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Paisajes sonoros III

Pensando la ciudad, herramientas para una experiencia urbana (2 de 4)

Por Cristina Palmese y Ricardo Atienza

De la ciudad física a la ciudad inmaterial

La ciudad es un organismo vivo. Esta analogía, aunque injusta como todas, es tal vez menos limitante que otras posibles. El medio urbano dista mucho de poder ser reducido a su mero soporte físico, sea éste definido de forma tan minuciosa como queramos. La ciudad es un complejo tejido rítmico (que no sólo métrico) compuesto de periodos y variaciones, continuidades y quiebros, repetición y pasos cambiados. Observamos un tejido vivo en el que una infinidad de minúsculos eventos, en apariencia inconexos o desordenados, terminan configurando pautas generales relativamente regulares e identificables. Hablamos entonces de flujos, de periodicidad, de cadencias o incluso de ritmos.

En el gran salto existente entre el individuo y el contexto físico que lo rodea, creemos ver en estas «formas» colectivas de «masa» un nivel de observación válido para el estudio de la ciudad. La escala individual, en cuanto plenamente singular, no puede ser representativa a la hora de analizar un tejido urbano; de igual manera, la mera descripción de un entorno físico no podrá informarnos por entero de los modos de vida que allí se practiquen, por muy tangibles que sean sus huellas. Para comprender un entorno urbano necesitamos un nivel de observación «intermedio», en el punto de fricción, de desgaste, ajuste y creación entre persona y medio.

Este nivel intermedio, llamado también en ocasiones «inmaterial», presenta sin embargo un rasgo que dificulta de manera notable su observación y su caracterización: su naturaleza dinámica y metamórfica. La ciudad, organismo vivo, está en movimiento y en permanente transformación. Y esta transformación no es puramente metafórica, los habitantes modelan cada día su ciudad; la apropiación de sus espacios de vida exige que su huella quede inscrita en el espacio físico.3 Habitar es marcar, dejar signos, «trazar» un territorio. Aquel lugar que no pueda ser marcado, no será más que espacio de tránsito, de paso. Pudiera tal vez decirse entonces que construir ciudad es, ante todo, conceder la posibilidad de esta huella, principio opuesto a muchos de los actuales postulados arquitectónicos.

Pero, ¿de qué herramientas disponemos para observar este «discurrir» de los modos de vida urbanos?

Tal vez la primera respuesta haya de ser una nueva pregunta: ¿desde qué punto de vista hemos de realizar esta observación?

¿Midiendo la ciudad o experimentándola?

Pitágoras consideraba que lo que pensamos, lo que conocemos, sólo es real si somos capaces de enunciarlo en términos numéricos: el número gobierna formas e ideas. Hasta muy recientemente, las teorías occidentales del conocimiento se han centrado en la posibilidad de medir un fenómeno para poder comprenderlo, describir sus leyes físicas. Otros, «enfrente» y en ocasiones enfrentados, han propuesto describir exclusivamente la cualidad del fenómeno, sus expresiones sensibles. Negación de los sentidos o negación de la razón. Somos herederos de esta división cantidad/cualidad, número/sentido.

Hoy resulta imposible pensar exclusivamente desde uno de estos dos extremos; la razón ha comenzado a entender sus límites de la misma manera que el empirismo sensible comprende su frontera: la medida sin cualidad no puede ser entendida por la experiencia, la cualidad sin razón difícilmente puede ser compartida, restringida a un ámbito de subjetividad. Ambos modos de conocimiento son complementarios y necesitan el uno del otro para cobrar y proponer sentido.

Tradicionalmente hemos medido la ciudad (en metros, decibelios, luxes, etc.), o la hemos descrito desde una subjetividad sensible, narrándola, pintándola, cantándola. La hemos proyectado numéricamente (técnicamente), o en función de consideraciones de orden cultural, patrimonial o social. Pero, ¿de qué herramientas disponemos para esta nueva y necesaria mirada transversal?

La otra mirada —o las otras miradas—

Hoy en día, la experiencia sensible puede ser recogida, transmitida y en consecuencia compartida. Hemos olvidado ya la revolución que supone la posibilidad de captar una imagen, un sonido o una secuencia audiovisual, pero estas posibilidades han cambiado plenamente nuestra relación al entorno en tanto que ciudadanos y constructores de nuestras ciudades. Pierre Schaeffer puso ya de manifiesto este hecho hoy habitual y entonces sorprendente; y tal vez más sorprendente aún resulte el hecho de ser capaces de reconocer hasta la copia más deformada e infiel.4 Por primera vez, la continuidad temporal puede ser puesta en cuestión e interrogada a través de «trazas», pruebas de otros momentos, de otros instantes.

Y no sólo sabemos «grabar», conservar esta memoria, sino que podemos también analizarla y finalmente modificarla en busca de respuestas y conjeturas acerca de nuestro entorno sensible. Gracias a estas herramientas podemos «intervenir virtualmente» sobre un lugar para interrogar sus diversas dimensiones compositivas, o para intentar entender que ocurriría si practicamos una determinada modificación en su realidad construida. Esto no quiere decir que estos nuevos modos de representación de la ciudad sean exclusivos o infalibles; de hecho, sus potenciales riesgos aumentan en proporción a su propia riqueza descriptiva.

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Notas

  • (3) Este aspecto, tratado a lo largo de toda la obra de J.-F. Augoyard, ha sido particularmente explorado en:

    Augoyard, Jean-François (2003): L'expérience esthétique ordinaire de l'architecture. Rapport de recherche CRESSON n. 57, Grenoble. 2 volúmenes : págs. 180 y 341. volver

  • (4) Schaeffer, Pierre (1966): Traité des objets musicaux. Ed. Seuil, Paris, pág.711. volver
III Encuentro Iberoamericano sobre Paisajes Sonoros. Madrid, 2009
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