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El legado de Sefarad

De Sefarad a Bogotá (1 de 2)

Por Fernando Toledo

Cubierta del libro «Liturgia de difuntos» de Fernando Toledo
Liturgia de difuntos, ed. 2003

De niño, los domingos, solía pasear a pie con mi padre por las calles de una Bogotá que empezaba a dejar atrás el talante aldeano y que iba, de a pocos, agasajando la barahúnda de la modernización. Una tarde, en medio de ese vagabundeo urbano, descubrí a un lado de la avenida por la que transitábamos el perfil de una torre que no había visto nunca y cuya catadura me despertó la curiosidad. Era un paralelogramo de piedra con largos ventanales atiborrados de estrellas de seis puntas. Lo remataba una cúpula plateada como si fuera la rebanada de una esfera navideña.

—¿Que es eso?— pregunté señalando la edificación.
—Una sinagoga— dijo papá sin ponerle demasiada tiza a la respuesta.
—¿Qué es una sinagoga? —insistí.
—Una especie de iglesia para los judíos— contestó él.

En la cara debió de pintárseme un cierto estupor o, tal vez, un barrunto de miedo al escuchar la palabra judío. Por esos días, a pesar de la presencia en la ciudad de una comunidad sobre todo de asquenazíes, que si bien era algo enjuta tenía ya cierta reputación, los hebreos no gozaban de la mejor prensa en las páginas de los textos de la Historia Sagrada o del catecismo del padre Astete, referencias irrefutables de mis convicciones infantiles, donde se conservaban rasgos de ese racismo inquisitorial que había anidado desde tiempos lejanos en los imaginarios de los pueblos católicos de origen hispánico. Mi padre, para tranquilizarme, se apresuró a decir:

—No pongas esa cara. Los Toledo somos de origen judío.
—¿Cómo así? —volví a preguntar cada vez más impresionado.

Papá no tuvo más remedio que explicarme, mientras seguíamos andando, como había sido la salida de los judíos de España; concluyó diciendo que, con el objeto de no ponerse en evidencia, muchas familias tomaron a guisa de apellido el apelativo de las ciudades de donde eran naturales o aquellos nombres que indicaban contigüidad con la fe católica y, para rematar, agregó que alguno de nuestros antepasados debió de haber hecho lo propio antes de venir a América.

Durante varios días, la cuestión no paró de darme vueltas en la cabeza: «somos de origen judío», me susurraba una voz interior y, como para tranquilizarme, aseguraba que: «no éramos tan malos a pesar de venir de esos que crucificaron a Cristo». No obstante, la certidumbre de pertenencia terminó por llevarme, con el correr de los años, a transitar por los senderos de unas añoranzas que, a la postre, dieron origen a mi novela Liturgia de Difuntos que recrea lo que pudo haber sido el itinerario de una familia sefaradita desde Toledo, en abril de 1492, hasta la Bogotá de la segunda década del siglo xx.

Poco después de la revelación, en la biblioteca de mi padre, descubrí unos cuantos libros sobre judaísmo que empecé a hojear a hurtadillas. Era evidente que a él también le fascinaba el asunto y, aunque nunca supe cómo o cuándo había sospechado cual era nuestro umbral, presumo que no tardó en hacerse a varios textos sobre el tema. En uno en particular, el más adecuado para mi edad, con el enfático título de «Tradiciones hebreas para niños», descubrí que la reina Esther, Judith, David y Salomón, entre otros protagonistas de esa Historia Sagrada que me puso en ascuas cuando oí la palabra judío, eran hebreos. Un par de años después, cuando al colegio de frailes españoles a donde iba ingresaron varios alumnos de ascendencia israelita, se me ocurrió que podía llegar a reivindicar mi verdadera identidad para conseguir lo que consideraba un derecho: que me dispensaran, como a ellos, de ir a la misa imperativa de los viernes.


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