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Vuelves a casa destrozado, con el estómago vacío, porque hoy ni
siquiera has tenido tiempo para tomarte tu bocadillo de lomo en la cafetería de la
facultad. Hoy tampoco has ido a clase de griego, ni de latín. Te volverá a quedar
pendiente para el año que viene. Has tenido una reunión interminable. No habéis
solucionado nada. No habéis llegado a ningún acuerdo, pero al menos les has dicho lo que piensas. Tendrás la
conciencia tranquila, pero ahora te importa muy poco tu conciencia. Sólo quieres
descansar, y que la noche pase lentamente, para que tarde lo más posible en amanecer. Después de tomarte el pescado que te ha
preparado mamá, aunque le has repetido mil veces que no te prepare nada, quieres quedarte
dormido leyendo el periódico. Gracias mamá. Y quieres despertarte cada dos horas para
darte cuenta de que estás durmiendo, y tocar la almohada, y mirar el despertador, y
sentir la casa a oscuras, en silencio, y decirte a
ti mismo que aún tienes tiempo para dormir, mucho
tiempo, aunque nunca demasiado. Quieres olvidar las tonterías que has dicho en la
reunión, porque has usado palabras que no eran tuyas, te has reído cuando no te hacía
gracia lo que decían los demás, sólo porque se reían los demás, y has dicho que sí
cuando querías decir que no, cuando te han preguntado
si podrías colaborar con Mikel, que en realidad
se llama Miguel, pero le gusta hacerse pasar por
vasco, para redactar una carta de protesta a la cárcel de Alcalá-Meco, donde hay tres insumisos encarcelados por negarse a cumplir el servicio
militar. Quieres olvidar la cara que has debido de poner cuando te han dicho que
Carmen no iba a ir a la reunión porque se ha ido a Cuenca
con un hippie que se llama Luis y que los demás no saben si tú conoces.Y tú
les has dicho que sí, que lo conoces. Quieres que mañana la biblioteca esté cerrada por obras, o que haya sido destruida por las bombas de
algún comando guerrillero despistado que pasara por
allí. Quieres que te avisen con tiempo para no tenerte que levantar. Pero si te levantas,
quieres ser dulce con mamá, porque le has contestado mal esta noche, sólo porque ha insistido en
freírte pescado y en prepararte la mesa para que cenes. Ingrato.
Después de todo el día sin verte llegas gritando. Seguro que no gritas así cuando
estás con los amigos.Y estás triste porque sabes que un día te va a faltar y no le vas
a poder decir que la quieres mucho, va a ser demasiado tarde.Y te acuerdas de que a papá
tampoco le has dicho nada cuando te ha preguntado cómo van las cosas, sólo le has dicho
que como siempre, para salir del paso, y te has
metido en tu habitación para leer el periódico, para quedarte dormido, para olvidarte
del mundo y que el mundo te olvide. Pero no te olvida. No
querías que amaneciese y ha amanecido. Querías que saliesen palabras dulces de tu boca
para mamá y ni siquiera le has contestado cuando te ha dicho que tengas mucho cuidado,
como si fueras un niño pequeño, porque para ella siempre serás un niño pequeño. Y
querías hablar con papá para evitar que un día sea demasiado tarde y se os haya pasado
la vida, la vida entera, sin tener ocasión de conocernos. Pero no has querido bajar con
él en el ascensor cuando te ha pedido que esperaras un momento. Le has dicho que tenías
mucha prisa y te has marchado dando un portazo. No
querías ir a trabajar y estás llegando ya a ese edificio metálico que huele a formol. No querías saludar y estás saludando.
No querías sonreír y estás sonriendo como si de verdad te hiciera gracia lo que dice
esa vieja de bata blanca que siempre llega a las
siete de la mañana. Le preguntas por sus nietos como si de verdad te importasen, por su
sitio de veraneo preferido como si fueras a ir a
visitarla, y por la cantidad de trabajo que tiene como si estuvieses deseando ayudarla. Y
ella te dice que sí, que te agradecería mucho que
catalogases esos libros porque ella no tiene tiempo, que luego podrías bajar al almacén
para ayudar a Juan con las revistas, que más tarde es posible que tenga que salir con
Mercedes para hablar con el gerente del asunto de las vacaciones, y que tú te podrías
quedar un rato atendiendo a los lectores.
