Por Francesc Daumal i Domènech
Colaboraciones: Eva Crespo y Jimena de Gortari, arquitectas
Marcamos territorio con una serie de hitos arquitectónicos como dólmenes, menhires, etc., (y luego lo hemos ido marcando con unos arcos de triunfo o con una serie de torres de vigilancia o de control), de la misma forma los símbolos sonoros también nos van a marcar y en algunos casos recordar esa pretendida propiedad de nuestro territorio. Por lo tanto vamos a encontrar los símbolos totalmente vinculados con los distintos grados sociales, por lo que los poderes económicos y culturales nos van a configurar un sinfín de simbología, y de semiótica sonora, en la cual el lenguaje de estos símbolos es finalmente aprendido, es decir, aprehendido, hecho para uno (o tomado por uno) en función de múltiples características de gran alcance.
De la misma forma que ha sucedido en la arquitectura y en el urbanismo, llega un momento que el carácter de estos símbolos y lenguajes sonoros también se internacionalizan en la arquitectura y urbanismo. Al hacerlo, intentan adoptar un conjunto de herramientas para definir ese territorio de forma similar a otras culturas del planeta.
Esos nuevos lenguajes sonoros, llamémoslos, internacionales, han nacido favorecidos por los medios de comunicación de masas (anuncios y artículos amparados por una propaganda incluso subliminal). ¿Se intenta que el usuario entienda y haga suya una serie de instrucciones de elementos territoriales para que nos globalicemos también en este ámbito de la simbología sonora?
Por ejemplo, los sonidos de las juntas de dilatación de los puentes en la película interpretada por Robert Redford en la que encarna a un periodista que persigue a unos malhechores, estos lo secuestran, lo colocan en el maletero de un vehículo y lo conducen hasta un lugar secreto. Pero una vez libre, busca la ayuda de un ciego experto en sonidos que va interpretando las vivencias, y recompone el recorrido gracias a estos símbolos que forman parte de un lenguaje extendido en todas partes. Porque en casi todo el planeta existen puentes y viaductos donde, antes de acceder, debe uno cruzar por llagas de juntas de dilatación, y donde el recorrido espacial se enriquece con continuos cambios de texturas.
Lo mismo ocurre con estos sonidos de bandas rugosas colocadas en las líneas de arcén de las autovías y autopistas [Figura 1]. Muy pocos se han parado a pensar que, gracias a las frecuencias que el neumático puede producir (acorde con las revoluciones del mismo en contacto con estas bandas rugosas), se introducirán unas notas musicales que podrán ser ascendentes hacia agudo indicando un peligro. Si alguien circula a mayor velocidad de la prevista en una salida de autopista, podríamos diseñar múltiples efectos para instigar su frenado.
Obviamente el uso de estas bandas, sólo en el lateral, restringe la información o simbología del pavimento total efectivo en contacto con el vehículo. Existen siempre muchas más posibilidades de diseño de los elementos sonoros con que el vehículo cuenta en su contacto con la carretera.
¿Quién diseña estos símbolos? ¿Quién establece el carácter que deben tener las bandas sonoras?
¿Quién define el lenguaje sonoro en relación a la competencia que en ocasiones establecen las poblaciones excesivamente cercanas entre sí; como es el caso de la potencia acústica de las campanas de las iglesias indicando con ello el poderío, el mayor estatus de una población con respecto a la otra?
¡Suena más fuerte mi campana que la tuya!
¡Porque lo importante es que desde tu población se oiga más mi campana que la tuya!
Y en el espacio interior. ¿Quién diseña los pavimentos en los aeropuertos para que las maletas (con ruedecillas) arrastradas por los viajeros produzcan determinada melodía? Sólo es una consecuencia casual dejar las llagas de los pavimentos de forma que coincida el máximo en el sentido de la marcha.
¿Alguien se ha preocupado por entender que debe buscarse un carácter sonoro para este tránsito por aquel lugar?