En cuanto a los surcos, los caminos o algunos otros de mis «temas»
habituales, no son más que la Transportación de mis andares.
J. H. Pijuan
No lo conocía mucho, pero recuerdo bien varias conversaciones con Joan y, sobre todo, un largo paseo que dimos por las callejuelas de Basilea cercanas al río en el año noventa y tres. Yo iba escayolado de un pie y tras coincidir ambos, viendo una exposición de Baselitz, decidimos caminar juntos un rato. Como yo iba bastante lento, le pedí a Joan que mejor se fuera a su aire, pero él me contestó rotundo que si habíamos compartido pasos y palabras viendo la exposición, también podríamos volver andando al centro, despacito, eso nos daría el tiempo suficiente para seguir hablando.
Nunca he estado en Folquer, ni he paseado por los ondulados campos de La Segarra, tan entrañables para Joan, y que tanto parecen haber influido en el trasfondo de su obra, pero sí lo ves a él, entre sus tierras, caminando lento. Y, siempre que lo hago, identifico su silueta con la figura esbelta de un ciprés (figura pictórica, por otro lado, bastante habitual en su obra de los años ochenta). Y es que algo del silencio dramático del ciprés tenía la propia figura de Joan: perfil sinuoso y alargado, elegante y afable, pero también recogido, algo encorvado, como más interesado en describir una aerodinámica eficaz para caminar con el viento y entender su susurro que para cortarlo de frente o esconderse de él.
Pensando ahora en su trayectoria pictórica, también esta se nos muestra susurrante, como una meditación sinuosa y progresiva; pero también frontal, directa y descarnada, acicalada siempre por la presencia de una sensitividad pictórica evidente, por un regusto tan sensual como equilibrado. En casi todos sus formatos orden y emoción eran conducidos frontalmente hasta los límites de su propia configuración, desde el impulso primero y necesario, hasta la imagen última, superpuesta, o su incisión sobre las aún tiernas, subyacentes, capas de color.
Durante aquel largo paso en Basilea, Joan logró convencerme de ir a Barcelona para dar una charla y hablar con sus alumnos en la Universidad. Le preocupaba la pintura y su mundo, su futuro, el aislamiento y marginación a la que era sometida en los escenarios más calientes del arte; pero sobre todo le preocupaba el futuro de su práctica; sus alumnos. «Ya casi nadie pinta en la Facultad, casi todos los estudiantes eligen hacer vídeo, instalaciones o fotografía, cualquier cosa menos pintura», me decía.
Recuerdo bien la visita y mi charla interrumpida, compartida, entremezclada con las múltiples preguntas y contrapreguntas de los alumnos y los otros profesores del departamento. Y recuerdo bien al Joan sereno del principio, y cómo paso a paso, con firmeza, aquel profesor sosegado se fue tornando cada vez más explícito y rotundo, enfático, apasionado, como su pintura.
Nueva York, enero de 2007