Por Francesc Daumal i Domènech
Colaboraciones: Eva Crespo y Jimena de Gortari, arquitectas
El sonido de la campana tiene una extensión superficial mucho mayor que la voz, pero en otras religiones se utiliza la segunda, de forma natural o grabada y amplificada.
El primer sonido de los cristianos en lo que atañe a las campanas al parecer fue adoptado de otros países. Lo incorporaron al lugar más alto de sus basílicas, y algunos decían que, puesto que los cristianos gritaban con las campanas, ellos debían seguir gritando con la voz [Audio 1].
Los mahometanos se basan en la voz humana. No utilizan prácticamente nada más, porque, además, con la voz humana se cantan verdaderas poesías con el mismo lenguaje hablado tradicional.
Cinco veces al día desde lo alto del minarete, el muazín reza la plegaria con la voz y recita con fantásticos poemas que sus oyentes pueden entender perfectamente. Mediante la amplificación, hoy se ocupa un territorio más extenso, ya que el radio de acción obtenido con la comunicación oral natural es bastante reducido.
En cambio, la Iglesia católica incorpora un nuevo código. Y precisamente porque es un nuevo código permite definir nuevos lenguajes. Esto es muy importante, porque la misión de la campana en la religión católica es la de avisarnos de los hechos. El código que se introduce en el territorio es a veces unitario (una campana única) o bien binario (una campana aguda y una grave). Cuando solamente se dispone de una campana, lo único que se puede hacer es variar el ritmo: doblar rápido, lento, etc., y los tañidos e intervalos: varias campanadas seguidas de intervalos de silencio.
¿Cómo se toca cuando hay un incendio? Obviamente, debe ser una campana muy agitada. En cambio, ¿qué significa tocar a muertos? Significa acompañarlos con los mismos sonidos que acompañan a la gente hasta el cementerio. La cadencia ha de ser lenta y muy simbólica, fúnebre, con mucha parsimonia. Ya no es necesario correr.
En Sevilla, en el siglo xix, vemos representado en un cuadro un campanario llamado «la Giralda» en honor a un angelito, «el giraldillo», ubicado en la cima y que hacía de veleta. En este caso, lo que hacen los cristianos es heredar unos minaretes de otras religiones e incorporarlos a su tradición.
Como hemos visto, muchas religiones ya disponían de un elemento alto, apto para convocar al culto. Al llegar los cristianos, los transforman en campanarios (o, si no, los instalan nuevos, como en el caso del Partenón de Atenas).
Algunos incluso se van inclinando mientras los construyen, como el campanile de Pisa, que desde hace tiempo ya no da las voces a los diferentes territorios mediante sus campanas.
En las ciudades estamos recuperando muchos sonidos, como el de las campanas, porque forman parte de nuestro patrimonio cultural. Así, la catedral de Barcelona se propuso recuperar la última campana que le faltaba (el si bemol), que se encargó a la fundición de Monistrol de Montserrat. Vemos la previsión de esta campana dentro del contexto global de las restantes en función del peso y la nota musical correspondiente.
Pero la riqueza de campanarios puede llegar a su límite cuando para cada ampliación, encargada bajo un estilo arquitectónico distinto, le corresponde un nuevo campanario.
El monasterio de Poblet contiene cinco campanarios —quizá me descuido alguno—. El primero se sitúa en el acceso (primer diafragma) y corresponde al reloj de las horas. Da cada cuarto con un toque de campana, es decir, una campanada equivale a un cuarto, dos campanadas, dos cuartos, etc., hasta llegar a cuatro campanadas, correspondientes a las horas (cuatro cuartos). Luego tenemos el de la capilla exterior, situada antes del segundo diafragma. Finalmente llegamos al cuerpo del monasterio, donde desde lejos pueden contemplarse perfectamente los tres campanarios correspondientes a sus tres diferentes momentos arquitectónicos: románico, gótico y neoclásico.
Cada estilo ha precisado su propio campanario, porque las campanas con el tiempo mueren. Según dicen los fundidores, su mejor sonido lo producen en las últimas campanadas. Es decir, justo antes de morir.