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El legado de Sefarad

Salónica, la capital sefardí de los Balcanes (3 de 3)

Pero lo peor estaba por llegar. En 1923, y después de que una «aventura» militar griega por conquistar territorio turco fracasase, Atenas decide instalar en la ciudad a más de 100 000 helenos procedentes de Asia Menor con el fin de helenizar a la Salónica judía e invertir el censo demográfico a su favor. Por paradojas del destino, el hombre que había provocado esta derrota griega era el invicto general Atatürk, que como hemos dicho anteriormente había nacido en la ciudad en la que ahora indirectamente había provocado el final del sueño multiétnico. Los turcos de Salónica, en un «juego» tristemente balcánico, fueron también expulsados, dejando atrás sus propiedades, viviendas, tierras y negocios. Nunca más volverían. Las mezquitas, siguiendo con las rancias tradiciones de la región, serían demolidas y destruidas para siempre; en su lugar se construirían nuevos edificios y lugares para el culto ortodoxo, todo ello con el fin de exorcizar el «sacrilegio» de unos infieles que un día se atrevieron a conquistar el «sagrado suelo heleno». El intercambio de poblaciones sellaba el final del sueño multiétnico en los Balcanes, como vemos mucho antes de la llegada de los Karadzic y los Mladic a la región.

Luego llegaría el Holocausto, la destrucción programada de toda la vida judía en Europa Central y Oriental y los Balcanes, el drama de un pueblo condenado al exterminio por un nazismo que encontró en muchos de los gobiernos locales el apoyo, la colaboración e incluso la simpatía hacia su perversa ideología. Primero fue el saqueo de la ciudad, tal como acaeció en otras ciudades judías de Europa central, como en Cracovia o Varsovia, la destrucción de los tesoros artísticos, el pillaje de las joyerías y negocios de los hebreos... Corría el año 1941 y resultaba peligroso ser judío en aquella Europa de guerra, tiranía y desolación. La Europa de Hitler se construía sobre sangre hebrea

«De todas las ciudades europeas ocupadas por los nazis, Salónica fue la que más víctimas judías registró: de una población de 56.000 personas, 54.050 fueron exterminadas en Auschwitz, Bikernau y Bergen-Belsen. El éxito del hostigamiento y deportación de los judíos de Salónica hizo odioso a Adolf Eichmann. A principios de los años noventa, el mundialmente buscado criminal superviviente nazi, Alois Brunner (austriaco, como Eichmann), fue detenido en su escondite sirio específicamente por sus crímenes en Salónica», escribía el norteamericano Kaplan al referirse a los sucesos acaecidos en esta ciudad griega.

El gran escritor Josep Pla, autor del excelente libro Israel, 1957, donde cuenta sus experiencias y vivencias de un viaje que al autor realizó al Estado judío en el año que da título el libro, cuenta del drama padecido por la ciudad de Salónica. «Está claro que Salónica era una especie de capital de lo sefardí: el grupo era rico; el Gobierno turco, tolerante; los rabinistas, inteligentes y tradicionalistas. En los presentes días, sin embargo, Salónica, como núcleo importante de la diáspora, ya no existe; 75.000 judíos de Salónica, que hablaban ladino, fueron asesinados por la Gestapo durante la ocupación de Grecia por los ejércitos alemanes. El hecho ha sido un golpe mortal a la vieja lengua que los judíos se llevaron de nuestro país a consecuencia del decreto de expulsión del siglo xv», señalaba Pla en este libro que es un alegato en favor del Estado de Israel y de la tradicional amistad hispano-judía.

