Por Myriam Moscona
1. La nona-la vava-el inyervo preto
Gracias a mi abuela materna aprendí a familiarizarme con estas palabras traídas de otros mundos. Una abuela con la que tuve una relación malavenida. Cada quien hablaba con sus términos y mientras lo hacíamos, con mucha dedicación lográbamos, crisparnos y convertirnos en el «inyervo preto» la una para la otra.
—¿Qué hora es, abuela?
—Ocho kiere vente.
—No hables así. ¿Qué hora es, abuela?
—Ocho kiere kinse.
—No sabes ver la hora. ¿Qué hora, es abuela?
—Nunka ni no, janum. Las ocho son. La ora de dormir.
—No tengo sueño.
—A echar, janum. A pishar i a echar.
—No, quiero ver la tele.
—Deja estos maymunes.
—No.
—Le dire a tu madre.
—Dile.
—Le dire a tu padre.
—Mi papá ya se murió.
—Yo avlo con el kada noche. Kada noche me dize ke sta arraviado kon ti.
—Mentirosa.
—No se dize mentirosa.
—Estás loca.
—Me vas i a mi a matar. A todos matatesh tu.
—Yo no maté a nadie.
—Lo matatesh a tu padre por muncho aserlo arraviar.
—Eres mala y mentirosa.
—Kualo dijistes?
—Nada.
—Ya senti kualo dijites.
—Nada.
—Ayde! A echar, janum.
—No me digas «janum», me dijiste otra cosa. Te voy a acusar con mi mamá.
—I a eya la kieres matar?
—Déjame en paz, no me vuelvas a hablar nunca. No quiero que seas mi abuela.
—Moro con vosotros porke kale ke sea vuestra kudiadora. Si no, kriansas de la kaye vas a salir?
—Soy de palo. Te odio y no oigo nada de lo que me digas.
—A echar, a echar ke te voi a dar un shamar entre mushos i karas
—Me voy a encerrar hasta que llegue mi mamá y le voy a decir lo que dijiste.
—Dizelo ama la vas a matar.
—Maldita.
—Maldicha tu.
Cojín para la ceremonia de la bodaMi abuela vivió en el siglo xx sin dejar nunca el xix. Siempre nos recordaba que ella creció sin luz eléctrica, teléfonos ni coches. Siempre nos rezaba esa cantaleta de «en mis tiempos no había esto y lo otro...» Días antes de morir, casi como una despedida, vio aquella transmisión que anunciaba «un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad». El tiempo dio la vuelta y la estranguló de cuerpo entero. Ella se quedó varada en un antes que le duró para siempre. Descansa abuela allá en la luna y avísale a mi clan que estás perdonada. Si no fuera por ti ¿de dónde hubiera sacado los biervos, las palavrikas? Nadie las inyectó a mi corriente como tú, durante ese tiempo que siempre seguiré evocando.
2. Bulgaria
Algunos pasajeros del avión se parecen a mi familia materna. Boca ancha y el corte de huesos de la cara. Mientras se escuchan los avisos del aterrizaje pienso en aquellas cosas que uno debe hacer a solas. Llegar aquí. Hacer el recuento, pensar en las decenas de generaciones que vivieron en este país y hablaron esta lengua. Las palabras son frágiles y la memoria que tengo de ellas está rodeada de calor. Llega el avión a una ciudad lluviosa. Hay algo que hace fricción en la memoria. Soy el eslabón abierto de una larga cadena y esa abertura que me une y me separa es la que me ha traído aquí.
Ande topes una senya, alevanta la kara.
Eso hacía en la sinagoga de Sofia, en Bulgaria. Tiene 460 luces que equivalen a 460 plegarias. Se levantó en 1909. La influencia árabe, la sillería, las columnas verdes. «This is the life» dice el cuidador del Kal. «Our style is colorful, is warmer». En el fondo, arriba del tabernáculo, hay una inscripción en hebreo. «Mira frente a quién estás parado» (Esto me hace pensar en los ojos hablantes de Dios que se dirigían a Woody Allen mientras hacía su bar-mitzvah, esos ojos siguieron amenazándolo a lo largo de su vida en una de sus películas. Y yo, como él, suelto mi tembloroso «ay, de mí»). Enciendo dos velas que se quedan flotando en el aceite. Una por ella y otra por él, como en los viejos tiempos. ¿Mencioné a las dos madres? Ahora veo llegar a una mujer mayor, reducida a un metro cincuenta. «En la tchikez fui una mujer de alturas» me dice sonriendo después de saludarme en la lengua que me hace pensar en un título del escritor israelí de origen rumano Aharon Appelfeld: «la herencia desnuda». Eso se aproxima al calor del judeo-español en sus capas cubrientes. Y luego la mujer con su voz nasal, venida de Pasarjik, a 100 kilómetros de Sofia. Allí pasó su infancia. Yo, en cambio, en mi herencia desnuda, más allá de la lengua, en los cuerpos que rodearon mi tckikez, papá y mamá, traigo, digo, la necesidad de inventarles biografías porque los perdí de vista, por eso vine como el pedro, porque me dijeron que aquí…
Soporte de Birconim o libro de Tengo dos madres y dos padres. Nuestros anhelos van enredándose unos con otros y llego a esta tierra para reunirme. El primer día —ante mis ojos—, grandioso y solitario en su monumentalidad, como en una isla, se abre Aleksander Nevski. Una bóveda quizá de 20 metros de diámetro pintada con auras doradas, el piso en geometrías y en medio la nave inmensa, vacía. El eco rebota el canto del oficiante. Entra poca luz, la única que se escurre por las ventanas amarillentas de la bóveda. Al fondo la gente enciende velas y las coloca en los candelabros negros. Se levantan unos leones de mármol y columnas rematadas con un águila de piedra blanca sobre los capiteles. Esta imagen se repite en toda la nave. En medio de la iglesia hay un círculo y dentro del círculo otro menor, en negro. Los creyentes se detienen en ese punto y cierran los ojos para rezar. Cuando uno termina comienza el siguiente. Después entro, entro de verdad, como entra el eco después del grito, en sordina, pero con vivacidad, pellizcando el oído.
Presiada mía:
A los sinkuenta i mas anyos me topo ande devo estar. A Dio Patron del mundo! No savia ke kon los ojos serados los muertos te avlan en linguas de atras, del tiempo de atras, komo ese pajariko ke entero se avre para volar, ama vuela de adielante para atras porke no le importa ande va. Le importa ande viene.
Presiada mia, agora, kuando la ija se troka en madre,
kuala soi agora para ti?
La ija ke es kudiada?
O la madre ke se kita los ojos por dar a ver?
Dio santo, los ojos apretados en sus adientros me dejan komo en la trupa de bestia, kontando animales para poder dormir. Savias ke dormida avlo con mayor lashon, con mayor koza de soltar la lingua? Me esto akodrando algo ke ambezi de oyido, komo una kantika de kuna ke ainda kantas en la viejez. Prime ke te kedes en mi oido, prime ke no te vayas, prime ke agora mos agamos el aver liviano, ke mos kedemos injuntas aki, avlando las dos entre la vida i la muerte.