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El legado de Sefarad

Juan Gelman. Poesía sefardita rioplatense (1 de 2)

Por Leonor Fleming

Cubierta del libro Dibaxu de Juan Gelman Dibaxu, ed. 1994

El amor, el exilio, la propia poesía como reflexión, son los núcleos de la obra de Juan Gelman (Buenos Aires, 1930), poeta argentino «de cultura judía aunque no religioso» según sus propias palabras. Tercer hijo de un matrimonio de inmigrantes ucranianos, tiene en su genealogía un padre ferroviario y comerciante que participó en la revolución rusa de 1905, una madre que inició estudios de medicina en Odesa y un abuelo materno rabino. Porteño de barrio (vino al mundo en el distrito de Villa Crespo, uno de los elegidos por la comunidad judía de la ciudad), comprometido con la política y la literatura, es periodista y autor de una obra reconocida por los lectores y la crítica, con premios de importancia como el Nacional de su país, el Juan Rulfo de México y el Reina Sofía de España. Exiliado como consecuencia de lo que desembocaría en la dictadura militar del ’76, con un hijo y una nuera desaparecidos, y una nieta nacida en cautiverio (identificada y encontrada en Montevideo en el año 2000), luego de varios domicilios en el extranjero (Roma, Madrid, Managua, París, Nueva York), ha fijado residencia en México.

Gelman cumple con lo que señalaba Cortázar como el deber de todo intelectual: por una parte, el compromiso social con su época, aún a riesgo de equivocarse; y por otra parte, emprender la revolución en el propio texto literario. En el ámbito político, sus sucesivas adhesiones al Partido Comunista Argentino, al peronismo revolucionario y al grupo de Montoneros, y el razonado abandono de estas militancias, dan testimonio de su compromiso ideológico, que se ampliará a una permanente denuncia de las dictaduras y una lucha por los derechos humanos en todos los escenarios públicos a los que lo lleva su fama de poeta. En el campo literario, cada nuevo libro es el resultado de una nueva experiencia expresiva, de una genuina insistencia por forzar las «paredes» del lenguaje en su búsqueda de lo inefable, de «ese aquello que es, en definitiva, todo lo que la lengua calla cuando habla».1 Producto de esas distintas líneas que intenta en cada libro, en 1994 publicó Dibaxu2, un poemario escrito en judeo-español, aunque el autor no pertenece a una familia sefaradí. Para analizar qué significa lo sefaradí en su vida y en su literatura, propongo alguna conjetura.

Según la Enciclopedia de la Biblia3, la primera acepción del término Sefarad es «País distante al que serán desterrados los hijos de Israel, antes de tomar posesión incluso de las ciudades del Negeb. San Jerónimo, sobre la base de una antigua tradición judía, lo identifica con el Bósforo; el Targũm y la Pesittã’, con España». Es decir que el significado de Sefarad está asociado, en su origen, al destierro, tema recurrente en la poesía de Gelman, auscultado desde todos sus ángulos, tanto en los libros anteriores como en los posteriores a Dibaxu. De la obra Bajo la lluvia ajena (notas al pie de una derrota), fechada en Roma en mayo de 19804, que desde el propio título alude a la condición de exiliado, transcribo algunos fragmentos:

«¿Acaso el cielo no es el mismo? El cielo no es el mismo» (pág.14)
«Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire» (pág.32)
«Mi padre vino a América con una mano atrás y otra adelante, para tener bien alto el pantalón. Yo vine a Europa...» (pág. 28)

La vida de Gelman es un compendio de transtierros. No sorprende por lo tanto que esa errancia ocurra en su literatura e instaure otros exilios. La pregunta de uno de los poemas del libro citado encamina hacia una clave: «¿Hasta dónde este exilio exterior coincide con otro más profundo, interior, anterior? ¿Hasta dónde los idiomas extraños, la ajenidad de rostros, voces, modos, maneras, encarnan los fantasmas que asediaron mi propia juventud?...» (Ibidem., pág.23).

Si la patria del escritor es la lengua, indudablemente la de Gelman es el español rioplatense, «el gran río del idioma de los argentinos», en el que «desembocan las lenguas del exilio», «ensanchándolo», «cambiando el color se sus aguas como limos que la lengua arrastra y deposita en la profundidad de su aventura, una aventura que nunca acabará».5 En Dibaxu, la vinculación de la patria con la lengua y del exilio con la expulsión de la propia lengua, lo lleva a remontar ese río hasta la matriz del idioma, ese castellano arcaico que es el sefaradí, que lleva puesta su huella de expulsiones y también el caudal de inclusiones. Esa lengua romance en formación, próxima a sus raíces latinas (ladinas), que arrastra los modos de ver y de decir de la cultura judeo-cristiana. El libro indaga la lengua y el tiempo: las materias de nuestra humanidad, las materias de las que estamos hechos.

El candor del ladino presta a los poemas su ruralidad primitiva: unas pocos palabras, tan sencillas y antiguas como el sol, la lluvia, el pájaro, la hoja, instauran el amor, inabarcable para el lenguaje, pero sugerido en los silencios del texto. Con un fuerte lirismo, estas breves composiciones crean, por contraste, la plenitud y la carencia. Detrás vibra el lirismo profundo y diáfano de alguna poesía tradicional española, como la de aquella «...avecilla que me cantaba al albor [...] matómela un ballestero, dele Dios mal galardón.»

 

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(1) Hispamérica, n.º 62, agosto de 1992. volver
(2) Juan Gelman, Dibaxu, Buenos Aires, Seix Barral Biblioteca Breve, 1994. Las citas se hacen por la presente edición. volver
(3) Véase el volumen sexto de Enciclopedia de la Biblia; Ediciones Garriga, Barcelona, 1969. volver
(4) Publicada en Interrupciones II, por Libros de Tierra Firme, Buenos Aires 1986. El número de páginas, entre paréntesis, corresponde a esta edición. volver
(5 ) Hispamérica, n.º 62, agosto, 1992. volver

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