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Vicente Rojo

Hacer mella, cicatrizar, construir (6 de 7)

José-Miguel Ullán

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En sus obras más recientes, Volcanes construidos, Rojo se asoma a un tema muy definido, de ida y vuelta, en el cual se concentran no pocas de sus obsesiones: peligro y atracción, interior y exterior, reserva y efusión, variedad de estados (apagado, encendido, fertilizador y destructor), reserva de diversos e inestables materiales. El extravagante artista mexicano Dr. Atl, que pintó muchísimos volcanes (a caballo entre el futurismo y los cromos japoneses), admiró del Popocatépetl sus labios carcomidos, sus palpitaciones, los flujos y el penacho, así como la sombra triangular que el volcán proyecta. Y acertó a decir: «Nos seduce no solamente su belleza multiforme, nos atrae materialmente su masa». En las antípodas de ese pintor, Vicente Rojo no es ajeno a tal motivo de atracción. Pero somete dicha masa a la misma criba que todo lo demás. Se queda con la idea, a partir de la cual construye sus volcanes. Que en él son lo que son: armazón, compendio, esquema, substancia del recuerdo. Hueso mondo y lirondo, bien roído. Osamenta de cosa inabarcable.

Cerca de la ciudad de México, conviven un volcán y una volcana. Él es el más arriba citado, el Popocatépetl (Monte que humea), también llamado don Gregorio o don Goyo o, simplemente, Popo. Ella es Iztaccíhuatl (la Mujer Blanca), doña Rosa o doña Rosita o Izta, sin más. En torno a ellos se ha tejido una trágica historia de amor, envolvente leyenda azteca, hasta convertir a la pareja en símbolo de la raíz, de la raza. Ni que decir tiene que el costumbrismo se ha ensañado con esas dos hermosas montañas, las ha llevado a relamidos cuadros revestidas de galas mitológicas y con ellas ha fabricado un inmenso retablo de arte kitsch patriótico. Nada que hacer con eso, salvo regresar a la escuela y recitar a Díaz Mirón primero:

Tu largo ventisquero forma o trasunta
blanca mujer tendida como difunta
y muestra en vivas manchas crudo arrebol.
Y el cadáver ficticio me desconcierta
porque se me figura la Patria muerta
que con pintas de sangre se pudre al sol.

Y después a Gabriela Mistral:

Está tendida en la ebriedad del cielo
con laxitud de ensueño y de reposo,
tiene en un pico un ímpetu de anhelo
hacia el azul supremo que es su esposo.

De remontarnos, la admiración —la atracción— es el primer resorte para acceder al volcán. En la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, esto escribe Bernal Díaz del Castillo:

El volcán que está cabe Guaxocingo echaba en aquella sazón que estábamos en Tlascala mucho fuego, más que otras veces solía echar; de lo cual nuestro capitán Cortés y todos nosotros, como no habíamos visto tal, nos admiramos dello; y un capitán de los nuestros, que se decía Diego de Ordás, tomole codicia de ir a ver qué cosa era, y demandó licencia a nuestro general para subir en él; la cual licencia le dio, y aún de hecho se lo mandó; y llevó consigo dos de nuestros soldados y ciertos indios principales de Guaxocingo, y los principales que consigo llevaba poníanle temor con decirle que cuando estuviese camino de Popocatepeque, que así se llamaba aquel volcán, no podría sufrir el temblor de la tierra ni llamas y piedras y ceniza que de él sale o que ellos no se atreverían a subir más de hasta donde tienen unos cues de ídolos, que llaman los teules de Popocatepeque; y todavía el Diego de Ordás con sus dos compañeros fue su camino hasta llegar arriba, y los indios que iban en su compañía se le quedaron en lo bajo; después el Ordás y los dos soldados vieron al subir que comenzó el volcán de echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas y mucha ceniza, y que temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcán, y estuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta de allí a una hora, que sintieron que había pasado aquella llamarada y que no echaba tanta ceniza ni humos, y subieron hasta la boca, que era muy redonda y ancha, y que había en el anchor un cuarto de legua, y que desde allí se parecía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados.

Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
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