La vida judía de Salónica había sido borrada del mapa para siempre. Sinagogas, escuelas talmúdicas, cementerios, negocios rituales, junto a miles de propiedades y viviendas, desaparecerían para siempre. El cementerio judío más grande del mundo, el de la ciudad, con casi 500.000 tumbas, sería destruido. Sus bellas lápidas, como si los muertos mereciesen ser también humillados, destruidas. Pese al drama vivido, pese a la dura catástrofe padecida por la ciudad, el tradicional antisemitismo heleno ha impedido que hoy en la ciudad haya algún monumento o alguna placa que recuerde el sufrimiento padecido por estos judíos. La mala conciencia, al igual que ocurre en la colaboracionista Rumania de la guerra, ha impedido que las autoridades griegas hayan practicado un mero ejercicio de catarsis y reconocido su elevado grado de participación en los tristes acontecimientos acaecidos. Nadie en la Grecia de de hoy recuerda y reconoce a las víctimas de este sangriento episodio, de este «mero detalle» a pie de página en los libros de historia de Grecia.

De todas estas cosas, junto con su rico pasado otomano, ya se habían olvidado en la dinámica y vital Salónica de los años 50 y 60. El pasado, al menos en los Balcanes, siempre se puede reinventar como en un juego borgiano. Luego llegaría la transformación de la ciudad en la gran urbe que es hoy. La ciudad crecería en la periferia y cambiaría en su casco histórico, mientras Grecia vivía profundas turbulencias políticas y sociales. A pesar de esta acusada tendencia a la inestabilidad, la ciudad de Salónica siguió creciendo, modernizó su puerto, comenzó a recibir a los primeros turistas y abrió sus primeros museos. Sin embargo, la vida sefardí nunca se recuperó y ya tan sólo quedan en la ciudad algo menos de mil judíos.

De la misma forma que la vida cultural se ha desarrollado mucho en los últimos treinta años, sobre todo después de la desaparición de la dictadura, la llegada del turismo provocó el «descubrimiento» de las playas en la ciudad y sus alrededores, entre las que destacan Aretsú Perea, Nei Epivates, Ayía Triada, Nea Mijaniona, Epanomí, Nea Krini y Asprovalta. Sin embargo, el desarrollismo de los setenta y los ochenta, consolidado sobre todo después de la entrada de Grecia en la Unión Europea, en 1979, no tuvo su traducción en una racionalización de los político, sino en más bien lo contrario.

La década de los ochenta estuvo caracterizada por una corrupción galopante, un estilo político caudillista y neo nacionalista de la mano del socialista Papandreu, una política agresiva y belicosa hacia sus vecinos y una pérdida de grandes oportunidades por las nuevas autoridades griegas, que recibían en aquellos días dinero a raudales procedente de los fondos de cohesión de la Unión Europea. Salónica, por su parte, en aquel período era una de las ciudades más abiertas y cosmopolitas del país, tal como destaca en su libro Los griegos el periodista británico James Pettifer. En un país cerrado, represivo en los ámbitos referidos a la igualdad de géneros y la libertad sexual, Salónica era una suerte de pequeño espacio para las libertades y la libre expresión.

Pese a todo lo dicho anteriormente, Salónica, urbe mediterránea por los cuatro costados y bajo poder otomano durante más tiempo que el resto del país, es una buena demostración de todos los elementos más característicos de la cultura griega. Repleta de restos de un pasado romano, bizantino, sefardí y otomano, la ciudad es un buen teatro de todo este reino de la oscuridad, el misterio, la tristeza y la irracionalidad, como escribiría Kaplan, y un buen centro para entender el inevitable encuentro, a veces violento, entre el Oriente y Occidente. Desde Salónica, para no olvidar donde estamos, ya nos encontramos a tan sólo unas horas de Estambul, la capital desde donde se inició la primera gran aventura para conquistar y dominar estos Balcanes indómitos y misteriosos que cautivaron desde Byron hasta Yourcenar. La vieja Grecia, la de Homero, Platón y Aristóteles, está plagada, como vemos, de paradojas y grandes pasiones. Sin ellas, sin los frutos de sus contradicciones y desamores, resulta muy difícil entender a esta región y a los griegos. Luego esta esencia, no lo olvidemos, habla judeoespañol. Y es que Salónica, trozo de nuestro espíritu e identidad, es casi una parte de nosotros mismos.


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