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Vicente Rojo. Volcanes construidos > Ordenar, destruir
Vicente Rojo

Ordenar, destruir

Sergio Pitol

Vicente Rojo presentó en Madrid, en 1990, la primera muestra de Escenarios, su nueva serie pictórica. Pintó allí pirámides, estelas, algunas visiones del Paseo de San Juan, de Barcelona, a las que ahora añade otro elemento más: los Volcanes. Un mundo de imágenes contrastante con la deslumbrada cascada cromática que caracterizó a México bajo la lluvia, la serie inmediatamente anterior. Si pensamos que las series de Rojo, Señales, Negaciones, Recuerdos, México bajo la lluvia, se han desarrollado en periodos de cinco a diez años, podemos regocijarnos al saber que estos escenarios perfectos constituyen el inicio de una aventura que habrá de depararnos aún varias sorpresas.

El paso de México bajo la lluvia a Escenarios no es sorpresivo. Cada periodo de Rojo contrasta vivamente con el anterior. Aquel festín precipitante, aquella serpiente luminosa, han sido sustituidos por estos escenarios plasmados en un espacio reticular, donde, como signos de un universo hechizado y espectral, surge un espacio sagrado, esa zona ritual propia de las pirámides.

En este mundo de pirámides y volcanes, Rojo organiza un orden para más tarde abatirlo y levantarlo. Establece para ello una tensión entre formas simétricas y asimétricas, y propicia una fusión de fragmentos oníricos con retazos de eso que cada vez con mayores reticencias llamamos realidad. Para este artista la abstracción es una manera no de evadir el mundo real, sino de abrazar todas sus posibilidades: lograr la coexistencia simultánea de un espacio ideal con los materiales más concretos.

La historia personal de Rojo, sus intuiciones y sueños, los cuadros que ha visto, imaginado u olvidado, los libros frecuentados, el trato con familiares y amigos, el cine, las meditaciones sobre la creación, la soledad sonora, el goce y la tortura de los viajes, todo, en fin, lo que constituye su experiencia del mundo, aparece, como en una cadena de iluminaciones, a medida que el artista concibe el lenguaje específico para cada uno de los capítulos en que despliega su mundo cromático. Nada más ajeno a esta pintura que aquella nacida bajo presiones de una moda momentánea.

Su propósito tiende siempre a negar o a subvertir una firmeza arduamente obtenida. El rigor que caracteriza su obra no desdeña lo inestable, lo huidizo, cualquier manifestación de rebeldía. Al desestabilizar sus formas no hace sino enriquecerlas. Rojo edifica con fervor sus arquitecturas y con igual energía las desdibuja, las confunde, las hace penetrarse unas en otras. Por algo uno de sus conjuntos de pinturas iniciales lleva el nombre de Destrucción del orden. La geometría le proporciona la arquitectura básica; el siguiente paso consiste en crear los elementos que modifiquen o corroan ese sostén. Su obra recuerda la experiencia de Giorgio Morandi (pintor al que Rojo admira mucho), quien después de veinte años de lograr composiciones perfectas, pobladas de botellas, cafeteras y tazones, comenzó a minar la individualidad de esos objetos y a hacer que tales botellas y adminículos domésticos empezaran a no diferenciarse demasiado, a transformarse en manchas apenas definibles hasta lograr formas tan espectrales como las pirámides y los volcanes que Rojo nos presenta en esta nueva etapa.

En los Escenarios la tensión mayor se produce entre la estructura rígida de la pirámide y la fluidez huidiza de los volcanes. Nos enfrentamos a una severidad ritual, a una indefinición polvosa, a algunas opacidades plomizas para de pronto advertir una mancha roja, una pequeña llamarada semejante a una flor: la erupción volcánica que añade al conjunto sombrío cierta nota de humor. Las pirámides que hace un año, en la exposición de Madrid, eran más nítidas, comienzan ahora a perder sus contornos. En medio del negror plomizo que rodea a estas formas espectrales destacan los reflejos luminosos de un volcán.

Las piezas más poderosas de esta exposición son dos grandes dípticos llamados Códices. Están colmados de elementos que permiten una lectura como la que propician los códices prehispánicos. En el primero rige una libertad exasperada, un clima de profunda perturbación. Todos los elementos que lo integran parecerían haber entrado en crisis, estar a punto de perder su forma. Las pirámides son estelas que son plataformas, que son columnas, que son volcanes. La identidad estricta se ha perdido. Algunas manchas y raspaduras contribuyen a intensificar la perturbación manifiesta en casi todos los elementos de este díptico. En el segundo Códice la armonía se ha recuperado. Todo ha vuelto a quedar clasificado. Pirámides y volcanes se alinean clara y apaciblemente. El fuego se ha extinguido. Pero la paz recuperada dista mucho de ser la de los sepulcros. Rojo, el demiurgo, puede sentirse satisfecho. Sigue existiendo un ritmo. De la luz y el color se desprende una vibración precisa y delicada.

1991

Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
Detalle de una de las obras pictóricas de Vicente Rojo
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