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El legado de Sefarad

Memoria e identidad: la casa del lenguaje,
el lenguaje de la casa (1 de 2)

Por Jacobo Sefamí

En la musika de akeyas palavras me siento entero yo.
Marcel Cohen, Letra a Antonio Saura

Soy un mexicano descendiente de judíos sefardíes (turcos y sirios) con residencia actual en California. Mi abuelo paterno, Yosef Sefamí Levi, emigró de Estambul a Damasco, y de allí, junto con sus doce cuñados, su suegra, su mujer y una hija, a la Ciudad de México. Llevaba las maletas del errante, la señal del desplazado, no sólo porque él mismo emprendía un viaje a un sitio ignoto, sino porque sus familiares remotos habían hecho lo mismo desde España, después de la expulsión de 1492. Para su mujer, que hablaba árabe (una modalidad peculiar, que agregaba frases o vocablos del hebreo), el español era un nuevo idioma, ajeno y extraño, pero para él el español era el lenguaje que había hablado desde pequeño, el que le inculcaron sus progenitores como un lenguaje que sólo se hablaba en casa o en comunidad. El español era una lengua exclusiva de los djudyos. Seguramente le resultaba insólito que ese idioma también se hablara en la calle, y que sirviera para todos los asuntos de la vida.

Cubierta del libro «Los dolientes» de Jacobo Sefami
Los dolientes, ed. 2004

No deja de llamar la atención que a pesar de la expulsión por los Reyes Católicos, los judíos hayan conservado la lengua, la cultura, las canciones, durante tantos años. No hay que pensar que han conservado la lengua de sus verdugos, sino que se mantuvieron fieles a su lengua, ese instrumento de comunicación que les pertenecía y que nadie les podía arrebatar. Lo comprobé hace poco más de un año cuando viajé a Estambul y visité uno de los centros de cultura sefardí de la ciudad, para después tratar de investigar acerca de mi familia –los descendientes de las tías abuelas que se quedaron allí. Volví a escuchar esa lengua, que ellos llaman djudyo, y que nosotros identificamos como djudeo-español, ladino, jaquetía (el de Marruecos) o judezmo. Los lingüistas enfatizan que no es que la lengua se haya quedado congelada en el tiempo, sino que también ha sufrido cambios, se ha dejado impregnar de las lenguas con las que ha convivido, pero eso no obsta para percibir cierto aliento del siglo xv, como si pudiéramos retroceder siglos y yo pudiera conversar con mis antepasados en un diálogo alucinante. Las chicas de Estambul que hablan como las abuelas, pero que son preciozadas, ishikas que me emboban y que vo a dar abrazadas, escarinios, y munchos bezos. Las chicas de Estambul son también las estatuas de piedra que de pronto son carne de mi carne, y me veo en el espejo, y adquiero fisonomía y me vuelvo a soñar entrando con la llave a la casa del patio interior, llena de flores, que me está esperando en un recoveco andaluz.

No deja de llamar la atención que a pesar de la expulsión por los Reyes Católicos, los judíos hayan conservado la lengua, la cultura, las canciones, durante tantos años. No hay que pensar que han conservado la lengua de sus verdugos, sino que se mantuvieron fieles a su lengua, ese instrumento de comunicación que les pertenecía y que nadie les podía arrebatar. Lo comprobé hace poco más de un año cuando viajé a Estambul y visité uno de los centros de cultura sefardí de la ciudad, para después tratar de investigar acerca de mi familia –los descendientes de las tías abuelas que se quedaron allí. Volví a escuchar esa lengua, que ellos llaman djudyo, y que nosotros identificamos como djudeo-español, ladino, jaquetía (el de Marruecos) o judezmo. Los lingüistas enfatizan que no es que la lengua se haya quedado congelada en el tiempo, sino que también ha sufrido cambios, se ha dejado impregnar de las lenguas con las que ha convivido, pero eso no obsta para percibir cierto aliento del siglo xv, como si pudiéramos retroceder siglos y yo pudiera conversar con mis antepasados en un diálogo alucinante. Las chicas de Estambul que hablan como las abuelas, pero que son preciozadas, ishikas que me emboban y que vo a dar abrazadas, escarinios, y munchos bezos. Las chicas de Estambul son también las estatuas de piedra que de pronto son carne de mi carne, y me veo en el espejo, y adquiero fisonomía y me vuelvo a soñar entrando con la llave a la casa del patio interior, llena de flores, que me está esperando en un recoveco andaluz.

Como es bien sabido, el origen de la literatura en español se encuentra en los versos finales, las jarchas, dentro de una composición de Al-Andalus (escrita en árabe o en hebreo) conocida como moaxaja. Estos primeros frutos que combinaban palabras en romance, con palabras en árabe o en hebreo, demuestran por cierto que el multiculturalismo (del que se habla tanto hoy) ya existía mucho antes, en el siglo xi. Por ejemplo, como muestra doy este ejemplo de una jarcha anónima, que deriva de una moaxaja en hebreo:

¡Ya 'asmar, ya qurrah al-ainain!,
¿Ki potrád lebar al-gaiba,
habibi.

[¡Ay moreno, ay consuelo de los ojos!
¿Quién podrá soportar la ausencia
amigo mío?]

Así, después de diez siglos, podemos seguir escuchando a los descendientes de esos poetas. Da la impresión que el djudeo-español se especializa en el ámbito de la intimidad, el lenguaje que viene de dentro, la melancolía del recorrer la memoria como modo de ser y de pertenecer. Nos aferramos al pasado como modo de constatar una herencia: la memoria y la identidad van atadas en la construcción de la casa. No importa que nos hayan echado, que no tengamos un sitio propio, una tierra donde habitar; el hogar al que siempre se vuelve, la casa, es la lengua que llevamos a todas partes.


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