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Vicente Rojo

Hacer mella, cicatrizar, construir (2 de 7)

José-Miguel Ullán

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Criminal convicto y confeso, Auguste Ciparis cumplía condena en un calabozo de la cárcel de Saint-Pierre, donde quedó enterrado por los escombros aquella mañana del 8 de mayo, cuando, como él mismo declarara al borde de un humor algo grisáceo, «aguardaba que el carcelero se presentase con el desayuno calentito». Al cabo de cuatro días, gracias a sus potentes alaridos, fue descubierto y rescatado con todo el cuerpo lleno de horribles quemaduras. Numerosas entrevistas periodísticas lo auparon a la categoría de héroe, recibió atentos cuidados médicos y, por supuesto —pero esto último solo resulta fácil decirlo ahora—, fue enseguida indultado. Convertido de improviso en un Lázaro atractivo, pasó a llamarse Ludger Silbaris hasta su muerte —esta vez, ya de veras— en 1929, y se volvió, amén de claustrofóbico, estrella renombrada de un circo. La máxima atracción, niños, damas y caballeros: el único superviviente de la mortífera erupción del volcán Pelée. En los carteles publicitarios, donde él aparecía de cuerpo entero y a todo color, se destacaba el número de sus paisanos que corrieron peor suerte; y le añadían nada menos que 10 000 víctimas a las cifras reales, por si la realidad resultaba algo escasa a la hora de caldear el ambiente. Para tentar así a los todavía indecisos y asegurarse la asistencia masiva del gran público, ambos con ansias de ver lo nunca visto y de lo que nadie paraba de hablar. Total, que aquel antiguo preso, pionero involuntario del body art, salía a la pista con las marcas visibles del fuego en la piel y les contaba a los espectadores la razón de esas cicatrices, convertidas de hecho en razón de estar libre y también en razón de estar allí, bajo los focos, reconstruyendo con todo lujo de detalles un prodigio por una vez creíble y palpable. Ludger-August se exponía como obra esculpida por el destino y, de paso, como actor memorioso que ha de dar rienda suelta, frente a la expectación de los otros, a la azarosa historia de su proceso de recreación. Para sobrevivir —otro milagro— con ella. Y para compartir con los demás el resultado de la arbitrariedad, de la rareza irrefutable que era su propia carne, su propia vida, su personal modo de expresión.

Es de lamentar que no se conserven testimonios fidedignos de cómo se desarrollaba exactamente la actuación (gestos, palabras, tono, movimientos) de ese hombretón escarmentado ni, por lo tanto, de las posibles diferencias y de las repeticiones hasta cierto punto a lo largo de su monólogo confesional, día tras día, según el ánimo, el estado de la memoria e incluso las características del lugar donde esa noche se estaba dando la función. ¿Sufría? ¿Mostraba entusiasmo? ¿Tenía olvidos? ¿Era prolijo en el decirse o buscaba más bien ciertos atajos? ¿Alcanzó a desdoblarse y a sentirse profesional, dueño del necesario fingimiento escénico? ¿Se ponía nervioso? ¿Necesitaba tomar o fumar algo para atreverse a dar la cara? ¿Se hartaba de sí mismo? ¿Introducía pormenores inéditos en su relato a cada nueva representación o iba quedándose tan sólo con lo esencial o inevitable para no perder la cabeza o el empleo?

Eccehomo ambulante, Ludger Silbaris sobrevive mostrándose en público tal como ha sido antes y como al fin es ya: el mismo y de otro modo. Su palabra hace mella porque cuenta con un testigo excepcional que siempre está a su lado: un cuerpo —un escenario dentro de otro escenario— plagado de señales, marcas, negaciones, recuerdos, surcos, inscripciones. Un cuerpo que, examinado de cerca, y mejor en un espejo, es un cúmulo de destrucciones y reconstrucciones: rasponazos, costurones, rugosidades pulimentadas, rozaduras, fruncidos, moratones. (Estigmas del azar. En paralelo, recuérdese el empeño de los antiguos huaxtecas en responsabilizarse de su propia forma de ser: deformación del cráneo, mutilaciones dentarias, perforaciones para las orejeras y las narigueras, escarificaciones y tatuajes.) Réplica palpitante, y al revés, de un eolito, ese fragmento de piedra que, por la acción de los agentes naturales, llega a asemejarse a algún utensilio de los fabricados por las manos del hombre.

Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
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