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El legado de Sefarad

La niña en el balcón

Por Angelina Muñiz-Huberman

La escena sucede en un balcón. Como si fuera en una obra clásica. Una madre habla con su hija. Es un fresco atardecer en la colonia Condesa de la ciudad de México. La fecha es 1942, en medio de la Segunda Guerra Mundial. La niña escucha con atención; sólo tiene seis años pero adivina que algo muy importante le va a ser dicho. La niña se apoya ligeramente en el balcón y la madre esboza una ligera sonrisa.

Cubierta del libro «El mercader de Tudela» de Angelina Muñiz-HubermanEl mercader de Tudela, ed. 1998

¿Por qué escoger un balcón para decir algo que será crucial en la vida de la niña? ¿Tal vez porque es una parte remota de la casa? ¿Una parte separada, que pareciera flotar en el aire? ¿Un espacio íntimo? ¿Un espacio en donde se puede guardar un secreto?

Así, en un espacio sin espacio y en un tiempo sin tiempo, con instantáneas palabras concentradas, se le revela la verdad a una pequeña niña. La luz del conocimiento ilumina el balcón y ahora sabe que pertenece al pueblo de Israel. Su madre le confiesa cómo por los siglos de los siglos sus antepasados trasmitieron el secreto de sus orígenes, siempre de madre a hija, de una manera velada y en un lugar recluido, para evitar la persecución. A partir de entonces, la niña adquiere la responsabilidad de continuar con esa tradición. Ha prometido nunca olvidar y trasmitirla, cuando llegue el momento, a sus propios hijos.

La luz ilumina el balcón, pero un sello secreto se ha establecido. Como cada minuto cuenta, la madre continúa con la confesión. Le enseña a su hija un signo que la identificará como judía: con las manos extendidas, unirá los dedos por pares imitando la forma de la primera letra de Shadai, el nombre divino. Le explica que su apellido, Sacristán, en apariencia tan cristiano, no es sino la traducción del hebreo Shamash y le cuenta cómo los miembros de su familia eran llamados «los judíos» en el Casar de Talamanca, el pueblo del que provenían.

Cada día que pasa se agrega un nuevo azulejo al mosaico; una nueva pieza del rompecabezas halla su lugar. Poco a poco, la niña arma el complejo patrón de su familia. Tan lejos como la memoria puede ir, la familia había vivido en España durante siglos. En 1492, cuando se emitió el Edicto de Expulsión contra los sefardíes, su familia no salió al exilio, sino que permaneció en España y fue forzada a convertirse al cristianismo, ingresando a las filas de los criptojudíos.

Si su familia no abandonó España en 1492, ¿qué hace en México en 1942?, cuando pareciera que sólo una inversión de números la hubiera trasladado mágicamente. En realidad, le ha llegado el turno del exilio. Sus padres, de convicción republicana, salen de España durante la Guerra Civil y la niña nace en Francia. Unos pocos meses antes de que se declare la Segunda Guerra Mundial, la familia tiene la suerte de embarcarse a tiempo hacia algún destino del continente americano. El barco arriba a Cuba, donde la niña y sus padres permanecen tres años para después dirigirse a México.

Una vez en México, la familia cambia de residencia varias veces. Hay un viaje a Nueva York en 1945, para reunirse con parte de la familia que había huido de la persecución nazi.

De regreso en México, la pequeña conoce en el colegio a niños sobrevivientes de campos de concentración. Escucha con atención sus historias porque un día será escritora y considerará su deber relatar tales historias.

Así, un mundo de exilios la rodea: el de los judíos y el de los españoles republicanos. A partir de entonces, se convertirá en extranjera. Una vez, jugando en la calle, un borracho que pasaba le gritó: «¡Güereja judía!» Otras veces se la llamaba «cachupina» o «refugacha», como si ella hubiera cometido los pecados de los conquistadores de la época colonial.

Se acostumbró a acumular exilios y a refugiarse en un mundo interior donde la imaginación y la libertad reinaban a sus anchas. Sin saberlo, empezaba a trazar el sendero de su creación literaria.

Años después, combinó la historia de sus exilios en la figura de Santa Teresa, cristiana nueva, que utilizó en Morada interior (1972), la primera novela neohistórica y de la mística sefardí en las letras mexicanas contemporáneas. En otras novelas, Tierra adentro y La guerra del Unicornio, trata de la vida de hispanohebreos en las épocas medieval y renacentista. En La lengua florida recopiló una antología de literatura sefardí y en Las raíces y las ramas se propuso analizar y explicar algunos aspectos de la Cábala hispanohebrea. En El mercader de Tudela, narró y recreó la vida del famoso viajero Benjamín de Tudela. El tema del exilio español aparece en Dulcinea encantada y en Las confidentes, además de otros poemas y relatos. Ambos exilios se entremezclan en Areúsa en los conciertos, El siglo del desencanto y en El sefardí romántico. O bien, en los poemarios Vilano al viento, La sal en el rostro, Conato de extranjería, La tregua de la inocencia.

Sin embargo, será en sus llamadas seudomemorias: Castillos en la tierra y Molinos sin viento, donde desarrolle la idea de una morada como sinónimo de vida, conocimiento, deseo y creación al unir exilio y palabra en un nuevo espacio hallado.

De este modo, el ciclo se cierra y la niña en el balcón —que no es otra sino quien esto escribe— conservará como una nostalgia la pasión por alcanzar las primeras raíces del ser.


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