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Pasos de la actividad
1.
Repara en la afirmación anterior: «Sólo las
personas que saben una lengua pueden dedicarse con éxito
a su enseñanza a personas que hablan otra u otras».
Piensa en qué dos sentidos puede interpretarse esta frase.
Una pista: fíjate en la ambigüedad del verbo saber
en la frase.
Mira ahora
si las interpretaciones que haces de la frase coinciden con las
nuestras.
Ambas concepciones
se encuentran muy extendidas entre el personal: la primera, fuera
de nuestra profesión; la segunda, dentro de ella. Fuera de
nuestra profesión, porque son muchos (especialmente los docentes
de otras disciplinas académicas, mire usted por dónde)
los que piensan que si para enseñar algo hay que saberlo
bien, entonces cualquier hablante nativo de una lengua
(que, por supuesto, la sabe muy bien), puede enseñarla
sin temor a equivocarse. Dentro de nuestra profesión, porque
casi todos los profesores de español (especialmente los filólogos,
qué casualidad) tienden a considerarse, en mayor o menor
medida, auténticas autoridades en cuestiones de lengua, ya
que, además de ser hablantes nativos, han estudiado con detenimiento
analítico la lengua que enseñan y que, por tanto,
saben muy bien.
2.
Tanto unos como otros se equivocan, aunque en sentidos completamente
contrarios. A continuación, intentaremos descubrir la falsedad
de la concepción de que sólo los hablantes nativos
de una lengua pueden enseñarla.
Los primeros,
los de fuera, se equivocan porque el verbo saber en la expresión
saber una lengua no quiere decir ‘enumerar explícitamente
y con precisión los elementos que la componen’ (como
cuando decimos, por ejemplo, que alguien sabe la lista de las capitales
de provincia españolas), sino, muy distintamente, ‘hacer
uso de ella’, ‘emplearla’, ‘hablarla’,
con mayor o menor acierto, pero sin conocimiento de causa.
Algo muy equivalente
sucede con saber escribir a máquina. Para comprobarlo te
invitamos a realizar un pequeño autoexperimento.
3.
Sin duda, muy pocas personas, si es que hay alguna, habrán
podido responder a una pregunta tan simple. Pero ¿no sabíamos
escribir a máquina? ¿por qué, entonces, no
hemos podido enumerar explícitamente y con precisión
las letras z, x, c, v y b? ¿es que no las sabemos? Aquí
puedes encontrar una explicación de este fenómeno.
Algo muy similar
sucede con la lengua, a saber, que la inmensa mayoría de
sus maravillosos mecanismos se encuentran en el subconsciente. Así
que, cuando nos dicen que alguien sabe una lengua, debemos
entender que la sabe (si es que la sabe bien) subconscientemente.
Y no la sabe, como debería hacerlo para poder enseñarla,
conscientemente, que sería la forma de que pudiera, como
hemos dicho antes y como acabamos de descubrir con el pequeño
experimento, enumerar explícitamente y con precisión
los elementos que la componen. Para ello, debería haberla
analizado mediante un gran esfuerzo intelectual, solo o guiado por
otros, que consiste, técnicamente, en subir a la conciencia
lo que haya en el subconsciente y que, dicho sea de paso, ya estuvo
una vez allí antes de bajar. O sea que, en el sentido platónico
de la cosa, aprender es recordar, esto es, hacerse consciente de
lo que una vez estuvo en la conciencia (cuando, de niños,
aprendíamos nuestra lengua) y bajó después
al subconsciente para desde allí actuar eficazmente.
Los lectores
avisados habrán visto que, con estos razonamientos, no establecemos
mayores diferencias en la oposición, formulada dentro del
campo de la psicolingüística, entre adquisición
y aprendizaje. No tiemblen los manes del Enfoque Natural por tamaña
heterodoxia, que las diferencias siguen siendo palpables. En el
caso del niño, su cerebro no tiene más carga que la
facultad innata del lenguaje, de tal suerte que podemos decir que
su subconsciente lingüístico se establece precisamente
con el aprendizaje de su lengua materna. En el caso del adulto,
sin embargo, el subconsciente lingüístico está
previamente establecido y ocupado por una o varias lenguas. Las
diferencias consiguientes en cuanto a diferencia cuantitativa y
cualitativa de aprendizaje lingüístico se entienden
sin más.
Así
que saber, lo que se dice saber (esto es, saber consciente, declarativo
o explícito), sólo saben los que han estudiado o,
mejor, reflexionado (por aquello del espejo) sobre una lengua, los
que han subido a conciencia los elementos de que se compone el subconsciente
lingüístico. Ellos son los que se encuentran en disposición
de explicar a los otros cuáles son esos elementos y cuáles
sus diferencias esenciales (que lo consigan o no, y cuál
sea la mejor manera de hacerlo, es harina de otro costal).
Este razonamiento
se encuentra también apoyado por la experiencia, dicho sea
de paso, pues cualquier profesor de lenguas conoce a colegas que,
no siendo nativos (e incluso llegando a cometer errores importantes
en el manejo de la lengua), poseen un conocimiento tan minucioso
y exacto del español que saben explicar, de manera comprensible
para los estudiantes y con mucho acierto, las reglas gramaticales
de nuestra lengua. Y quiero recordar aquí, como pequeño
homenaje, a esos profesores expertos en el trasvase o transferencia
entre la lengua nativa de los estudiantes y el español, que
tantas horas de explicaciones abstrusas nos han ahorrado a los que
no sabíamos hilar tan fino. Que es muy bueno traducir cuando
se sabe hacerlo en abstracto, esto es, ofreciendo equivalencias
independientes de los contextos concretos, pero comunes a todos
ellos (otra cosa no es la gramática).
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