Tú querías responder que se fuera a la mierda. Pero respondiste que no faltaba más, con mucho gusto, encantado. Querías
dejar claro que ella no era nadie para darte órdenes, y le dejaste claro que siempre que
necesitara algo podía contar contigo. Querías pasar la mañana sin hablar con nadie y
estuviste contando tu vida y la de todos tus amigos, haciendo énfasis en los episodios
graciosos a todo aquel que se te ponía delante en la
media hora del desayuno. Sólo para que dijeran: «¡Qué simpático es Alfonso,
siempre con sus bromas, siempre con una palabra amable en los labios!». Y cuando te
quedaste prácticamente solo en la biblioteca y tuviste que atender sin ayuda a todos los
estudiantes que venían a consultar los fondos, también fuiste amable con ellos. Les
explicaste cómo tenían que buscar información en el ordenador, y les llevaste hasta la
estantería misma para que no se perdieran, y les ayudaste a hacer las fotocopias, y les
habrías preguntado la lección que tenían que preparar para el día siguiente si te lo
hubieran pedido. Sólo para que pensaran: «¡Qué simpático es este bibliotecario, con él da gusto estudiar, se nota que las cosas están
cambiando en este país!». Y cuando ella llegó, tú levantaste la vista y no te costó reconocerla, pero la miraste como a las
otras, como a los otros, como si debajo de tu bata de bibliotecario no hubiese más que la
cabeza de un bibliotecario que funciona de 8 a 15 horas, de lunes a viernes, sin sexo, sin
memoria, sin odios, sin aficiones, como si la indiferencia de las máquinas sirviera para
algo más que para ocultar tu miedo. Porque tuviste miedo. Por eso, cuando te preguntó si
podía ver las «láminas de Mutis», tú le dijiste
muy serio que no estaba la responsable del mismo. «La responsable del mismo», ¿te das
cuenta? Hablaste como una computadora, como una persona adulta y responsable en el
ejercicio de sus funciones, como si tus 23 años, tu alegría y tu tristeza y tus ganas de
reír o de llorar hubieran desaparecido, o peor, como si no hubieran existido nunca.
Porque tenías miedo. Por eso no pudiste sonreír, gritar, decir: «¡Hostia, eres tú!». Llevarte
las manos a la cabeza y decirle con una sonrisa que ella era la chica que te había
pedido fuego hacía año y medio, ¿o más?, ¿o quizás un poco menos?, en el parque del Retiro, ahí al lado, nada más cruzar la calle.
No te podía engañar, era ella, aunque ahora
tuviese el pelo más corto y los labios más finos, y un suéter diferente del jersey que
llevaba aquella mañana de octubre. No te podían engañar sus ojos de otoño en plena
primavera, los ojos de Bárbara.
¿Por qué no le pediste a Marta que vigilara la sala
un momento por ti? ¿Por qué no le dijiste a Barbara que te acompañara al archivo? ¿Por
qué no cogiste las llaves del cajón de Mercedes y por qué no la invitaste a entrar, los
dos solos, a aquel cuarto donde se guardaba un pedazo
de la historia de América, un pedazo triste? Podías contarle cómo llegaron los
españoles a aquellas tierras y las llamaron Nueva Granada porque no sabían pronunciar
los nombres que pronunciaban los indios. Podías contarle cómo, en el siglo XVIII, un botánico, Celestino Mutis, llegó hasta allí
para ponerle nombres latinos a las mismas plantas que los indios utilizaban desde muchos años atrás para curar sus heridas y para alimentarse.
