres plantas. La pared que daba a la calle estaba
pintada de color marrón claro y las ventanas dejaban ver unas cortinas blancas recogidas
a los dos lados; desde fuera las ventanas parecían una uve al revés.
El interior del edificio estaba
oscuro. Sólo había una luz en una ventana del primer piso, a la derecha de la puerta de
entrada. Las tres personas que vigilaban se reunían cada noche a la una en un despacho
pequeño de la primera planta y tomaban una taza de café; después cogían sus linternas y recorrían el edificio antes de dormir un
rato. Pablo se lo había explicado a Alberto. «A partir de la una y media de la noche
todos los vigilantes duermen. A las tres y media vuelven a recorrer el museo, luego
duermen otra vez hasta las cinco y media. Tienes una hora para coger el cuadro. Nadie te
oirá entre las dos y las tres».
Alberto se acercó más al edificio
y buscó un lugar oscuro, lejos de la luz de las pocas farolas que había en la plaza.
Allí esperó hasta la una y veinticinco. A esa hora ya no se veían luces dentro del
museo. Entrar fue fácil. Cuando Alberto tenía diez años su tío Germán le enseñó a
abrir las puertas y ventanas sin hacer ruido. El tío Germán robaba pisos en verano
cuando la ciudad estaba vacía. «Yo tengo cuarenta años y no he estado nunca en una
comisaría». Las palabras del tío Germán alejaban el miedo de Alberto. «Yo tampoco
iré a ninguna comisaría», pensaba mientras contaba baldosas.
«
una y dos de color negro. Caminó despacio tocando la pared de la derecha. Aquí
están las escaleras. Las dos menos cinco. Sigo
tocando la pared
aquí está la sala». Alberto siguió paso a paso el plan de su
hermano y ahora se encontraba delante del cuadro. Nadie lo había oído.
Delante de él había dos
mujeres: la mujer de la derecha llevaba un vestido largo de color azul; el vestido de la
mujer de la izquierda era rosa y también le llegaba hasta los pies. Las dos eran
jóvenes, estaban de espaldas a Alberto y miraban el río de aguas muy limpias. El paisaje
era muy bonito: árboles altísimos y arbustos de diferentes verdes. En la parte baja del
cuadro, a la derecha, se leía: «Joaquín Vayreda».
Y en la pared había un rectángulo dorado con unas letras negras que decían «Paisaje de
otoño».
«Tampoco ellas me ven. Seguid
hablando, preciosas. Os voy a llevar de paseo; el paisaje de esta ciudad es más gris,
pero os gustará. Lleváis mucho tiempo aquí, ¿no estáis cansadas de ver siempre lo
mismo?»
Alberto abrió la caja de
herramientas y empezó a trabajar con muchísimo cuidado; sacó el lienzo del bastidor.
Iba a doblarlo y a guardarlo cuando oyó un ruido de pasos. «¿Quién está despierto?
Tranquilo, date prisa; no pasa nada, son los nervios», se dijo. Alberto se levantó del
suelo y vio la luz de una linterna delante de su
nariz.
¡Eh! ¿Qué haces con eso?
dijo una voz delante de él.
Alberto empujó al vigilante y
empezó a correr con el lienzo en la mano; el
vigilante lo seguía muy cerca. El lienzo cayó al
suelo y el hombre de la linterna comenzó a gritar.
A las dos y media de la noche Alberto visitaba por primera vez una comisaría de policía.
21 de agosto de
1977
«¿Quién será a esta hora?».
Raúl dejó el reloj encima de la mesita de noche.
Eran las nueve y media de la mañana. Él se levantaba cada día a las doce del mediodía y se acostaba muy tarde, a las
siete de la mañana. «Seguro que es por el asunto del cuadro. ¿No nos van a dejar
descansar después de esta noche?».
Ya voy, ya voy.
