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El legado de Sefarad

Hijos de Abraham y de Moisés y de Jacob

Por Esther Fleisacher

Se acerca Pesaj, mi madre le pide a la empleada que venga un día adicional. Ella lo hace con gusto. Ese día limpian a fondo la cocina y sacan todo el jamez: todo lo que no se puede comer durante los ocho días que dura la celebración. Alba, ese día, sale de nuestra casa con una gran bolsa llena de pan, galletas, harina, pastas, dulces y mecato sospechoso, todo aquello que contenga harina de trigo o levadura. También guardan la vajilla de plástico que es la de diario y sacan la vajilla de Pesaj, de porcelana blanca con borde plateado, delicada; y uno siente que todo lo que se come en esos días es especial, porque en esos platos los cubiertos suenan diferente.

Cubierta del libro «Las tres pasas» de Esther FleisacherLas tres pasas, ed. 1999

Y mis amigos de la cuadra se dan cuenta que algo sucede. Esas tardes no hay galletas de chocolate ni chitos ni rosquitas ni pan con mantequilla; hay torta de manzana o matzá con jaroset. Ante sus preguntas inquietas, les decimos que celebramos la pascua judía, porque esta fiesta coincide con los días de la Semana Santa. Pero nada que ver con rememorar la muerte de Jesús ni la resurrección. Pesaj se celebra para recordar la salida de los judíos de Egipto y el fin de la esclavitud. Y como la salida fue apresurada, antes de que el faraón se arrepintiera de haberlos dejado salir, no pudieron esperar a que la levadura fermentara; en vez de pan tierno comieron pan ácimo. Por eso comemos matzá, para recordar lo que ellos comieron en el desierto. Es una galleta que la comparan con la galleta de soda, pero ni en sabor ni en textura ni en tamaño se parecen. ¿Sabe bueno? Sabe a infancia con huevo, con mantequilla, con queso crema, con mermelada de fresa, con jaroset. Sola no es muy apetecible. ¿Y el jaroset? Es un dulce que hace las veces de mermelada: mezcla de manzanas, ciruelas, nueces y vino, se cocina todo junto y se licua. Se hace para recordar la mezcla que los judíos-esclavos debían preparar para hacer los ladrillos con los que construían para el faraón. El jaroset, a pesar de recordar una situación tan amarga, sabe a casa de la abuela.

Ya era una convención: el tercer día de Pesaj pasábamos la tarde en la casa de la abuela Ruth, la mamá de papá. Mi madre desde hacía años había decidido no asistir a ciertas invitaciones; siempre le coincidía con una cita al oftalmólogo o al dermatólogo, una cita que llevaba meses esperando. Íbamos papá y nosotros tres, los hijos o los hermanos, depende de donde se le mire. Sólo el primer momento era incómodo, el de las disculpas por la ausencia de mamá, después a nadie le hacía falta su presencia. Cuando mamá iba, las visitas eran acartonadas y no podíamos disfrutar las licencias que la abuela nos daba: brincar en las camas. La única condición era quitarnos los zapatos para no ensuciar los tendidos blancos de croché tejidos por ella.

Ese día no quise quitarme los zapatos, estaba estrenando botas y eran muy difíciles de amarrar, con seguridad papá se haría un lío. Me quedé en la sala con el lapicero de papá rayando la libreta de los mensajes. Hablaban de toda la familia, sobre todo de mis primos mayores, que según la abuela eran unos «hippies de pelo largo e ideas comunistas». Y no supe en que vueltas de la conversación llegaron a Raquel, mi mamá. Creo que se les olvidó que yo estaba allí. La abuela decía:

—Sí, claro, todos somos judíos, hijos de Abraham y de Moisés y de Jacob, pero esa manera de interpretar lo escrito es muy laxa, muy acomodada según lo que a cada quien le apetezca.

—Mamá, Raquel hace lo que su madre le enseñó que a su vez se lo enseñó su propia madre. Ella no se está inventando nada, la tradición de ellos es tan antigua como la nuestra sino es que más. Los sefarditas también tienen sus argumentos, también son estudiosos de la Ley…

—¡Pero la Ley es clara! —lo cortó tajante, sin dejar terminar la frase a papá—. No se debe comer nada que crezca. No puedo creer que aún, después de tantos años de discutirlo, en tu casa se coma lentejas y arroz en Pesaj como si nada. ¿Es que tú no decides nada?

Papá carraspeó y no dijo nada.

—¿Entonces tus hijos son sefarditas?

—Mis hijos son un buen salpicón, mamá, no te preocupes. Te doy la receta: una taza de trocitos sefardí y otra, del mismo tamaño, asquenazí. Tampoco puedo imponerlo todo, mira que con lo de los nombres se hizo lo que yo dije. Todos mis hijos llevan el nombre de alguien que muerto queremos honrar.

—Pues sí, sería el colmo que Sofía se llamara como yo sin haberme muerto. Sería como si me mataran antes de tiempo.

En ese instante los dos recordaron mi presencia en la sala y me miraron queriendo indagar cuánto había escuchado.

—Tengo hambre —dije.

—Ya, ya, voy a servir —se levantó la abuela del sofá—. Sólo falta ponerle el vino al jaroset y partir la torta de miel, estaba esperando que se enfriara.

—Papá, ¿cómo así que mamá la iba a matar?

—Son exageraciones. Mira, tu mamá y yo tenemos tradiciones diferentes. Mi familia viene de Rumania y la familia de tu mamá de Egipto, y aunque somos de la misma religión hay cosas que varían. En mi familia se hace honor a los muertos poniéndoles su nombre a los niños que nacen. Tú te llamas Sofía por la tía Sofía, que en paz descanse, murió unos meses antes de tu nacimiento. Fui su sobrino preferido. Daniel y José, tus hermanos, llevan los nombres de mis abuelos. Pero en la tradición de tu mamá el honor se hace a los vivos y se repite el nombre en los niños que nacen, por eso tu mamá, queriendo agradar a la abuela, quería llamarte Ruth y ella lo tomó como una afrenta.

La mesa de Pesaj estaba llena de delicias, nos hacía comer hasta reventar y lo que no comíamos lo empacaba para mamá. Era su costumbre, siempre salíamos con comida envuelta de su casa.

 


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