Por Andrés Perea
El ser humano es un mecanismo de percepción extremadamente complejo, en el que es posiblemente inviable describir el proceso perceptivo de un sentido sin establecer los vínculos con los restantes y con la acumulación que la memoria ha almacenado durante nuestra vida.
Desde esta heteronimia perceptiva interesa entender cómo el espacio se cualifica con los restantes estímulos presentes en él, y para esta presentación voy a referirme al sonido, no como vínculo sinestésico, sino como vínculo que otorga al resultado perceptivo el carácter holístico que permite al hombre comprender y situarse en la realidad.
Estas imágenes, fotografiadas con un teléfono móvil, ilustran la irrealidad o la realidad tarada de un estímulo incompleto por la ausencia de la tercera dimensión (la que muestra el espacio en relieve), por la ausencia de las sensaciones térmicas y olfativas y, sobre todo, por el silencio irreal que las habita. Son, como todos los cotidianos, lugares rumorosos cuando no acústicamente potentes.
Un documento ilustrativo de la eficacia de nuestro sistema perceptivo lo ilustra la imagen en la que el autor de este texto se autorretrata con el fondo de un personaje apoyado en un mástil. Lo que falta en la fotografía es la voz del personaje que está leyendo. Lo que está leyendo, probablemente para expertos en Joyce es claro, es el Ulises, y lo hace en el centro de la Torre Martello un 16 de junio cualquiera durante la celebración del Bloomsday.
De las cualidades del ambiente que habita el ser humano el sonido es esencial porque introduce la condición de la inteligibilidad y es un vehículo de medida no sólo de las dimensiones geométricas, que lo es, sino del tiempo que transcurre en ese lugar.
Probablemente proporcione más inteligibilidad, de un suceso o un estado espacial, una grabación que una imagen sorda. De hecho, nuestra imaginación construye mejor espacios a partir de señales o huellas acústicas que en el sentido contrario. Eso lo sabe bien el compositor americano Alvin Lucier que, en su obra «I am sitting in the room», explora precisamente esa condición espacio-formal a partir de la explotación de los tiempos de reverberación de un espacio dado, replicando grabación sobre grabación, hasta un resultado final sorprendente.
Se trataría de suspender transitoriamente la mirada macular sobre la disciplina sonora y sobre la arquitectónica para desarrollar una visión periférica y contextual. Ejercitarnos en oír el espacio y no el sonido para llegar a enfrentarnos a nuestro entorno, capacitados para recibir informaciones simultáneas y diversas, quizás inconfortables, pero que son pulso fiable de la realidad.
De ello voy a referirme en el ejemplo que acompaño.