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Lunes, 23 de julio de 2001

Terrible examen de palabras

Por José Plácido Ruiz Campillo

Clasificación
Apartado: Evaluar
Nivel: Todos
Destreza que predomina: Expresión oral
Destinatarios: Jóvenes y adultos
Tipo de agrupamiento en clase: Grupos de 3 a 5
Preparación
Tiempo de preparación: 30 minutos
Material necesario: Tarjetas
Duración de la actividad en clase: 45 - 60 minutos
 

Descripción

Con la actividad que se propone se trata de evaluar el grado de asimilación por parte de los alumnos de los contenidos léxicos que se han ido presentando a lo largo de un curso. Para ello, se utiliza una técnica que potencia la creatividad y el ludismo. Por otra parte, con ella se crean oportunidades para aprender o recordar contenidos y se va más allá del tipo de evaluación de los exámenes tradicionales que se pronuncia respecto a la corrección e incorrección de los escritos de los alumnos.

Selecciona un número determinado de ítems entre todo el vocabulario (incluyendo expresiones) que ha se ha trabajado durante el curso o la parte del curso que se quiere evaluar (aproximadamente unos 40 ítems para una sesión). Confecciona tantas tarjetas como ítems incluyas con preguntas de distinto tipo. Las preguntas pueden estar formuladas desde la palabra al significado, o bien desde el significado a la palabra. Conviene mezclar los dos tipos de preguntas, de manera que se pongan en juego tanto la capacidad productiva como comprensiva de los alumnos. A continuación se proponen algunos ejemplos:

Rascarse   El estudiante explica qué significa esta palabra: «Haces eso cuando algo te pica.»
Cuando las ranas críen pelo.   El estudiante explica qué significa esta expresión: «Una forma irónica de decir nunca.»
Cuando tu novia tiene un lío con otro, ¿qué te pone?   El estudiante tiene que señalar la expresión que corresponde al significado que aparece en la tarjeta: poner los cuernos.
Dibujo de unas esposas   El estudiante tiene que decir qué palabra se corresponde con el dibujo que aparece en la tarjeta.

El día que se haya fijado para el examen, coloca las tarjetas en un taco, boca abajo, en tu mesa y explica a tus alumnos el procedimiento de evaluación. Organiza la clase en tres o cuatro equipos, dales un nombre a cada uno de ellos y dibuja en la pizarra una tabla donde se vaya a recoger la puntuación de cada grupo. Comenta el tipo de preguntas que aparecen en las tarjetas y pon un ejemplo de cuál debe ser la respuesta en cada caso (por ejemplo, si en la tarjeta aparece escrita la palabra perro, tienen que decir que «es un animal que hace guau, guau».

Explícales también que, aunque se ha organizado la clase en grupos, en cada turno, sólo debe responder un alumno. Para ello, éste debe salir al centro de la clase, coger una tarjeta y responder, sin que nadie de su grupo le pueda ayudar y en caso de que lo hagan recibirán una penalización. Si responde bien, conseguirá un punto para su equipo; si lo hace mal, el siguiente equipo (y ahora sí, todos los miembros del equipo pueden sumar conocimientos) tiene la oportunidad de obtener ese punto. Si tampoco el segundo equipo puede responder a la pregunta, ésta puede volver a formularse al primer equipo. Recuerda a los alumnos que todos tienen que participar.


Comentarios


Se puede mejorar mucho la calidad lúdica y rebajar el nivel de tensión y responsabilidad que cada alumno asume al salir solo al centro de la clase, si entre las preguntas de vocabulario se intercalan otras que diviertan o introduzcan nuevos contenidos. Por ejemplo, se pueden insertar preguntas (unas 10 ó 15) organizadas en las categorías de «buena suerte» y «mala suerte» y que vayan marcadas en el dorso de las tarjetas. De este modo tendríamos:
  1. Tarjetas blancas: preguntas de examen (palabras objeto de examen).
  2. Tarjetas con una cara sonriente: preguntas de buena suerte, que se supone que son facilísimas, aunque se puede jugar con esto. Algunos ejemplos: «¿De qué color era el caballo blanco de Santiago?», «Oro parece, plata no es, ¿qué es?», «¿De dónde vienen los niños?», o incluso algunas en que juguemos con los conocimientos personales adquiridos a lo largo del curso, como «¿De dónde es la novia de Sebastián?», etc.
  3. Tarjetas con una cara triste: preguntas de mala suerte (con lo que se disminuye la responsabilidad del alumno si no conoce la respuesta), donde podemos introducir palabras no trabajadas en clase para añadir un elemento de aprendizaje a la actividad de evaluación. Deben ser palabras o expresiones nuevas que resulten útiles para los alumnos. Pueden ser algunas como éstas: «El interior de la oreja (oído)», «Una persona simple (tonta)», «Matasuegras», etc.

En caso de adoptar esta versión de la actividad, convendría, no obstante, diferenciar la puntuación de las preguntas de examen del resto, por ejemplo puntuando el doble las primeras, o puntuando negativamente los errores en estas preguntas de examen, todo ello con el objetivo de que se vea justificada la calidad de examen de la actividad.

Sobra decir que el presente examen no arrojará demasiados datos objetivos con vistas a la calificación (los exámenes tradicionales raramente consiguen la objetividad). El objetivo no es, en todo caso, la calificación por parte del profesor (más allá de una apreciación general del progreso de la clase), sino una puesta en común lúdica de los contenidos objeto de aprendizaje en la que se proporciona una nueva oportunidad más para aprender a aquellos alumnos que se han descuidado, y una oportunidad para que demuestren lo que han  aprendido aquellos estudiantes que han trabajado más.

En la selección de las preguntas, conviene utilizar las palabras o las expresiones más importantes por su frecuencia o por su relación con campos semánticos más amplios o familias de palabras. No perdamos de vista que esta actividad persigue, ante todo, hacer un repaso de lo que se ha estudiado durante el curso, más que comprobar si un alumno determinado da la respuesta adecuada a la pregunta planteada.

Por último, conviene no indicar a los alumnos que evaluaremos el dominio del vocabulario al final del curso mediante un juego o una competición, sino mediante un terrible examen. Primero, porque la idea de un «examen» los espolea y los más despreocupados toman así más responsabilidad en aprender y recordar. Y segundo, porque cuando llegan al examen se llevan una sorpresa muy agradable: aunque tienen que demostrar sus conocimientos ante toda la clase, su evaluación ha quedado diluida entre la colectividad de los equipos y la aleatoriedad de las preguntas de buena y mala suerte. Y además, han recordado algunas cosas que no recordaban y han aprendido otras nuevas.

 

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