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Vicente Rojo

El paseo de Sant Joan en Rojo

Enrique Vila-Matas

Me tocó vivir una infancia y primera juventud en una Barcelona infame que yo sospechaba que no estaba en ningún mapa y cuyo último rincón, en el caso poco probable de que apareciera en alguno, sería el fantasmal y polvoriento paseo de Sant Joan, donde yo vivía con mi familia en tiempos de silencio en los que la ciudad alcanzó las máximas cimas del delirio. Por poner un ejemplo, era tal la desesperación que se encomendaba a los poderes sobrenaturales la lucha contra la dictadura, y llegó a decirse que el Papa de Roma era hijo natural de Largo Caballero y que, en su lecho de muerte, la difunta y rigurosa madre del Papa había obligado al futuro Pontífice a jurar que no regatearía ningún esfuerzo —ni siquiera el de la oración— para acabar con Franco.

Juan Benet nos dejó dicho que la memoria es como una novela a la antigua, como un único argumento diacrónico, y que el mejor procedimiento que el individuo ensaya para modernizarla consiste en desecharla como tal y aprovecharla para una serie de relatos, con un único personaje central. Esto explicaría que tan a menudo nos creamos los únicos protagonistas de las historias de nuestra infancia. Y en mi caso concreto explicaría que hubiera mitificado tanto el paseo de Sant Joan que hasta llegué a verlo como un territorio exclusivamente propio. Por eso me golpeó tanto, hace medio año, ese artículo de Joan de Sagarra, en el que a través de estas mismas páginas me comunicaba que se había instalado frente a mi casa de la infancia y se estaba apropiando del paseo de Sant Joan, de mi barrio, mitificándolo a su vez.

Y también por eso, hace un par de meses, me golpeó todavía más que Vicente Rojo, actualmente el mejor pintor de México y uno de los mejores del mundo —por mucho que él lo oculte con su legendaria discreción—, había compuesto una serie de lienzos que homenajeaban a San Joan de Barcelona. ¿Cómo era posible que mi exclusivo paseo, situado en el último rincón del mundo, fuera conocido en México y, además, por el maestro de los pintores de ese país? Me quedé tan turulato como Juan Marsé en los años cuarenta al enterarse en el cine Rovira de que en Hollywood conocían la ciudad de Barcelona.

Quiso el azar que Vicente Rojo aterrizara la semana pasada en Barcelona y pudiera resolver yo el enigma cuando mi amiga Selma Ancira me lo presentó y, celebrando con él y con su mujer, Alba, su sesenta y cuatro aniversario, pude saber que Rojo nació en Barcelona, en el passatge d’Alió, junto al paseo de Sant Joan, a cien metros de donde transcurrió toda mi infancia. Es sobrino del mítico general Rojo, el último jefe del Estado Mayor del Ejército de la República. A los diecisiete años huyó de la atmósfera franquista de Cataluña y viajó a México, donde, tras diez años sin verle, se reunió con su padre, exiliado, y allí parece ser que Vicente Rojo volvió a nacer, se hizo mexicano y revolucionó tanto la pintura de ese país como el diseño gráfico de los suplementos culturales y de los libros. Suyas son todas las portadas de la editorial Era, y suya es, por ejemplo, la famosa portada de Cien años de soledad, blanca con rectángulos azules ochavados y la E invertida en la palabra soledad.

Me dijo Rojo que un día, al regresar a Barcelona, volvió al passatge d’Alió, que está entre Córcega y Padre Claret, y, tras remontar el pasaje mítico de su infancia y llegar al final del mismo, dobló a la izquierda, pasó por el bar Alaska (el de los aperitivos de Carmen Broto, la puta roja) y, situándose delante de la estatua del economista Guillem Graell, vio una perspectiva sorprendente: en primer plano, el Cuervo, alias mosén Cinto Verdaguer, elevándose por encima del Arco del Triunfo y, por encima del arco, el sereno mar azul de su ciudad. Y me dijo Rojo que, en ese preciso instante, mientras contemplaba la fascinante perspectiva, vio pasar un buque blanco, que a la larga iba a inspirarle los lienzos dedicados al paseo.

Yo no sabía que podía verse el mar desde lo alto del territorio de mi infancia. Ayer volví al paseo, subí por el passatge d’Alió, doblé a la izquierda y me situé en el punto de mira que me había indicado Rojo y vi que solo desde ese sitio podía verse la fantástica perspectiva y estuve allí no sé cuánto rato hasta que por fin, por encima del Arco del Triunfo, vi pasar un buque blanco, y la verdad, señoras y señores, por poco me muero de la emoción.

1996

Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
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