Por José Luis Carles
El compositor Barry Truax se refiere a la multidimensionalidad del sonido (no sólo tiene alturas y ritmos) subrayando en este sentido cómo lenguaje, música y paisaje sonoro tienen unas líneas divisorias difusas. En su trabajo Acoustic Communication, Truax plantea superar los modelos de las disciplinas acústicas tradicionales, basados en teorías relacionadas con la transferencia de energía y el procesamiento de la señal, mediante un nuevo modelo de comunicación acústica, el cual establece el concepto de intercambio de información. El oyente se sitúa en el centro del modelo siendo el acto de oír la interfaz primaria a través de la cual se realiza el intercambio de información entre individuo y entorno, para ello hay una puesta en acción de procesos cognitivos necesarios para obtener informaciones del medio con la consiguiente interpretación de posibles significados. El sistema auditivo no es un simple receptor pasivo que procesa una energía creando señales neuronales. Se plantean así diferentes niveles de escucha en función de los diversos niveles de atención más o menos consciente. Truax diferencia, al igual que Schaeffer, diversos niveles de audición; por un lado la audición de fondo, que sería el modo habitual de procesamiento de la información sonora, generalmente repetitiva y poco informativa, en la que apenas prestamos atención consciente al fondo de los sonidos que nos rodean y, por otro, la escucha en la que se da una atención consciente, que sería el «oír en estado de alerta» [«listening-in-readiness», en el original],4 una forma de escuchar más musical o analítica.
También Truax, en esta reflexion acerca del sonido, va a centrarse en la teoría de la escucha planteando los diferentes niveles de atención. Se extrae la información útil y se interpreta su significado. Según Truax, oír es un acto que siempre implica atención, diferenciando diversos niveles. Procesamos la información acústica en un plano de fondo, contexto ambiental de nuestra conciencia, una «base» persistente y redundante experimentada por nuestra conciencia en nuestra vivencia cotidiana. Podemos establecer así un primer nivel de audición, audición de fondo, proceso cognitivo aparentemente simple pero en realidad altamente complejo, basado en la detección de rasgos, reconocimiento de patrones y «firmas» ambientales y en la comparación con patrones conocidos (reconocimiento de patrones-gestalt). Junto a esta audición de fondo se da la escucha en estado de alerta («listening-in-readiness») basada en la concentración de la atención consciente en un sonido, si hay necesidad o motivación suficientes por parte del oyente, con una atención analítica a detalles de corto plazo.
Estos planteamientos llevan a un concepto sistémico, el de ecología acústica, cuyos elementos de referencia son:
Junto a esta consideración del entorno sonoro como un sistema de relaciones entre sonido sujetos (comunidades) y entorno, esta teoría ofrece una aportación importante como es la incorporación de las variables cualitativas en la valoración del ambiente. El paisaje sonoro (ecología acústica) debe establecer la relación que mantienen las personas con su entorno acústico, al incorporar al análisis sonoro las propias apreciaciones de los miembros de la comunidad.5 Además, el análisis de paisajes sonoros permite establecer diagnósticos de paisajes expuestos a su desaparición y degradación, llamando la atención acerca de la sobrevivencia de determinados paisajes locales y autóctonos a escala humana. El actual modelo de regulación pública («control de ruido») sólo sirve para atajar los casos más tóxicos de ruidos nocivos, limitándose de hecho a los que admiten una medición fiable. Del mismo modo que la salud no se reduce a la ausencia de enfermedad, un paisaje sonoro sano no sólo se consigue eliminando el ruido. La participación ciudadana constituye de este modo un pilar esencial en el análisis acústico de carácter cualitativo. El oyente es el único capaz de identificar la «contaminación acústica» —paisajes sonoros inadecuados y desequilibrados— y de expresar la realidad sensorial de un lugar a partir de sus experiencias, recorridos y percepciones cotidianas. Además de las aplicaciones artísticas (composición con paisajes sonoros) esta concepción abierta plurisensorial y pluridisciplinar del paisaje constituye un nuevo modo de abordar los problemas del ambiente.6
La percepción del espacio está relacionada con un proceso complejo en el que participan distintos sentidos, siendo el oído uno de los protagonistas. El sonido define y cualifica el tiempo y el espacio, afectando al ser humano de múltiples maneras. Los sonidos de la naturaleza informan de las actividades en la naturaleza, los producidos por los hombres informan de su presencia y de sus correspondientes actividades (en el campo, en la ciudad o en la casa). El sonido le permite al hombre adquirir información contextual o ambiental sobre el medio en el que se halla inmerso. Esa información abarca desde los componentes específicamente sonoros del ambiente acústico hasta sus cualidades espaciales (dimensiones, formas, materiales…). Los sonidos, producidos por cualquier actividad, llenan el espacio y permiten al hombre integrarse en él. Dentro de este flujo sonoro casi inaprehensible, pueden diferenciarse elementos sonoros con una cualidad especial que el hombre ha seleccionado tras un proceso largo y complejo de depuración a través del proceso de evolución y de adaptación al medio. El uso de las informaciones que el hombre percibe del medio ha ido ligada siempre a su evolución y supervivencia, existiendo numerosas consecuencias adaptativas que constituyen las raíces de la relación afectiva del hombre con su entorno sonoro. En este sentido, la experiencia acústica ha ido creando, influyendo y moldeando las relaciones habituales con el medio, pudiendo ser esta relación altamente interactiva, incluso terapéutica, pero también alienante u opresiva física y mentalmente.