Raúl buscó su bata. Estaba medio dormido y le costaba moverse. Salió
de su habitación, cruzó el corredor y se dirigió a la puerta de entrada. La abrió. Se
encontró con un hombre bajito, rubio, con bigote y con unos ojos azules muy tristes y muy
pequeños. Llevaba un uniforme azul. «¡Oh no, otra
vez la policía!», pensó Raúl.
Buenos días, ¿el señor
Raúl López?
Sí, soy yo.
Tenga, esto es para usted. Es
correo urgente.
Gracias Raúl cogió la
carta que el cartero le daba, se la metió en el bolsillo de la bata y empujó la puerta en dirección de la escalera. El hombre de ojos tristes levantó la mano
derecha y la dejó caer sobre la puerta de madera.
¡Eh, espere un momento!
¿Quiere algo más?
respondió Raúl tranquilamente.
Sí, firme aquí, por favor
el empleado de Correos. Le ofreció a Raúl
un bolígrafo y le acercó una libreta, con una lista larguísima sin ningún orden, y
firmó y escribió también el número de su carné de
identidad.
Ya está, tenga. ¿Quiere
algo más?
No señor. Gracias y hasta
luego.
Adiós contestó Raúl
antes de cerrar la puerta de su casa.
Raúl fue a la cocina. En la nevera
quedaba una botella de leche, un poco de mantequilla, embutidos,
queso fresco y un bote de mermelada de fresa. En uno de los armarios de la cocina había
un paquete de café molido. Se preparó el desayuno. Raúl llevó su taza de café con
leche y las tostadas con mantequilla y mermelada a la mesa del comedor. Se sentó en el
sofá y sacó el sobre del bolsillo. Lo abrió y leyó la nota que había dentro. Era una citación en relación con el robo del cuadro de Joaquín Vayreda.
A las cuatro tenía que estar en la
comisaría. «¿Para qué quieren interrogarme? Ya
tienen al ladrón. Todo está en orden. La policía nunca está contenta con lo que
tiene».
A las once de la mañana Raúl se
duchó, se afeitó, se puso unos tejanos azules y
una camisa a rayas grises y verdes y se fue a dar un paseo por el barrio.
La portera del edificio barría la entrada cuando Raúl
salió del ascensor. Cantaba un bolero de los Panchos e iba saludando a los vecinos de la calle
que pasaban por delante de su portal.
Buenos días, señor Raúl.
Hola, señora Sole. ¿Qué tal está usted?
Bien, bien. Ya he leído en
el periódico la noticia del robo del cuadro en el museo dónde usted trabaja.
¿Qué cuadro? No se lo
llevaron. Al ladrón se le cayó el cuadro antes de salir del museo. Además ya está en
la comisaría. No fue nada.
Pues el periódico dice que
el cuadro ha desaparecido. Nadie sabe dónde está.
La policía tiene al ladrón,
el ladrón no tiene el cuadro y el museo tampoco lo tiene. No puede ser, señora Sole.
Eso dice el periodista que firma la noticia del robo. Por eso el
ladrón continúa en la comisaría. También dice el periódico que el ladrón no quiere
decir nada nuevo. Ayer por la noche dijo que él entró solo en el museo y que iba a salir
solo de él, sin la ayuda de nadie. Después calló y así sigue hoy, con la boca cerrada.
Sabe usted más que yo sobre
el robo, señora Sole. Y eso que yo trabajo en el
museo. Ayer yo perseguí al ladrón y vi el lienzo
en el suelo, delante de la escalera. El ladrón no
se lo llevó y no había nadie más en el edificio. Todo esto es muy raro, muy raro.
Sí, lo es. Tengo que seguir
con mi trabajo, señor Raúl. ¿Me informará de los avances de la policía? No me gusta quedarme a medias.
No se preocupe. Hasta luego, señora Sole.
Hasta luego.
Raúl buscó un teléfono público.
