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Lunes, 12 de septiembre de 2005
   

 Contra los profesores de español (I)
 
Por Mario Gómez del Estal Villarino


Apartado: Reflexión para el profesor
Subapartado: Desarrollo de competencias de la lengua
Destinatarios: Profesores
Material necesario: Ninguno


Descripción

Bajo título tan polémico, que esperemos que no resulte como mentar la soga en casa del ahorcado, iniciamos una serie de actividades en las que iremos atacando una idea (en verdad, son dos) que estamos muy acostumbrados a escuchar los que andamos a vueltas con esto de enseñar lengua a extranjeros o inmigrantes: sólo las personas que saben una lengua pueden dedicarse con éxito a su enseñanza a personas que hablan otra u otras.


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Pasos de la actividad

1. Repara en la afirmación anterior: «Sólo las personas que saben una lengua pueden dedicarse con éxito a su enseñanza a personas que hablan otra u otras». Piensa en qué dos sentidos puede interpretarse esta frase. Una pista: fíjate en la ambigüedad del verbo saber en la frase.

Mira ahora si las interpretaciones que haces de la frase coinciden con las nuestras.

Ambas concepciones se encuentran muy extendidas entre el personal: la primera, fuera de nuestra profesión; la segunda, dentro de ella. Fuera de nuestra profesión, porque son muchos (especialmente los docentes de otras disciplinas académicas, mire usted por dónde) los que piensan que si para enseñar algo hay que saberlo bien, entonces cualquier hablante nativo de una lengua (que, por supuesto, la sabe muy bien), puede enseñarla sin temor a equivocarse. Dentro de nuestra profesión, porque casi todos los profesores de español (especialmente los filólogos, qué casualidad) tienden a considerarse, en mayor o menor medida, auténticas autoridades en cuestiones de lengua, ya que, además de ser hablantes nativos, han estudiado con detenimiento analítico la lengua que enseñan y que, por tanto, saben muy bien.

2. Tanto unos como otros se equivocan, aunque en sentidos completamente contrarios. A continuación, intentaremos descubrir la falsedad de la concepción de que sólo los hablantes nativos de una lengua pueden enseñarla.

Los primeros, los de fuera, se equivocan porque el verbo saber en la expresión saber una lengua no quiere decir ‘enumerar explícitamente y con precisión los elementos que la componen’ (como cuando decimos, por ejemplo, que alguien sabe la lista de las capitales de provincia españolas), sino, muy distintamente, ‘hacer uso de ella’, ‘emplearla’, ‘hablarla’, con mayor o menor acierto, pero sin conocimiento de causa.

Algo muy equivalente sucede con saber escribir a máquina. Para comprobarlo te invitamos a realizar un pequeño autoexperimento.

3. Sin duda, muy pocas personas, si es que hay alguna, habrán podido responder a una pregunta tan simple. Pero ¿no sabíamos escribir a máquina? ¿por qué, entonces, no hemos podido enumerar explícitamente y con precisión las letras z, x, c, v y b? ¿es que no las sabemos? Aquí puedes encontrar una explicación de este fenómeno.

Algo muy similar sucede con la lengua, a saber, que la inmensa mayoría de sus maravillosos mecanismos se encuentran en el subconsciente. Así que, cuando nos dicen que alguien sabe una lengua, debemos entender que la sabe (si es que la sabe bien) subconscientemente. Y no la sabe, como debería hacerlo para poder enseñarla, conscientemente, que sería la forma de que pudiera, como hemos dicho antes y como acabamos de descubrir con el pequeño experimento, enumerar explícitamente y con precisión los elementos que la componen. Para ello, debería haberla analizado mediante un gran esfuerzo intelectual, solo o guiado por otros, que consiste, técnicamente, en subir a la conciencia lo que haya en el subconsciente y que, dicho sea de paso, ya estuvo una vez allí antes de bajar. O sea que, en el sentido platónico de la cosa, aprender es recordar, esto es, hacerse consciente de lo que una vez estuvo en la conciencia (cuando, de niños, aprendíamos nuestra lengua) y bajó después al subconsciente para desde allí actuar eficazmente.

Los lectores avisados habrán visto que, con estos razonamientos, no establecemos mayores diferencias en la oposición, formulada dentro del campo de la psicolingüística, entre adquisición y aprendizaje. No tiemblen los manes del Enfoque Natural por tamaña heterodoxia, que las diferencias siguen siendo palpables. En el caso del niño, su cerebro no tiene más carga que la facultad innata del lenguaje, de tal suerte que podemos decir que su subconsciente lingüístico se establece precisamente con el aprendizaje de su lengua materna. En el caso del adulto, sin embargo, el subconsciente lingüístico está previamente establecido y ocupado por una o varias lenguas. Las diferencias consiguientes en cuanto a diferencia cuantitativa y cualitativa de aprendizaje lingüístico se entienden sin más.

Así que saber, lo que se dice saber (esto es, saber consciente, declarativo o explícito), sólo saben los que han estudiado o, mejor, reflexionado (por aquello del espejo) sobre una lengua, los que han subido a conciencia los elementos de que se compone el subconsciente lingüístico. Ellos son los que se encuentran en disposición de explicar a los otros cuáles son esos elementos y cuáles sus diferencias esenciales (que lo consigan o no, y cuál sea la mejor manera de hacerlo, es harina de otro costal).

Este razonamiento se encuentra también apoyado por la experiencia, dicho sea de paso, pues cualquier profesor de lenguas conoce a colegas que, no siendo nativos (e incluso llegando a cometer errores importantes en el manejo de la lengua), poseen un conocimiento tan minucioso y exacto del español que saben explicar, de manera comprensible para los estudiantes y con mucho acierto, las reglas gramaticales de nuestra lengua. Y quiero recordar aquí, como pequeño homenaje, a esos profesores expertos en el trasvase o transferencia entre la lengua nativa de los estudiantes y el español, que tantas horas de explicaciones abstrusas nos han ahorrado a los que no sabíamos hilar tan fino. Que es muy bueno traducir cuando se sabe hacerlo en abstracto, esto es, ofreciendo equivalencias independientes de los contextos concretos, pero comunes a todos ellos (otra cosa no es la gramática).


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Comentarios

¿Quiénes son, entonces, los que están mejor capacitados para enseñar lengua? ¿Los filólogos? ¿Los gramáticos o lingüistas? ¿Son ellos los únicos que pueden enseñar una lengua a extranjeros? Esto lo veremos en la siguiente actividad, «Contra los profesores de español (II)».

 

 
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