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El legado de Sefarad

Adio kerida, de Ruth Behar:
la antropología visual como afirmación de la Identidad (2 de 3)

En la calle 15 Behar visita el apartamento donde vivió de niña y conversa con Hilda, quien asegura mantener todo tal y como lo dejaron los Behar a su salida de Cuba; la charla afectuosa con Carol, su nana afrocubana, evoca la niñez feliz y el deseo de Ruth de volar en avión cuando niña, sin saber los motivos de su viaje; el rabino de la Habana,  José Levi, conduce a Behar  a la Sinagoga y al templo Hebreo de la calle Inquisidor, donde rememoran la llegada de los judíos turcos a La Habana  en 1914. La voz de Ruth nos informa de que desde allí trajeron nueve Torahs y sorprendentemente visualizamos que,  a pesar del estado ruinoso del edificio, la cámara capta unas imágenes plenas de color y de belleza que plasman las huellas del  pasado rico y suntuoso de los objetos ceremoniales hebreos.  Junto a un grupo de judíos la directora y su propio hijo, Gabriel, participan en una ceremonia en la que tienen la oportunidad de consultar los libros sagrados. Por fin, resultan altamente emotivos  los testimonios del ingeniero Alberto Behar, quien delante de un retrato de José Martí se confirma orgulloso de su pasado hebreo y el de Roberto Behar, un amigo de infancia del padre de la directora, a quien le manda saludos con afecto. Más adelante y tras diferentes testimonios como los de la doctora Raquel Maya, y de otros hombres y mujeres que han vivido desde dentro las vicisitudes de la pequeña comunidad judía en La Habana,  la autora se plantea dudas acerca de su identidad: «¿Quién soy yo en Cuba?» se pregunta.  Llega a la conclusión de que es judía porque es cubana. En efecto, si sus abuelos no hubieran viajado a Cuba, habrían muerto en el holocausto y ella no estaría viva.

En cuanto al formato del documental, parece obvio señalar que Ruth Behar registra una memoria fílmica cuya visión antropológica está singularmente colmada de poesía y humanismo. Y en este sentido, la música es un elemento importante ya que sirve para aunar y ensamblar los diferentes integrantes que componen la cultura cubana. Por un lado, las canciones sefarditas que datan  del siglo xvi, las cuales evocan la diáspora de los judíos desde Sefarad a otros países europeos y que aportan una dimensión colectiva, se intercambian con el laúd, un instrumento que evoca Ruth Behar para rememorar a su abuela, quien lo tocaba muy bien y que llevó con ella a Cuba procedente de Turquía en los años 20. Por otro lado, las imágenes y la narrativa se yuxtaponen bajo músicas que trascienden las historias contadas con tambores afrocubanos, música litúrgica judía, canciones sefarditas de amor, tangos, boleros, solos de soul, flamenco, salsa cubana y jazz estadounidense. El diverso rango de formas musicales incorporadas por las tradiciones sefarditas turcas, desarrolladas en Cuba, adquiere  una fuerte  presencia  en el documental, y así,  escuchamos las voces de niños afrocubanos que afirman su herencia sefardita, de hombres y mujeres adultos que han retornado a su fe mediante la conversión, y de ancianos judíos que celebran el legado del Che Guevara, que cantan tangos y canciones de amor y que exploran la delgada línea divisoria entre el olvido y la memoria. Si bien la historia personal de la directora informa su viaje, ésta nunca domina sobre las historias de sus protagonistas, cada uno de los cuales es visto como individuo con una apremiante necesidad de crear una identidad a partir de la mezcla de elementos culturales cubanos y sefarditas. La conversión, el matrimonio interracial e interétnico y la mezcla cultural, o mestizaje, son temas recurrentes en las historias contadas por los personajes entrevistados y filmados.

Asimismo, el recorrido de la cámara por la arquitectura habanera, la naturaleza y el paisaje de la ciudad, siempre con el malecón al fondo, imprime lirismo al documental por cuanto se visualiza no sin cierta nostalgia  el efecto del paso del tiempo;  al mismo tiempo, la combinación de espacios interiores y exteriores documenta las condiciones un tanto precarias de la arquitectura habanera lo cual imprime realismo al documental. En suma, se muestra a los espectadores la comunidad cubana sefardita, la cual ofrece una mezcla de tradiciones culturales tan única —española, turca, africana, judía, cubana y norteamericana— que sigue siendo un misterio y no ha sido tratada con profundidad en literatura, el arte o la cinematografía. Se puede afirmar, en este sentido, que Adio Kerida es la única recuperación visual y auditiva  de una diáspora en constante adaptación intercultural.

De manera que con el documental Adio Kerida, Ruth Behar cumple con uno de sus propósitos en relación con su tarea como antropóloga: saldar antiguas cuentas con su «culpa» obsesiva de cubana exiliada en Estados Unidos y con posibilidades económicas que le permiten viajar a la isla en todo momento.  En el relato al que hacemos referencia más arriba, la voz narrativa visitaba los cementerios judíos, algo que también queda documentado por la cámara en Adio Kerida. Sin duda, es obligada la visita al cementerio judío de Guarabacoa, cerca de La Habana, donde Ruth se pregunta si ella misma será enterrada aquí algún día. Behar reconoce que su apellido era muy frecuente en la comunidad, se detiene al mismo tiempo que la cámara en las estrellas de David de mármol que adornan  las tumbas y,  por último, cumpliendo uno de los rituales hebreos más ancestrales, la directora deja piedras en las tumbas de sus familiares y a la entrada del cementerio para que quede constancia de la expresión de sus deseos en relación a su identidad; una identidad  que se hace y  se deshace con las idas y venidas, con el regreso al pasado y la vuelta, inevitable, a su presente más actual.


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