Doble mella: expulsión y acogida. Y, en medio, ese delirio necesario de dar con una isla desierta. Borrón y cuenta nueva; espacio donde el otro (incluido el de uno) acabará por surgir; en lo ya leído, con forma de huella humana: la de aquel pie desnudo, «que era perfectamente visible en la arena». El temor, la huida, la ilusión. El hallazgo. Un temblor giratorio y entrecortado. Pero, sobre todo, una pérdida; esa que la memoria siempre encuentra y que, cuando le da por apropiarse de ella, no lo hace con el fin de acaparar un estorbo más, otro peso corrido, otro montón de sombras de ausencias. Lo que de verdad le apasiona es ponerla al instante a prueba, en su lugar y en tela de juicio; agitarla, dejarla más perdida que nunca. Y luego, poco a poco, olfateando hacia dentro, transformarla, hacerla constructiva hacia fuera. Acompaña la memoria a la pérdida con terquedad, en perpetuo desvelo. Es una larga caminata, con muchos altibajos y espirales en todos los senderos posibles. Cientos de variaciones, series de circunstancias tornadizas, distintas perspectivas mentales. A cada dos por tres, hay que volver a ensayar, a intentarlo, porque otros elementos perdidos se suman al paseo, a la representación del paseo. Hay, pues, que repetir. Desde el principio hasta el final.
Lo cuenta Adam Zagajewski a propósito del pintor-escritor polaco Józef Czapski. Este, exiliado en París, ya anciano y casi ciego, les rogaba a los amigos, cuando iban a hacerle una visita a su casa, que le leyeran algunos textos. Al principio, de otros autores; al final, solamente quería oír los suyos. Anota Zagajewski con pertinencia y decoro: «Esto no era consecuencia de un narcisismo senil, sino de su lucha desesperada por retener la memoria que se le escabullía». Acorde: recuerdo de una pérdida.
Cicatrizar: sanar, curarse (¿en salud?), aceptar la señal —la impresión—, poner remedio, curtirse, integrar eso otro en el tejido, verlo como una isla o un arabesco, acaso orfebrería de lo ausente, textura del querer y sin querer... Una clausura, en cualquier caso. Lo que hasta aquí llegó. Lo que ahí queda. El resto: eso que ya ha pasado por el cedazo (no sin pericia y gracia a la hora de mover las manos) y que, una vez cribado, se nos ofrece. ¿Para qué? Para que su dibujo en algo coincida —sólo lo justo—con los que imaginemos a partir de él.
A menudo, por ansias de un realismo interior, a todo aquello que sabemos sobre la naturaleza de la llaga y de lo perdido, necesitamos adherirle, a fin de que resulte más creíble, una suposición que lo corrija, que reabra la herida y hurgue en ella con otras intenciones, con otro enfoque. Así; como cuando don Quijote tapona una ilusión con otra ilusión. Mucho le gustaba a Dostoievski ese pasaje en el que el caballero andante, ya curtido en penosas caminatas, cavila sobre lo absurdo que es creer que un héroe en solitario, dando mandobles a diestro y siniestro, vaya a barrer del mapa, y en un pispás, a nutridos ejércitos de enemigos feroces. Viendo en estos materia impura, «obras de sortilegio», no niega la verdad de la hazaña, pero deduce al punto que cuerpos tales no eran de hombres, sino de seres semejantes a moluscos, gusanos y arañas.
Materia impura: pomada moldeable. De ahí, por ejemplo, que la lluvia —cetro ondulado del dios Tláloc— pueda e incluso deba ser de esquirlas, de escamas, de cristales, de agujas, de hilos de colores o volcánica. En la época de México bajo la lluvia, ya escribía Cardoza y Aragón a propósito de Vicente Rojo: «Su lluvia es lava organizando y laminando firmemente la luz».
Construir. Organizar. Desde finales de los años cincuenta, este artista ha plasmado esas extrañas aventuras de la pérdida (lo que en la memoria hizo mella) y de la imaginación cicatrizante. Espléndidas pinturas y esculturas, que son síntesis, sincretismo, esencia de lo expulsado y de lo retenido. Construcciones inscritas en el territorio del arte, autónomas, que saben de lo construido con anterioridad por otras manos, que con ellas dialogan por señas. Tras un arranque expresionista, Vicente Rojo observa con curiosidad el pop art (Oldenburg, Lichtenstein) y termina por adentrarse en una abstracción plena, muy suya, siempre en busca de un imposible. Complicidad con otras obras y otros creadores que no se cansa de nombrar, de reconocer: el románico, Giotto, Morandi, Dubuffet, Rothko, Jasper Johns, Duchamp y Tàpies; amén de Malcolm Lowry y Visconti. Con solo asomarnos a la pintura románica, ¿cómo no comprender su emoción de cercanía? (Muy parecida esta a la relacionada con pinturas, códices y relieves precolombinos, con su profusión de rectángulos con grecas escalonadas, trapecios, círculos y semicírculos). El rastro del punzón en los muros. Las franjas de relieves de estuco. La influencia sigilosa de los orfebres. Los colores traslúcidos sobre fondos metálicos. Las líneas quebradas, de ondulación triangular o cuadrangular. Las aureolas almendradas. Ese juego de aros que es el cuerpo; la sucesión de círculos: halo, rostro, ojos, orejas, pecho, vientre, ombligo, rodillas y tobillos. La sencillez abstracta. La inocencia. Y, al llegar a la iglesia de Sant Pere, en la localidad catalana de Sorpe, el encuentro con ese hombre-cangrejo, signo astral y nostalgia, que babea o sangra por la boca; hilillos que dialogan con las ondulaciones del caparazón. Y luego están las manos, con sus dedos larguísimos. ¿Para alcanzar qué? Una presencia afianzada, acaso la sospecha de que el arte es, en última instancia, cuestión de tacto.




