Por Pilar Chías Navarro
Wallace Clement Sabine fue un físico americano y autor del libro Melody and the Origin of the Musical Scale. En él estudió la influencia que había tenido históricamente la acústica de los espacios en la composición musical y en la interpretación.
Sabine dedujo que las tradiciones arquitectónicas de los pueblos y las cualidades acústicas de sus espacios habían influido directamente en su música, llevando a clasificar ésta en dos tipos: la música rítmica y la melódica.
De este modo detectó la composición expresa para espacios de acústica resonante en obras de Pérotin, que componía para la catedral de Nôtre-Dame en París, muy resonante; o en obras de Gabrieli, que componía para la Catedral de San Marcos en Venecia, disponiendo bajo las cúpulas brillantes y dialogantes conjuntos de metales; o en las obras de Schütz compuestas para la Schlosskapelle en Dresde, que tenía un largo tiempo de reverberación8 [Figura 9] [Audio 7].
En cambio, entre las composiciones concebidas para ser interpretadas en espacios de acústica poco reverberante se podrían citar las del Ars Nova (s. xiv), muy adornada e idónea para los pequeños espacios.
Análogamente se prefería la música para viento-metal para ser ejecutada en exteriores (Hassler, Matthew Locke) [Audio 8], mientras la música para cuerda se prefería para los espacios cerrados.
De hecho, es conocido que el propio Purcell diferenciaba estilísticamente sus composiciones para Westminster Abbey y para la Royal Chapel, y éstas a su vez de las compuestas para la escena (sin reverberación).
Análogamente, Haydn y Mozart utilizaron las mismas formas para su música de cámara y para orquesta, pero variaron la sutileza de los estilos (contrapunto, ornamentos, rítmica, acordes utilizados, y frecuencia de los cambios armónicos). Como ejemplo de música compuesta para un espacio concreto, se pueden recordar varias óperas de Haydn como L’infedeltà delusa (1773), para el teatro del Palacio Estherháza. O el Idomeneo (1781) de Mozart, que lo fue para el Residenztheater de Munich.
Entre las modernas aportaciones al conocimiento científico del sonido y su comportamiento destacan las de Hermann von Helmholz, que fue profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Bonn y de Física en la de Berlín; entre sus escritos merece citarse el Estudio de las sensaciones del tono como base psicológica para la teoría de la música (1863), y entre sus hallazgos el de los famosos «resonadores», que permitían la detección de las frecuencias armónicas de un sonido principal.
Muchos siguieron las huellas de Helmholz: Irving Langmuir, George von Békesy, Harvey Fletcher o Jan Schouten, entre otros. A través de sus investigaciones, cada vez más se fue concibiendo la ciencia al servicio de la percepción.
Cuando se aborda el diseño de un espacio para la música o para la palabra, el ideal es que se lleve a cabo un trabajo conjunto entre el arquitecto y el especialistas en acústica, si aquél no lo es.
Y para abordar tal empresa lo primero que hay que diferenciar claramente son los conceptos de acondicionamiento acústico y aislamiento acústico.
Un diseño incorrecto puede producir ecos, focalizaciones, coloraciones, resonancias, puntos muertos, etc. (véase más abajo).
Entre los mecanismos que existen para combatir el ruido aéreo se pueden citar: el aislamiento por masa, los basados en el efecto masa-resorte-masa, o los efectos membrana plástica entre masas flexibles; en cambio, para el ruido transmitido por vía sólida hay que recurrir a la des-solidarización, y al empleo de materiales elásticos y amortiguantes.