Por María Andueza Olmedo
Desde que la obra se instala en el espacio urbano el artista pierde el control sobre ella, es susceptible de ser alterada, enriquecida, dañada e incluso destruida por los ciudadanos. Más allá de una participación o una inmersión del ciudadano en el contexto, la obra se presta a que el ciudadano se la apropie. Heidi Grundmann hace alusión implícita a esta apropiación al tratar la obra como un «souvenir que evoca memorias más complejas que el objeto en sí mismo».11 Los ciudadanos se apropian del sonido, cuando lo poseen, pero cada uno evoca unas sensaciones distintas, lo que para un individuo pasa desapercibido para otros provoca una cadena de reacciones. El término souvenir, empleado por Grundmann, se antoja en este contexto muy apropiado, pues instalados en el entorno urbano los artistas hacen del sonido un elemento característico que los ciudadanos pueden tomar e interpretar desde su propia experiencia. Del mismo modo que un souvenir de una ciudad no la representa tanto a ella como al visitante que lo compró y su experiencia, las instalaciones sonoras en la urbe se prestan a ser interpretadas por la experiencia particular de quien la percibe más que por sus particulares características. De algún modo la obra actúa como catalizadora de la conexión del ciudadano con el medio urbano.
Andreas Oldörp, otro de los nombres que no puede obviarse al tratar el tema de la instalación sonora en el contexto urbano, considera sus intervenciones como «herramientas» que deben ser independientes y autosuficientes para que puedan usarse libremente. La forma en la que el artista lleva a cabo esta idea es creando intervenciones, que a la inversa de la de Klein o la de Iges y Jerez, parten de la abstracción, trabajando con un material sonoro desprovisto de significado, historia o dramaturgia alguna. En 1988 llevó a cabo el proyecto Singende Flammen12 (Llamas cantando) en un bunker de Hamburgo, donde puso en práctica una forma de trabajar que ha desarrollado desde entonces. La idea de Oldörp retoma la del piróforo inventado por el físico y compositor francés Frédéric Kastner.13 Como ya hiciera este, las ‘llamas cantando’ de Oldörp se confeccionan a partir de tubos de cristal con gas en combustión que genera pequeñas fluctuaciones del aire en el interior de lo tubos, provocando como consecuencia diferentes silbidos en función de su diámetro y longitud. El sonido resultante es además absolutamente dependiente de las fluctuaciones de aire en el ambiente, como también del gas empleado para la combustión, que suele ser hidrógeno aunque también Oldörp ha empleado otros gases como el propano, butano y metano. Todas estas condiciones determinan el resultado final de la instalación; en el bunker, el sonido fue pausado y muy denso, como si se agarrara a las paredes del espacio tanto como al cerebro del visitante. Un tono constante, suavemente perceptible, inundaba en 1988 el espacio del bunker y respondía a la presencia del visitante —que produciendo alteraciones en el aire con su movimiento, modificó los sonidos producidos por las llamas y los tubos—. En aquel caso del bunker las paredes parecían supurar el sonido14 que adquiría un alto valor simbólico teniendo en cuenta la historia del lugar.
Este es un aspecto que ha interesado especialmente a Oldörp que lo expresa del siguiente modo: «cuando trabajo comienzo por el propio espacio, que experimento como ‘interlocutor’ mientras se desarrollan mis conceptos. Esto no abarca únicamente los aspectos más destacados de la arquitectura, sino también la cualidad de su material, entre otras cosas su habilidad de transmitir las huellas de la historia, en resumen: el tiempo».15 Así, Oldörp rastrea los espacios como un sismógrafo en busca de las vibraciones y la historia perceptible. Con el sistema de las Singende Flammen ha explorado, en los años que han transcurrido desde que las empleara por primera vez en 1988, diferentes ubicaciones específicas.16 Una sinagoga o una iglesia fueron objeto de sus intervenciones y recientemente lo fue también un parking situado cerca del barrio rojo de Braunschweig, en La Baja Sajonia, donde Oldörp instaló en 2009 Peep17 (Mirar furtivamente). En esta ocasión, la instalación sonora incorporó el sistema de las Singende Flammen sonando levemente tras unas vallas de publicidad del parking que tapiaban lo que inicialmente se proyectó como tiendas comerciales. La instalación era apenas apreciable desde el exterior, ninguna pista visual llevaba hasta ella y tan solo podía percibirse al aproximarse a las vallas; entonces, detrás de ellas el visitante era capaz de distinguir el peculiar sonido de las llamas en combustión. La actitud de escucha del visitante se mostraba reveladora en aquel lugar situado a espaldas de la zona de prostitución. Como un mirón, el visitante pegaba sus oídos a las vallas y queriendo descubrir lo que ocultaban miraba por sus estrechas rendijas. El título de la obra cierra esta instalación, en la que Oldörp trabaja con el ambiente del barrio rojo de la ciudad alemana. ‘Mirando furtivamente’ el visitante adquiría una de las actitudes propias en los alrededores de un prostíbulo, la actitud de aquel que se acerca y curiosea, aquel que mira sin ser visto, aquel que se deleita escuchando, aquel que en definitiva vive un lugar sin estar en él.