Vicente Rojo respeta por igual todos los elementos embrionarios. Y a todos les permite el acceso a la escena, a las modificaciones de la reminiscencia, pero insertándolos en una maraña geométrica, límpida en su función de red, que llega a convertirse en la auténtica prueba de fuego del conjunto. Del conjunto de cada obra aislada, al igual que de aquellas que se encadenan en series primordiales y crecientes: Señales, Negaciones, Recuerdos, México bajo la lluvia, Escenarios... (Esta última, compuesta de minitemas: Pirámides, Códices, Paseo de San Juan, Escenarios secretos y urbanos, Estelas y Volcanes construidos.) Cerrar los ojos, después de revisar la trayectoria de este artista, es ver vibrar, con sensación de recorrer un ordenado rompecabezas de piezas moldeadas con bajorrelieves suaves, la miríada de círculos, semicírculos, cuadrados, triángulos, pirámides, retículas, líneas quebradas, nichos, celdillas, bandas... Personajes geométricos, al fin y al cabo, que, sin parar, tensan y aflojan emociones y pensamientos. Trampas y estímulos; espuela y freno. Siempre con el empeño cuidadoso de no ocultar los engranajes de esas construcciones autónomas, donde las cosas tienden a mejorar, a cambiar de aspecto al salirse de sus casillas, al resollar por las heridas (lamparones, rojeces, frotamientos, parches, excoriaciones, lijaduras, vendajes, prótesis y excrecencias) con ritmo acompasado. Naturaleza viva de una obra en la cual la estructura y la imagen hacen tan buenas migas que entre ellas mismas se confunden. Y esa fusión convierte la hermosura resultante en una representación donde no se enmascaran los conflictos de todo orden; al contrario, ahí permanecen, en su sitio, como insaciable borboteo de un origen dubitativo y frágil, pero ya transformados de lleno en armoniosos.
Hacer mella: efecto, discontinuidad, deterioro, imperfección, preocupación sobre un vacío, destrucción de lo estable. Prenda-magulladura que la memoria paga con el recuerdo, con la impresión de aquello que más afecta. Heridas dolorosas o placenteras, tanto da, muchas veces entremezcladas. Como cuando Vicente Rojo, autor de un buen puñado de evocaciones reveladoras pese a su proverbial parquedad, empieza por asomarse al estallido de la Guerra Civil española de 1936:
El primer recuerdo de mi vida es la imagen de la reacción que hubo en Barcelona frente al alzamiento militar de Franco. Yo lo veía todo a través de la ventana de mi casa. Por entre los edificios y de cuanto podía observar desde allí, se me aparece una imagen muy poderosa, muy nítida plásticamente: los camiones que pasaban con gentes gritando o cantando mientras enarbolaban armas y banderas. Empiezo a ver el mundo a partir de esa doble imagen que tiene, tal como la miro en aquel momento, el sentido de la fiesta y la tragedia. Recuerdo el sol, los colores de todas las cosas, la euforia de la gente y, al mismo tiempo, en el mismo instante, surge la presencia trágica de las armas. / Durante la guerra, la muerte era una atmósfera general que tocaba a los seres y a las cosas. Ibas por una calle y de pronto te encontrabas con un edificio cercenado por la mitad —ya desierto, porque sus habitantes tal vez habían perecido en un bombardeo—, donde quedaban las huellas de la vida: la sombra de un reloj o de un cuadro, los muebles, un calendario, un retrato, un pedazo de espejo. / Cuando entré en la escuela, a los cinco años, lo primero que me hicieron fue amarrarme la mano izquierda porque mi profesor descubrió que era zurdo. Mi inmediata reacción fue negarme rotundamente a usar la mano derecha. Me liberé de aquella situación cuando en la misma escuela se dieron cuenta de que podía dibujar; antes de que apareciera el maestro en la sala de clase, me entretenía dibujando cosas en mis cuadernos: escenas de bombardeos o de refugios antiaéreos. / Huí de todo eso por medio de las lecturas. En ese momento los autores que más me impresionaron fueron Verne y Defoe porque ambos crean eso que entonces era el mundo ideal para mí: la isla desierta. Es decir, la posibilidad de crear una realidad distinta a la que había visto, llena de injusticias. Quería la isla desierta, sin personas ni animales, de modo que pudiera recomenzar el mundo, la vida, producir nuevos objetos, aislarme completamente. / Para mí todo ese pasado cuenta porque es un pasado triste: es la guerra y es la posguerra, y es conocer a mi padre a los diez y siete años. Mi padre [militante de izquierdas y hermano del general republicano que defendió el Madrid asediado por las tropas franquistas] se refugió en México en 1939, cuando yo tenía siete años. Yo sólo lo recordaba como una figura vaga que se despedía de mi madre y mis hermanos, pero sabía que mi padre se encontraba en México y que México era para mí la tierra prometida, esa que alcancé al fin en 1949. / Así que cuando recuerdo no busco sólo mi infancia y a mi país herido; busco también un nuevo país, intensamente imaginado y protector.