«Tengo que llamar al inspector Calvo; puedo ir ahora a comisaría. Tengo que saber lo que
piensa la policía de todo esto». Entró en una cabina de teléfono, sacó la agenda del bolsillo de su camisa y la abrió por la
letra C. Afortunadamente, escribió el número del señor Calvo en su agenda después de recibir la citación. Marcó
despacio y esperó la señal.
Comisaría de policía,
dígame.
Buenos días, soy Raúl
López. Querría hablar con el inspector Julián Calvo. Es con relación al robo del
cuadro ocurrido esta noche en el Museo de Arte.
Un momento, por favor.
La voz de la telefonista
desapareció y empezó a sonar una canción de flauta para niños. «Parece una nana», pensaba Raúl mientras sacaba un paquete de
tabaco del bolsillo de su pantalón.
¿Señor López?
Sí, continúo aquí
contestó Raúl.
Le paso al inspector Calvo.
Raúl no tuvo tiempo para dar las
gracias. La voz fuerte y dura del inspector lo saludó.
Buenos días, señor López.
¿Ha recibido ya la citación?
Sí, la he recibido hace un par de horas.
¿Ha leído los periódicos,
señor López?
No
bueno
sí, sé
lo que dicen. ¿Es cierto lo que cuentan?
Sí, es cierto. El cuadro ha
desaparecido. Pero ya hablaremos de eso con calma. Si tiene tiempo puede venir ahora a
comisaría. ¿Qué le parece?
¿Ahora? Son las doce
Bueno
Puedo estar allí dentro de media hora, a
las doce y media. ¿De acuerdo?
De acuerdo. Hasta ahora,
señor López.
Adiós.
A
las doce y media Raúl estaba en la comisaría. El inspector Calvo lo llevó a su
despacho; parecía un poco nervioso. Raúl se sentó en un sillón, al otro lado de la
mesa, frente al inspector. El señor Calvo cogió un lápiz y una libreta pequeña y
empezó a preguntar.
¿Fue usted quien descubrió
al ladrón?
Sí, me desperté a las dos
de la madrugada; no tenía sueño y fui a dar un paseo por el museo. Es un museo pequeño,
con cuadros de pintores poco conocidos; así que podemos dormir un poco por la noche y
cada hora y media damos una vuelta por el edificio.
Pero anoche yo tenía poco sueño. En la segunda planta vi una luz que se movía. Subí
despacio los peldaños de la escalera, sin hacer
ruido
¿No oyó voces?
No, todo estaba en silencio.
Entré en la sala, el ladrón me vio, me empujó con el brazo, corrió hacia las escaleras y
¿Llevaba el lienzo en la mano?
Sí. Salió de la sala con el
lienzo en la mano. Antes de bajar la escalera se le cayó al suelo.
¿Lo cogió usted?
No. Yo corrí detrás del
ladrón y grité. Quería pedir ayuda, despertar a mis compañeros de trabajo.
¿Vio usted el lienzo más tarde?
No, no lo vi. ¿No lo tiene
el director del museo, o el restaurador de cuadros?
El director llegó a las dos y media al edificio; vive muy cerca del museo. El restaurador estaba trabajando en la primera planta,
oyó mis gritos y salió del taller asustado. Él paró al ladrón. Creía que uno de
ellos lo tenía, sólo ellos tocan los cuadros.
¿Le gusta la pintura, señor
López?
Pues sí, me gusta.
¿Tiene usted cuadros en
casa?
Sí, tengo algunos. Unos
cuatro o cinco.
¿Son regalos?
No contestó Raúl.
Estaba un poco nervioso. Demasiadas preguntas ¿Puedo fumar?
Claro, fume. Aquí tiene un
cenicero contestó el inspector, y le acercó uno con forma de perro de color
plateado. Son copias de cuadros famosos, ¿verdad, señor López?
Raúl abrió los ojos extrañado y
los levantó para mirar al inspector.
¿Cómo lo sabe?
Somos policías, señor
López. No nos puede mentir.
