Granada. El nombre se repite sigiloso, tela a tela, pero no la imagen, que varía salto a salto, en la delicadísima levedad del silencio. Un patio andaluz. Un pétalo de cal. Imágenes guiadas por la brújula algebraica de los dígitos árabes, uno a uno, como en la geometría religiosa de las aguas. Detrás de cada trazo, el hálito de un sueño, el canto monocorde de un muecín: Granada vista a través de una celosía. Caen los números en cascada: vocablos aljamiados que trazan el recorrido de una sed. Granada, un número distinto cada vez. Una cítara en la oscuridad. La delicadísima textura del papel, jugando a retirarse lejos de sí mismo, como en un libro olvidado entre las dunas.
Los cristales del mar, soñado desde las almenas de la Alhambra. Granada. Granada soñada en Nueva York. Una tarde lejana, al fresco de un aljibe, leyendo los versos que trazó un día Federico. Joan, leyendo con el ceño sosegado los romances de Lorca. Granada y Nueva York, unidos por la mano del pintor este febrero en que reverberan los ecos de la muerte del poeta. Los veo juntos, tras el velo de la vida, hablando de esta ciudad glacial que recibe ahora estos delicadísimos gouaches, como brocados olvidados a la puerta de un harén. El polvo y la luz, un ciego anciano que pide limosna a la puerta de un hamman.
Pureza de la luz y la escritura vertical. El velo que oculta al mundo la tersura de un rostro adolescente. La cota de malla de un abencerraje. Torre del homenaje. El fondo de un carcaj. La herida abierta por la que se va la vida del último guerrero andalusí. La luz del mediodía en la clepsidra. De pronto un árbol esencial, flotando sobre el papel japón. Joan enhebra las imágenes recitando una letanía que consiste en un único vocablo. Granada: un escudo almohade. El sueño de Almanzor. Todo en este cuadernito de belleza inatrapable para el lenguaje verbal remite a un recodo íntimo del alma del artista, un diario ensoñado, capaz de recoger el pálpito del firmamento. Un viaje final, sombra a sombra, para llegar a él, que nos contempla.