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Vicente Rojo

Hacer mella, cicatrizar, construir (1 de 7)

José-Miguel Ullán

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Vemos con la memoria,
la memoria es una parte del presente.

David Hockney

La imaginación es un universo en miniatura que puede crear sus formas invisibles y estas materializarse.

Paracelso

En la ciudad de Saint-Pierre, en la Martinica, el gran estallido de la montaña Pelée tuvo lugar en la madrugada del 7 de mayo de 1902, expulsando el volcán a continuación una nube gigantesca de ceniza ardiente que, sólo un día después, dio sepultura común a 30 000 personas. Al decir de las crónicas de la época, resumidas por Thomas A. Lewis, la verdad es que la catástrofe estuvo precedida de abundantes avisos: temblores, rugidos, lluvias torrenciales, además de una invasión de hormigas diminutas (fourmis-fous), de color amarillo y moteadas, a la par que de ciempiés aguerridos (bêtes-à-mille-pattes), intensamente negros; las unas y los otros, venenosos, si bien no tanto como las despavoridas serpientes que junto a aquellos bichos se deslizaban por las faldas del monte abajo e invadían después las calles de la ciudad, con abundante representación entre ellas de víboras de dos metros de longitud (fers-de-lance), de dorso marrón-amarillento y vientre sonrosado, que iban matando a todo ser viviente que se encontraban por el camino: niños, cerdos, perros, caballos, gatos o gallinas...

A pesar de tales presagios, la mayoría de los habitantes de Saint-Pierre no huyó de allí; se encerró en sus casas a protegerse de las alimañas, a rezar o a maldecir. ¿Por qué esa frialdad colectiva, ese aplomo suicida, o quizás inconsciencia sin más, ante tan espantosas señales? Algo tuvo que ver en ello el alcalde, miembro del Partido Conservador, que quería renovar a toda costa su mandato en las elecciones previstas para el 11 de mayo y, poderoso y consecuente a un tiempo, consiguió que el periódico local, Les Colonies, transmitiese a la población la idea de que, en realidad, nada grave iba a ocurrir, que todo estaba bajo control, dado que la campaña electoral en marcha no podía quedar salpicada por unos cuantos sobresaltos inoportunos. De ahí que hasta los barcos de mercancías permanecieran en el fondeadero como si tal cosa, a la espera de cargar ron y azúcar en abundancia; con una sola excepción, la del capitán del Orsolina, Marino Leboffe, que, acostumbrado a observar los caprichos del Vesubio desde el puerto de Nápoles, decidió alejarse a escape en su embarcación, sin importarle ni un comino las airadas protestas de las autoridades portuarias, que, naturalmente, no cobraban por las cajas dejadas en tierra. La catástrofe, en consecuencia, fue desmedida. Solo hubo dos supervivientes: un joven zapatero (tan discreto, que de él nada se supo hasta 1936) y un preso que alcanzó en un santiamén merecida notoriedad. Tal vez valga la pena detenerse unos instantes en la curiosa historia de este último.

Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
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