Bueno
sí, son copias.
De pequeño me gustaba pintar. Cuando tenía quince años vivía en Madrid y empecé a
visitar el Museo del Prado. Allí conocí a algunos copistas; muy buenos. Mi familia nunca
tuvo dinero para comprar buenos cuadros. En casa había reproducciones. Malas
reproducciones de obras de pintores famosos. Un día cogí mis pinturas, me senté delante
de un cuadro de El Greco y empecé a copiarlo. Pinté un cuadro, bueno
copié una
pintura. Dejé de pintar cuando empecé a trabajar, a los diecisiete años. Nunca más he
copiado un cuadro.
Señor López, ¿podemos ver
los cuadros que tiene en su casa? No se enfade, pero
tenemos que hacer bien nuestro
trabajo. No lo culpamos de nada.
Claro, claro. Bueno
sí. ¿Cuándo quiere verlos?
¿Ahora? preguntó el
inspector mirando a Raúl a los ojos.
Muy bien, vamos.
Raúl estaba enfadado. La policía
sospechaba de él. «Yo cojo al ladrón y la policía se mete en mi casa y cree que soy
culpable. ¿Estará la señora Sole en el portal? A
esta hora puede estar en la cocina de su casa comiendo. ¡Ojalá!»
La señora Sole no estaba en la entrada del edificio. La
policía estuvo una hora en casa de Raúl. El inspector miró los cuadros con atención. El
caballero de la mano en el pecho, de El Greco; Las hilanderas, de
Velázquez; el Cristo en la Cruz, de Zurbarán y la Corrida en un pueblo,
de Francisco de Goya
Era un buen copista.
Eso decían.
Una pregunta más.
¿Recorrieron ustedes, los vigilantes, el edificio después de coger al ladrón?
Sí señor, encontramos una
caja metálica de color azul con herramientas y una linterna.
Todo estaba en el segundo piso del museo, en la sala donde estaba el cuadro. La caja y la linterna las tiene la policía.
No lo molesto más. Muchas
gracias y perdónenos.
De nada. Buenas tardes.
..
¿Qué tal, Andrés?, llegas
temprano hoy.
Sí, ayer me acosté muy
tarde y hoy tengo la mañana libre. Hoy sí puedo tomar un aperitivo antes de comer.
Tú dirás. ¿Qué te pongo?
dijo alegremente el camarero señalando a Andrés algunas de las bandejas con comida
que había en la barra.
Pues
ponme unas cuantas
aceitunas, una bolsa de patatas fritas y un martini
seco.
Ahora mismo te lo sirvo.
Andrés tenía un horario bastante
raro. Era restaurador de cuadros. Desde hacía dos
meses trabajaba en el Museo de Arte de la ciudad. Andrés trabajaba ocho horas cada día,
de lunes a viernes. A veces llegaba a las diez de la mañana, salía a las dos para ir a
comer al bar de Paco y volvía a sentarse delante de un cuadro a las seis de la tarde;
esos días jugaba unas partidas de cartas con los amigos del bar: la brisca y el mus eran
los juegos de cartas que más le gustaban. Otros días trabajaba ocho horas seguidas,
siempre de noche. Llegaba al museo a las diez de la noche, a la misma hora que los
vigilantes nocturnos; con ellos tomaba una taza de café a la una y a las dos volvía a su
trabajo. Le gustaba trabajar de noche sin ruidos y sin turistas por los pasillos del
edificio.
El camarero cogió el periódico
que estaba encima de la barra del bar y se lo enseñó a Andrés.
Salís en la primera página.
Mira, lee
«Roban un cuadro del Museo de Arte». ¿Estabas ayer a la hora del robo?
Sí, ayer trabajé por la
noche. ¡Estos periodistas! El ladrón no se llevó
el cuadro. Se le cayó antes de bajar la escalera.
Esto dijo señalando con el dedo el artículo que hablaba del robo es mentira.
