Por Francesc Daumal i Domènech
Colaboraciones: Eva Crespo y Jimena de Gortari, arquitectas
Todo lo que vive suena y por ello el ruido controlado también forma parte de nuestra cultura. Es decir, existen unos riesgos que es necesario tener presentes cuando se suprimen los ruidos de una forma aleatoria.
Porque muchos de estos denominados «ruidos» hace muchos años que forman parte de nuestra historia. Muchos de estos mensajes sonoros incorporan quizás una molestia, pero también su poesía, y otros se han convertido en formas sonoras determinadas, diseñadas o casuales, que caracterizan este arte del lenguaje sonoro, dentro de lo que entendemos por «paisaje sonoro» y «arquitectura acústica».
La música que produce la ciudad se convierte para el oyente activo en un auténtico lenguaje revelador de la esencia del mundo, como un perfume que produce efectos enardecedores o pacificadores según la disposición de su auditorio.
El que escucha los sonidos musicales que emite la ciudad y le parece escucharlos como si formara parte de la sinfonía, con una entrega participativa y total, siente que su soledad se convierte en sonora y que se puebla de presencias afines.
La mayor riqueza de la música no es su realidad, sino los sentimientos que provoca, y se convierte en un medio para crear sonidos y vibraciones que suenan en el aire y transforman las percepciones del espacio. La música permite cambiar la percepción del espacio binario que concebimos (sonido-ruido) y asumir una conciencia analógica sobre las formas y asimilar los ritmos inconcebibles de esas estructuras profundas.
Un ejemplo interesante es el lenguaje de las campanas. Su conocimiento ha adquirido un gran compromiso en épocas pasadas, pero continúa interesando todavía hoy puesto que a mucha gente no le gusta el proceso de electrificación que mayoritariamente ha sufrido [Figura 5].
El sonido de la campana a menudo nos llega doblado, matizado por los ecos de la misma ciudad. Aunque la campana está en un lugar determinado, tal vez en dirección totalmente contraria, el sonido ha experimentado múltiples reflexiones a causa de los elementos del paisaje o de los edificios de la ciudad. Esto ha dado pie a la expresión «oír tocar campanas y no saber de dónde provienen», que a menudo se utiliza en un sentido menos literal.
En el territorio, el sonido de la campana ha sido y continúa siendo de gran importancia. Tanto, que en algunos lugares todavía se realizan encuentros de campaneros.4
El Museu d'Història de Catalunya rinde un pequeño homenaje a la campana y a los diferentes sonidos de las mismas, tal como las hacemos sonar en Cataluña. Encontramos el lenguaje del ángelus, tocar a muertos, el porqué de tocar a somatén, etc.
¿Qué significa tocar a somatén? Antiguamente se utilizaba para que la gente se levantase en armas para luchar contra los moros que nos invadían, contra los franceses durante la Guerra del Francés, contra los piratas, o cuando los bandidos intentaban asaltar un lugar concreto. Estos temas se tratan en este Museo, donde incluso se explica el castigo a que eran sometidas las personas que incitaban a la rebelión precisamente haciendo tocar las campanas.5
En una ciudad cualquiera, como por ejemplo Florencia, se observa en los grabados del siglo xvi la presencia de los campanarios como los elementos más altos o hitos de la población. En el momento en que otros países intentan una conquista, estos elementos constituyen físicamente unas referencias topográficas básicas para la localización de los arsenales, los cuarteles, etc.
Los campanarios son unos hitos que dominan el territorio precisamente para conseguir una radiación del sonido de la campana mucho más lejana. Desde ellos se obtiene una extensión superior a la de una campana que toca desde el suelo. Si tañemos la campana a ras de suelo, la absorción es muy alta; en cambio, si el foco es aéreo, esta absorción tardará mucho más.
El sonido de la campana grave es menos absorbido por el aire. Es el caso de las campanas y sirenas de los barcos, cuyos sonidos, cuanto más graves, llegan más lejos para advertir a los demás barcos en caso de niebla.6
Pero esto implica que es preciso construir un campanario mucho más sólido para que aguante todas las solicitaciones dinámicas al moverse las grandes y pequeñas campanas al vuelo.
Aquí tenemos el caso de Barcelona. Muchos grabados franceses del dominio de 1800, con el fin de poder bombardear la ciudad, la representan con los campanarios, con los nombres de cada iglesia, convento o catedral incluidos, para facilitar su localización.
En la ciudad amurallada, lo único que sobresalía del perfil de sus murallas eran los campanarios.