Por Pilar Chías Navarro
La acústica en general y la acústica arquitectónica en particular son un arte además de una ciencia.
La tendencia dominante hasta ahora ha sido la de considerar que el papel esencial de la acústica era el de conseguir unos espacios habitables cuyas condiciones sonoras permitiesen adecuadamente la relación y la comunicación,1 de acuerdo con las funciones que en ellos se fueran a desempeñar. Pero la acústica arquitectónica es mucho más: es el arte de diseñar la personalidad sonora de un espacio, llegando incluso a «afinarlo» al asignarle unas cualidades acústicas ajustadas al efecto espacial deseado, que constituyen el necesario complemento a sus cualidades visuales, y en otro orden perceptivo, incluso táctiles u olfativas.2
Esta consideración más amplia e interesante deriva fundamentalmente de dos enfoques que han convivido a lo largo de la historia: de la aplicación de conceptos filosóficos a la arquitectura y de la experiencia práctica en la construcción de espacios destinados a la representación.
La tradición filosófica se apoyaba en la creencia de que en el Universo todo estaba dispuesto conforme al número; de ello resultaba la idea de la armonía como concepción estética.3
Son numerosos los autores clásicos que hacen referencia a este orden general del Cosmos en torno al número, como Platón (Epinomis, Timeo, Carnides), Aristógenes de Tarento, Pitágoras (Discurso Sagrado) o Nicómaco (Manual de armonía; Mística del número; Introducción a la Aritmética), entre otros. Pero todos ellos establecían una distinción entre el Número Divino o Número Idea, arquetipo director de todo el Universo creado y modelo ideal; y el número científico, que es el que habitualmente entendemos como número y que se aplica a la formas del mundo material.
Precisamente a Pitágoras se atribuye el Ieros logos (Discurso sagrado), en el que Logos es razón, razonamiento, relación, pero también es inteligencia divina creadora —«el que compone con arte»— de Nicómaco.
Fue Nicómaco el que definió el concepto general de relación entre dos dimensiones u objetos y, de acuerdo con estas teorías, se establecieron numerosas proporciones o relaciones de números enteros escritas en forma de serie o progresión.
Entre ellas, la Teoría pitagórica de la armonía musical es puramente matemática, basada en la Teoría de las proporciones, en la que asoció entre sí las longitudes de segmentos de cuerdas 1:2:3:4 (tetraktys pitagórica) con la serie de los cuatro primeros números considerados como sucesión y como conjunto —la década con sus propiedades—. De ahí dedujo las relaciones 1:2 o consonancia de Octava, 2:3 Quinta (diapente), 3:4 Cuarta (diatesarón) y las llamadas consonancias compuestas: 1:2:3 (octava + quinta) y 1:2:4 (dos octavas). Todo ello dio lugar al conjunto de consonancias en que se basaba el sistema musical griego. [Figura 1].
Pero además de afectar a la Música, esta Teoría era en realidad una proposición general extensible a la Geometría, la Estética, la Cosmogonía o la Metafísica, de modo que la tetraktys, convertida en símbolo del Universo, intervenía tanto en la inaudible música de las esferas celestiales como en la estructura del alma humana (Platón, Republica). Esta Teoría del Macrocosmos y del Microcosmos tuvo una gran influencia posterior, a partir del Renacimiento, en artistas-científicos como Leonardo, Luca Pacioli o Kepler.