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El legado de Sefarad

El romance de Don Gato y Doña Reina de Tetuán (1 de 2)

Por Reina Roffé

A Reina Azerrad
in memoriam

Corrían los años cincuenta y en el céntrico barrio de Congreso, en una Buenos Aires todavía llena de esperanza, había una mujer a quienes los vecinos llamaban doña Reina de Tetuán. Ella no guardaba, no habría podido guardar, ningún recuerdo directo de la judería donde había nacido, ni de las innumerables puertas del zoco ni de los perfumes que despedían el clavo de olor y el dulce incienso de los vendedores ambulantes, pero hablaba de la pequeña ciudad marroquí como si de ella hubiera partido siendo ya adulta, un par de días atrás. Por eso, y por otras razones de regocijo íntimo, le gustaba que la llamaran doña Reina de Tetuán. Era mi abuela y fui su primera nieta. De ahí que mi nombre la nombre para prolongar su recuerdo en el tiempo.

Cubierta del libro «La Rompiente» de Reina RofféLa Rompiente , ed. 2002

A finales del xix, tanto la familia de mi abuelo Abraham, que vivía en Ceuta, como la de mi abuela, marcharon hacia la Argentina, instalándose primero en la provincia de Santa Fe y, más tarde, en la capital, en Buenos Aires, mi ciudad natal, que abrazó etnias, religiones y culturas.

Mi abuela arribó a puerto americano como un bebé de meses en brazos de su madre. Se crió y se educó en el país de acogida. Sin embargo, la memoria ancestral y su gran imaginación hacían prodigios para traer a casa algún relato de los días de «allá lejos y hace tiempo» y mantener viva la particular entonación del haquetía, idioma de puertas hacia adentro (porque no es un idioma ni siquiera llega a ser un dialecto, sino un conjunto de palabras sueltas que el uso y costumbre hicieron populares), al que recurría con ingenio y enorme facilidad para darle a sus narraciones un toque de «color local». Haquetía (que también se puede encontrar escrito como haketilla, jaquetilla, haquetiya, etc.) es un compuesto del castellano medieval, del árabe y del hebreo, que le otorga seña de identidad a los sefarditas del norte de Africa. Creación, según dicen, de los expulsados de Sefarad en 1492, que se asentaron principalmente en Tánger, Tetuán, Ceuta y Melilla. Lengua oral, hoy a punto de desaparecer, empleada por los judíos de la Península Ibérica antes de la expulsión con el fin de comunicarse sólo entre ellos y así obstaculizar una posible traducción de lo que hablaban a gentes de las otras comunidades (moros y cristianos) con quienes convivían, a veces no tan amablemente como hubiera sido lo deseable. «Música del habla», suelen llamar al haquetía, porque es lengua melodiosa y enfática, llena de picardía, cuando le canta a una novia en su noche de boda o narra las juergas de algún galán. Lengua que también ostenta un tono rabínico para expresar buenos deseos, o se enviste de una inflexión burlesco-humorística para proferir maldiciones, o bien adquiere un deje o acento decididamente árabe a la hora de regatear en el mercado y en la tienda o de vender «bueno y barato» detrás del mostrador de aquellas populares y populosas sederías de la calle Lima, en el porteño barrio de Constitución, donde mi familia solía comprar las telas para confeccionar mis primeros vestidos de fiesta. Lengua que viajó y se conservó a través de los siglos allí donde la comunidad judeo-marroquí hubo de trasladarse en su incesante diáspora.

Precisamente en los años de mi infancia, la abuela me cantaba el famoso romance de Don Gato, tan conocido en España, y que aún hoy resuena en muchos hogares con niños. Un romance al que cada uno adapta la letra o varía algunos versos según el momento y el grado de inspiración.

Estaba el señor Don Gato
sentadito en su tejado
marramiau, miau, miau,
sentadito en su tejado.

Así empieza en España su versión más difundida. Pero Doña Reina de Tetuán tenía una propia:

Estaba el señor Don Gato
sentadito en su tejado
con la mano en la cintura
y la otra en el costado.

El resto también era una recreación suya o a la manera de Tetuán sobre las desventuras del señor Don Gato que, por una gata, blanca o hermosa, según cuadrara, cae del tejado y queda medio muerto, hasta que lo llevan a la calle o plaza del pescado y allí resucita al olor de las sardinas.

Es evidente que la diáspora sefardí en Marruecos conservó un amplio repertorio de canciones judeo-españolas entre romances y coplas que las mujeres de la casa cantaban con gusto y gracejo, ya sea para divertir a los niños y entretenerlos o en ocasión de algún acontecimiento familiar importante. Las más sabrosas se entonaban en los festejos de bodas y en los nacimientos, cuando se realiza la circuncisión al varón o se le da nombre a la niña en «las fadas». También se encuentran las que celebran los «Tefilim», cuando el chico cumple 13 años. Otras estaban dedicadas a consagrar el final del ciclo de vida. Mientras los hombres protagonizaban la escena litúrgica en las sinagogas, las mujeres lo hacían en el hogar, en las ceremonias privadas, en el trato diario con los miembros pequeños o mayores de la familia, a quienes cuidaban, y son las que han preservado a través del tiempo, y de los tiempos, y de los distintos lugares donde emigraron, este singular patrimonio cultural judeo-español.


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