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El legado de Sefarad

El Express Oriental (1 de 2)

Por David Unger 1

Cristiano y judío pactando la venta de una copa
Cristiano y judío pactando la venta de una copa

Para hablar de mi mismo, necesito hacer referencia a mis abuelos sefarditas Abraham Yarhi y Esther Choueka deYarhi que llegaron a Guatemala desde el Cairo, Egipto en el año 1921. Los acompañaba mi mamá, Fortuna —le habían puesto ese nombre porque Sarah, la primera hija, vivió apenas ocho días y el nacimiento de mi mamá se vio como un milagro, una bendición—.

Vinieron a Guatemala porque Samuel Mishaan, un sobrino de mi abuelo, les ofreció un puesto en Mazatenango, en el interior del país —mi abuelo había trabajado anteriormente en la construcción del canal en Panamá en 1905—, garantizándole que el clima de Guatemala y las condiciones eran mucho más agradables que en el istmo de Panamá. Esta es la historia oficial.

Pero el caso de mi abuelo es un poquito más complicado. Él había nacido en Alepo en 1878 y se trasladó al Cairo a raíz de un mandato anti-semita en Siria cuando era un patojo. A los 19 años se casó con Salha con quien vivó otros 19 años, sin haber tenido hijos con ella. Según las leyes sefarditas de ese entonces, si la esposa no daba descendencia en diez años, el marido podía tomar una segunda mujer. A través de su hermana Lulú Abraham conoció a Esther, la hija menor del Rabino Menachem Choueka (que también había venido de Alepo) y después de pedirle al rabino permiso para cortejarla, comenzaron a salir. A los dos años se casaron-él tenía 38 años y ella 16. Como de costumbre, mi abuelo siguió manteniendo las dos esposas y milagrosamente las dos dieron luz al mismo tiempo-Salha tuvo un hijo, Ezra-lo cual podría haber solucionado la relación entre ellos, pero mi abuelo decidió quedarse con la segunda, que era más joven, e irse a vivir a Guatemala escapando de las sequías y la pobreza en el Medio Oriente-y obviamente asumía las complicaciones de tener dos mujeres.

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Mis abuelos tuvieron paulatinamente nueve hijos más, de los cuales siete sobrevivieron a la infancia. Primero abrieron la tienda en Mazatenango donde permanecieron por tres años, pero les fue mal y se trasladaron a Ciudad de Guatemala. De ahí, partieron hacia Qetzaltenango en 1927, y de ahí regresaron a Mazatenango. Mi abuelo no era un mercachifle -aunque siempre establecía tiendas-pero sí se puede decir que no tenía cabeza para los negocios y le iba mal. De nuevo se fueron a Quetzaltenango-y regresaron una vez más a Mazatenango, dónde el clima era sofocante e húmedo. En 1932 se trasladaron a la Antigua, la vieja capital a pocos kilómetros de la capital. Otro fracaso, pues en pocos años se vieron obligados a volver a Ciudad de Guatemala. Con tantos fracasos en Guatemala, de un día para otro, y acaso recordando sus anteriores triunfos veinticinco años atrás en el canal, mi abuelo decidió volver con los hijos mayores a Panamá en busca de una mejor situación económica. Era el año de 1937. Pero las penurias también lo perseguían allí y ocho meses después, por insistencia de mi mamá, abandonaron el lugar y regresaron a Ciudad de Guatemala donde se quedaron. Cuento todo esto para subrayar lo difícil que fue para ellos ese período. Mi abuelo apenas pudo mantener a su familia, aunque siempre guardaba un dinerito para poder regresar de vez en cuando, él solo, a pasar Shabbat o las fiestas de Rosh Hashanah o Pessaj en la capital con la comunidad judía. Según mi mamá, todos estos cambios abruptos no dejaron ningún trauma en los hijos -pero es verdad que ella misma escribió en Panamá a los diecinueve años arroja de tu pecho el rencor y perdona-es más dulce que vengar. Mi mamá, siempre ha sido una mujer bondadosa y optimista.

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Mi mamá dice que fue la primera mujer que se casó en la sinagoga de Guatemala con mi papá Luis Unger en el 1941 (dice esto porque la actual primera era una mujer divorciada). Mi papá era de Hamburgo y había llegado a Guatemala en el año 1934 huyendo los Nazis en su país natal. En eso años se formo el comité de Damas de Sión en Guatemala, con el objetivo de organizar eventos socio-culturales y de beneficencia en la comunidad. Lo curioso es que muchas familias ashkenazis como los Selechnicks, Tenenbaums, Permuths, y Buraks se hicieron miembros del Maguén David con los sefarditas —los Pereras, Altalefs, Nathusius, Piccottos, Sabbajs, y muchos más. Y en 1942 se formó el Macabi, el primer movimiento juvenil judío en el país.

 

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(1) David Unger nació en Ciudad Guatemala en 1950. David es el autor de la novela Vivir en el maldito trópico (Plaza y Janes, 2004; libro audio, narrado por el hondureño Walter Krochmal por Recorded Books, 2005), que ha sido publicada en inglés y en chino; varios cuentos de su colección de cuentos Sliding By han sido publicados en diversas antologías: Currents from the Dancing River: New Writing By Latinos; Tropical Synagogues: Latin American Jewish Fiction; en varias revistas literarias en latinoamerica incluyendo Playboy Mexico (Abril 2005); y sitios de internet: caratula.net, guernicamagzine.com, etc. Ha traducido once libros al inglés, entre ellos La niña de Chimel y El vaso de miel de Rigoberta Menchú; El Popol Vuh, de la versión de Víctor Montejo; y El amor que me juraste de Silvia Molina. También ha traducido a las escritoras mexicanas Elena Garro y Bárbara Jacobs, y a los poetas chilenos Nicanor Parra y Enrique Lihn. Ha recibido varios premios, entre ellos, en 1998, el premio Ivri-Nasawi por poesía; en 1997 compartió el premio ALTA Translation Prize, por la traducción de una colección de poemas del salvadoreño Roque Dalton. Trabaja como representante estadounidense de la Feria del Libro de Guadalajara y dicta un curso de traducción en el City College of New York. Acaba de terminar su segunda novela, titulada In My Eyes, You Are Beautiful. volver

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