Pues aquí pone el nombre del
cuadro y el de su autor. Mira, Paisaje de otoño, de Joaquín Vayreda.
¡Bah! Algo tienen que poner
para vender más periódicos. Yo cogí al ladrón. Estaba trabajando en mi sala, oí
gritos, salí al pasillo y tropecé con él. No llevaba ningún cuadro en las manos.
Quizá tenía un cómplice.
El cómplice se lo llevó.
No creo, los vigilantes
registraron el museo. El ladrón entró por una ventana del primer piso; sólo esa ventana
estaba abierta y la puerta estaba cerrada. Esperamos a la policía al lado de la ventana
abierta y nadie salió por ella.
Bueno, bueno, si tú lo
dices.
Alguien ha informado mal a
los periodistas, Paco.
El camarero salió de detrás de la
barra y se dirigió hacia el comedor. Ya había gente sentada en las mesas esperando su
comida. Andrés abrió el periódico y empezó a leer los titulares. Las noticias no eran
muy interesantes. Tardó veinte minutos en tomarse el aperitivo. La conversación con Paco
le había puesto nervioso. «El director del museo no ha hablado con los periodistas. Eso dice aquí. No entiendo nada. Ayer por
la noche nadie habló del cuadro. La policía se llevó al ladrón y todos estaban muy
contentos». Paco volvió a la barra y se dirigió a Andrés.
La primera mesa de la derecha
es la tuya. ¿Vas a comer lo que hay en el menú?
¿Qué hay?
Ensalada mixta, sopa de
fideos y filete de ternera.
De acuerdo. Y me traes vino
tinto y agua por favor.
Muy bien, ahora te lo traigo.
Andrés se sentó en su mesa.
Comió deprisa. Estaba hambriento. De postre tomó melón.
Paco, ponme un café
gritó al camarero desde su mesa.
Cinco minutos después Paco se
acercó a la mesa de Andrés con una taza de café en la mano derecha. Lo acompañaba un
hombre alto, de pelo canoso y ojos oscuros.
Andrés, este señor quiere
hablar contigo dijo Paco.
Soy el inspector de policía
Julián Calvo dijo el hombre de pelo canoso. En el museo me han dicho que
estaba usted aquí.
Buenas tardes, soy Andrés
Fuentes.
Sí, ya lo sé. Es usted el restaurador de cuadros del Museo de Arte el
inspector se dirigió a Paco. ¿Me puede traer un café, por favor?
Paco se alejó en dirección a la
barra. El inspector siguió hablando.
Esta mañana le hemos enviado
una citación a su casa. Queríamos hablar con usted
sobre el robo del cuadro, pero usted no estaba en casa.
¿Han robado el cuadro?
¿Quién? La persona que entró en el museo está detenida, ¿no?
Sí, así es. Y esa persona
no sacó el cuadro del museo. Señor Fuentes, ¿ha salido muy temprano de su casa esta
mañana?
Esta noche no he dormido en
mi casa.
¿Dónde ha dormido usted?
En el apartamento de mi
hermana. Ella está de vacaciones en la playa. Tres días a la semana voy a su casa y le
riego las plantas. Ayer hacía cuatro días que no iba; me acordé de las pobres plantas
mientras trabajaba y decidí ir allí al salir del museo y pasar la noche en el
apartamento. Anoche estaba cansadísimo y entre el apartamento de mi hermana y mi casa hay
una gran distancia.
Después de coger al ladrón,
¿subió usted a la segunda planta del museo?
Yo fui el último en subir,
cuando llegó la policía; pero antes dos vigilantes subieron arriba y uno recorrió el
primer piso. Encontraron una caja de metal azul y una linterna,
nada más.
¿Y el cuadro? ¿No vieron el
lienzo?
No, yo pensé que lo tenía
uno de los vigilantes, o que lo tenía el director. Él subió antes que yo. Todos
estábamos nerviosos, pero nadie preguntó por el lienzo.
