Por Francesc Daumal i Domènech
Colaboraciones: Eva Crespo y Jimena de Gortari, arquitectas
Hace falta que hagamos una rehabilitación de los diferentes sonidos que el ser humano genera como colectivo. Los sonidos que creamos con los vestidos o con los utensilios que nos acompañan producen una imagen sonora de nosotros que puede resultar equívoca y que, en ocasiones, conviene rehabilitar [Figura 17].
Pero existe otro aspecto a tener en cuenta: la colectividad. ¿Qué hace el ser humano cuando actúa conjuntamente con otras personas en alguna situación específica? ¿Qué hacemos en clase? ¿Qué hacemos en un restaurante? ¿Qué hacemos en un concierto o en un partido de fútbol?
Por suerte, hay sonidos sincrónicos que se mantienen, por ejemplo al dar la orden de retirada de platos de una boda o de una convención, en una comida con gran control y protocolo.
Obviamente, quedan muchos más sones por rehabilitar, pero no todos los podemos tratar en este texto, como los símbolos generados por los golpecitos que van dando los que se ponen impacientes en alguna sala de espera, o el sonido de pasar las páginas de revistas frenéticamente en las salas de los dentistas, etc.
En fin, estos son los temas objeto de la rehabilitación de sones colectivos, donde también volvemos a hablar de la rehabilitación de los símbolos sonoros.10 [Audio 2].
Casi todas las ciudades han tenido unos gremios determinados y, por lo tanto, unas voces diferenciadas, que en algunos casos se han convertido en símbolos sonoros de aquellas urbes. Estos gremios se ubicaban concentrados o difundidos en determinados lugares, y el itinerario por la ciudad, sobre todo a pie, hacía que oyéramos aquellas voces en muchas épocas del año.
Hoy, se está negando también el sonido del propio ejecutor (en muchos casos, incluso les decimos a los niños que no hagan ruido).
Frente a esta prohibición, lo único que nos queda es el derecho al pataleo. En la calle lo que existe es el sonido del pie. Al pisar un pavimento, podemos saber por su sonido si hay una tapa de registro de electricidad, de gas, de agua, etc. [Figura 18]. Y con la rueda de la bicicleta sabemos si los panots y adoquines por donde transitamos están sueltos.
Eso no lo sabe todo el mundo, pero es evidente que si desde pequeños educamos a los niños a generar y saber escuchar los sones de su entorno, se darán cuenta de estos itinerarios por su ciudad (llena de diferentes sones que provienen de diferentes fuentes sonoras y nos acompañan por todas partes).
En la zona peatonal de mi barrio las piezas del pavimento de la calle cantan. Informan del paso de un vehículo fuera de su campo de rodadura (pasa por donde debe pasar el peatón), pero también informa del paso de los transeúntes y los patinadores [Figura 19].
Plancha metálica (obras) + arena (advertencia al ciego).
Nos podemos encontrar con:
El conjunto de estos caracteres configura unos itinerarios, plenos de las diferentes personalidades de cada ciudad, con sus puentes, sus portalones, porches, etc., que deben estudiarse mediante una metodología establecida por un equipo interdisciplinar.
¿Cómo suena mi espacio? ¿Me interesa? ¿Nos gusta? ¿Si pensamos que lo debemos rehabilitar, anularemos toda la absorción de aquel mercado? ¿Sacaremos todos los vestidos que tenían aquellos porches y los dejaremos reverberantes?
Al cambiar los acabados de un sector, debemos estudiar cómo cambia su acústica, porque estamos cambiando su voz, y a veces su alma.
Solamente este punto ya requiere una ponencia específica.
Los símbolos sonoros que nos envuelven, los generados por la sociedad, no son gratuitos.
Hemos visto cómo algunos nacen para identificar, mantener o salvaguardar nuestra integridad física, nuestro territorio o nuestra identidad colectiva. La simbología, la semiótica y la señaléctica sonora de estas escalas del territorio medianas y grandes, llevan mucho sedimento. Las hemos aprendido y en muchos casos nuestra difícil misión es encontrar la forma de mantenerlas o adaptarlas a un mundo cada vez más cambiante en sus identidades sonoras.
Quizá donde con menos esfuerzo podamos influir es en la escala pequeña, correspondiente al propio individuo y a su espacio próximo. Es evidente que cualquier cambio de actitud en sus comunicaciones sonoras puede repercutir a un logro de mayor civismo acústico.
(10) Los cantos en nuestras banderas, los himnos patrióticos, etc. son toda una serie de cuestiones colectivas que, junto con la casuística de los sonidos de los campos de fútbol, suministrarían material para llenar muchos libros.
Nota: La gente que conoce el lenguaje de los picaportes sabe que los golpes (sonidos fuertes y separados en el tiempo) informan sobre la planta del inmueble, y que el repicar (golpes seguidos de otros golpes seguidos) informan sobre la puerta del rellano. En algunos ámbitos urbanos todavía se utilizan, y la información que dan es sobre el lugar de destino, pero cada vez más se ven sustituidos por los porteros automáticos, que informan también sobre el contenido de los mensajes establecidos entre los destinatarios. volver