Cómo quiso ordenarlas y clasificarlas, compararlas y analizarlas, y obligó a los indios
a dibujarlas con todo detalle, pétalo a pétalo, nervio a nervio, sin comprender que los indios no
quisieran trabajar para ganarse la vida, porque se
la tenían ganada por el hecho de nacer, y tuvo que atarlos
a las mesas para que dibujaran constantemente para él. Podías contarle que en esas
láminas estaba también guardado el dolor de aquellos hombres que tuvieron que dejar de
ser hombres para convertirse en dibujantes, en máquinas, y que su dolor era más
importante que todos los descubrimientos científicos de todos los tiempos. Podías
contarle, aunque te salieses un poco del tema, que no hay fin, ni política, ni idea, ni
meta, que pueda justificar nunca el sufrimiento de un hombre. Pero preferiste cumplir con
tu deber, el deber de dejar de ser tú una vez más. No hablaste de la libertad, ni del
dolor de aquel indio, porque no te diste cuenta de que el suyo era el tuyo también, el
mismo que sientes tú, ahora, por haber tenido miedo, por no haber hecho lo que querías
hacer. No te atreviste a decirle que habías pensado
muchas noches en ella, y muchos días, y muchas tardes, y que habías suspendido muchos
exámenes por no hacer otra cosa que pensar en ella. Porque eso no se dice. Porque eso
nadie te ha enseñado a decirlo. No te acercaste a ella después de enseñarle una lámina
de orquídeas, no aspiraste su perfume, no te atreviste a beber el néctar de sus labios ni a besar sus mejillas, porque eso no se hace. Porque eso nadie te ha
enseñado a hacerlo. Y cuando la viste marchar, después de hojear sin interés unos libros, como si esperara a
alguien, después de dar unas cuantas vueltas por la biblioteca, como si le sobrara el
tiempo, preferiste guardar silencio, como si no tuvieras nada que decir, como si
estuvieras muerto, como si no te importara no volverla a ver y estar obligado de nuevo a
olvidarla.
Ahora aún te quedan dos horas para salir. Luego
tendrás que coger el metro para ir a toda prisa a la universidad. Te comerás un
bocadillo de tortilla para no perder el tiempo, como si con el tiempo se pudiera hacer
otra cosa que perderlo. Y aunque no quieras, irás a la clase de historia sólo para ver
si ha vuelto Carmen de Cuenca, antes de lo previsto, y te está buscando para pedirte
perdón, para decirte que tú tenías razón, que todos los hippies son iguales,
y que necesitaba un hombre como tú que le ayude a olvidar. Aunque no quieras, ayudarás a
Mikel a redactar la carta de protesta para que liberen a esos insumisos, porque después
de todo, tú tampoco quieres hacer el servicio militar, y a ti también te parece una tomadura de pelo la ley de Objeción de
Conciencia, y tú también serías insumiso si no te diera mucho miedo que te metieran en
le cárcel, con el «coco» y con el «hombre del saco». Tú también serías insumiso si
creyeras en los héroes igual que crees en los demonios. Tú también serías insumiso si
no tuvieras una madre a la que cuidar y a la que no dar disgustos para que no le duela la
cabeza, y un padre al que respetar, y hasta es posible que un día tengas un gato.
Volverás a casa y protestarás porque ya está bien. Gritarás a tu madre porque tú
sabes hacerte sólo los huevos fritos. No respetarás el sueño de tu padre, que se ha
dormido en el sillón, y te irás a la cama sin desearle a nadie las buenas noches. Y no
podrás dormir porque eres bobo, porque has dejado pasar otro día, un día entero de tu
vida por delante. Desearás que la almohada te recuerde otras formas, y pensarás que las
flores estampadas son iguales que las orquídeas que
dibujara aquel indio tan lejos. Te atreverás a beber su néctar porque no te atreviste a
beber del otro. Y te imaginarás su perfume porque no te atreviste a aspirar el otro.
Volverás a inventarte su nombre, a imaginártelo, porque no te atreviste a preguntarle el
suyo. La llamarás Bárbara sin darte cuenta de que ella ya tenía nombre antes de que tú
la descubrieras. Bárbara, porque eres un cobarde, porque eres tonto y no sabes nada. Ni
siquiera sabes que no se llama Bárbara.
Tomado del libro Los
labios de Bárbara,
de David Carrión Sánchez.
Editorial Edinumen, pp. 29-34
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