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El legado de Sefarad

Salónica, la capital sefardí de los Balcanes (2 de 3)

La ciudad, llamada en aquellos años Thessaloniki por los griegos y Selânik por los turcos, se convirtió en uno de los centros urbanos más importantes de los Balcanes. Decenas de mezquitas, junto con sinagogas e iglesias ortodoxas y católicas, se construyeron al calor de ese respeto que emanaba de las costumbres turcas. Según todas las fuentes, en la vieja Selânik o Salónica vivían entre 100 000 y 150 000 judíos de todas las procedencias en el momento de su máximo esplendor.

Después de la caída de la ciudad en manos turcas llegaría lo que griegos denominan como la «larga noche de la dominación otomana». Pese a todo, y al igual que ocurre en todos los países dominados por los turcos en los Balcanes, el alma, la cultura y la lengua de los helenos encuentran cobijo en las iglesias y monasterios tolerados por sus nuevos ocupantes. La cuestión religiosa tenía un valor secundario en el nuevo Imperio Otomano, aunque la pertenencia a la confesión musulmana permitía el ascenso social y el éxito político. Así fue posible que en muchas partes de los Balcanes, pero sobre todo en Bosnia y Herzegovina, muchos eslavos se convirtieran al islam con la esperanza de conseguir tierras, lograr puestos y trabajo en la nueva administración y, en definitiva, hacer carrera al lado de los nuevos administradores y guerreros otomanos.

Además, los griegos, que siempre han sido buenos comerciantes y negociantes, muy pronto prosperaron socialmente y se convirtieron en una nueva clase social muy activa y dinámica que se dedicaba a la agricultura, al pequeño comercio y a la artesanía. Los productos griegos se transportaban a los mercados del todo el Mediterráneo y los Balcanes, sin que las autoridades turcas impidiesen en ningún momento el libre comercio y la posibilidad de viajar hacia otros mercados. Conocidas y bien documentadas son las relaciones de la ciudad con casi todos los puertos la Europa de la época.

De este período de la cultura griega bajo la dominación otomana, hay que destacar algunos edificios y monumentos que quedaron como mudos testigos de esta larga época, entre los que debemos reseñar la Torre Blanca —en griego, Lefkos Pirgos—, el Museo Etnográfico, que guarda una bella colección que va desde la Grecia del medioevo hasta hoy, y varios edificios civiles y religiosos también de estos años de sumisión a la Sublime Puerta. Como ocurre en otras partes de los Balcanes, en la ciudad de Salónica quedan muy pocos monumentos y edificios que recuerden el pasado otomano; el mapa oficial de la ciudad, que entrega la Oficina de Turismo Griego, tan solo señala la existencia de una sinagoga, una iglesia de culto cristiano armenio, otra de culto ruso y otra católica. Nada de mezquitas ni baños turcos, pese a que un antiguo mapa realizado por los turcos a principios de siglo señala que había, al menos, una decena de mezquitas.

Un nacionalismo ramplón y antiturco borró de la faz de Salónica todas las huellas de un pasado tolerante, culto, abierto y plural. Siguiendo los mismos pasos que sus vecinos búlgaros, macedonios, rumanos y serbios, los griegos se pusieron manos a la obra —es decir al borrado de nombres y calles y a la destrucción de edificios— tras el final de la dominación otomana del suelo griego. Se trata de defender una pureza racial que no tiene nada que ver con la verdadera identidad de los helenos.

La identidad y cultura griegas sobrevivieron en estas tierras macedonias bajo el paraguas de la dominación otomana y en un ambiente cosmopolita, plurilingüístico y multireligioso. En Adiós a Salónica, un libro británico escrito por León Sciaky, se cuenta la historia de un niño que crecía a finales de la era otomana en una ciudad tranquila y sin grandes conflictos entre sus habitantes. Sciaky se refiere a Salónica como una ciudad de coquetas mezquitas, tejados rojos, pequeños mercados y muros encalados. También destaca que la misma es «la ciudad principal judaica» de Macedonia. En la clase del protagonista, sigue en su relato Sciaky, tan sólo había un alumno griego y el resto eran mayoritariamente hebreos. Para el autor, buen conocedor de los Balcanes y el alma griega, esto tan solo significaba la «integración normal» en el ambiente de la ciudad.

La independencia de Grecia es lograda, a sangre y fuego, en el año 1821, contando en su haber con muchos episodios sangrientos y contratiempos. El siglo xix se asiste al nacimiento de las nuevas naciones en los Balcanes y al final del Imperio Otomano, una ruptura desordenada, violenta y plagada de tensiones e injerencias externas. La ciudad de Salónica, capital sefardí de la nueva Grecia, mientras tanto seguía siendo parte del Imperio Otomano, manteniendo su tradicional convivencia religiosa y étnica, especialmente hacia los judíos.

De las guerras balcánicas a la Salónica moderna

En 1913, cuando los turcos han perdido ya todas sus posesiones en la actual Grecia, según los censos de la época, la población de Salónica ascendía a 157 000 personas, de las cuales más de 80 000 eran hebreos; 35 000 turcos y de 10 000 a 15 000 eran domes (judíos convertidos al islam durante el período otomano) y el resto eran un conjunto de nacionalidades y etnias, desde albaneses y serbios hasta búlgaros y rumanos. Muy pronto, tras el final de las dos guerras balcánicas, la tensión llegó a la ciudad. En 1913, y después de una serie de ataques antisemitas por parte de los griegos, más de 400 tiendas en manos de los hebreos fueron arrasadas e incendiadas bajo el pretexto de que los judíos habían envenenado el agua de la ciudad. Se trataba del primer y más duro ataque de los griegos contra los hebreos, a los que ya se acusaba abiertamente de haber estado aliados a sus antiguos ocupantes turcos. El tradicional antisemitismo griego, muy parecido al rumano en sus orígenes y radicalidad, estaría presente en la vida política de Grecia durante toda la mitad del siglo xx. En 1913 también sería asesinado en Salónica el rey Jorge I de Grecia.

En 1916, las nuevas fuerzas griegas ocuparon Salónica. Un año más tarde, en 1917, un enorme incendio destruyó toda la parte judía de la ciudad, así como treinta y cuatro sinagogas. El resultado fue que 73 448 personas quedaron sin hogar, de las que 53 537 eran judías. Los judíos fueron expulsados hacia las peores partes de la ciudad, hacia la periferia, y de la noche a la mañana la vida hebrea perdía toda su luminosidad. Ese mismo año se decretaban las primeras medidas antijudías en toda Grecia. En una ciudad donde la lengua franca era el judeo español o ladino, se respetaba el sabbath (el sábado religioso) y donde los judíos llevaban viviendo desde siglos, las nuevas autoridades griegas decidieron acabar de un solo golpe con este espíritu tolerante y abierto.


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