Usted todavía parece
nervioso.
Oiga, inspector, yo no he
robado el cuadro. No me acuse gritó Andrés.
Tranquilo, señor Fuentes. Yo
no lo acuso, le hago preguntas.
El inspector Calvo esperó un rato
antes de volver a preguntar; Andrés habló primero.
¿Había más de un ladrón?
No lo sabemos. Quizá había
alguna persona fuera del edificio, en la calle, al otro lado de la ventana abierta, por
ejemplo. La pintura era grande y el lienzo pesaba.
No estamos seguros. Era muy tarde y no había nadie en la plaza. No tenemos testigos.
El comedor estaba vacío. Los
camareros limpiaban las mesas sin prisa.
Señor Calvo, es tarde. Los
camareros van a empezar a arreglar todo esto. Vamos a otro sitio a tomar algo. Me parece
que aquí molestamos. Le invito a otro café en el bar de enfrente. Lo hacen muy bueno
allí.
El inspector Calvo se levantó y se
dirigió a la barra. Sacó un billete de quinientas pesetas de la cartera y se lo dio a
Paco.
Cobre la comida del señor
Fuentes y mi café, por favor.
No, no, deje, yo lo invito
dijó Andrés sacando su billetero.
Por favor, la policía roba
su tiempo y la policía paga su tiempo. ¿De acuerdo?
Vale Andrés miró a
Paco y le hizo una señal con los ojos. Paco, hoy no voy a jugar a las cartas.
Díselo al grupo.
Bien, ya se lo diré. No te preocupes, Andrés. Buenas tardes, señores
dijo Paco dirigiéndome a su amigo y al inspector.
Salieron a la calle. Andrés miró
a un lado y a otro antes de cruzar. Era una calle tranquila; no pasaban muchos coches.
Cruzaron y entraron en un bar más pequeño que el anterior. Se sentaron en una mesa y
pidieron dos cafés con hielo. El inspector empezó a hablar otra vez.
Esta mañana hemos estudiado
su currículum. Es usted un buen restaurador de
pinturas. ¿Por qué trabaja en un museo tan pequeño y tan desconocido? Puede encontrar
un trabajo mejor en una ciudad más grande, en un museo más importante.
Me gusta la tranquilidad y
aquí estoy tranquilo. Además, mi familia vive en esta ciudad, y me gusta estar cerca de
ella.
Quizá no lo quieren en
museos importantes, ¿no?
¿Por qué dice eso?
Hace ocho años robaron un
cuadro en el museo donde usted trabajaba, y usted ayudó a robarlo. ¿No es así?
Sí, es así. Necesitaba
dinero. Yo trabajaba de noche en aquel museo. Los ladrones entraron por la puerta
principal; yo abrí esa puerta. Me pagaron bien y el trabajo fue fácil. Yo sólo quería
el dinero. Lo necesitaba. No me importaba el lienzo.
No quiero cuadros.
¿Y ahora también necesita
dinero?
No, ahora vivo bien. tengo un
buen salario, mi trabajo me gusta y vivo tranquilo respondió Andrés enfadado.
Sus amigos salieron de la
cárcel hace seis meses. ¿Lo sabía?
No, no lo sabía. Y no son
mis amigos.
¿También quieren un cuadro
ahora?
Andrés se levantó de golpe de la
silla. Tenía la cara roja y le temblaban los dedos de las manos.
No lo entiendo, señor Calvo.
Ya se lo he dicho: ahora vivo tranquilo. Ayudé a robar una vez, hace mucho tiempo, y no
me gustó, no voy a ir allí otra vez. ¿Me entiende? Déjeme en paz.
Andrés miró al inspector por
última vez. Se dio la vuelta y se alejó del bar caminando despacio.
Tomado
del libro Paisaje de otoño,
de Ana María Carretero Giménez.
Editorial Edinumen, pp. 5-14.
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