Por Ramón Pelinski
Grata la voz del agua […]
Gratos los finos laberintos del agua entre los limoneros(J. L. Borges, poema Alhambra, Granada, 1976)
En los discursos sobre la Alhambra y la cultura de al-Ándalus existe un continuo de proyecciones analógicas que partiendo del oasis, se reproduce en el Coránico Jardín de las delicias. Como mediadora entre ambos podríamos situar la Alhambra por la abundante y sonora presencia del agua en su recinto.1 Originada en el desierto de la Península arábica, la vida de aquellos primeros creyentes nómadas era un incesante peregrinar de un oasis a otro.2 No es extraño pues que el Corán presente el oasis como metáfora del paraíso y el agua como: creación divina sobre la que Allah puso su Trono; elemento a partir del cual Dios creó toda cosa viva; medio de purificación ritual (cinco veces al día antes de la oración); recurso para fertilizar la tierra y apaciguar la sed de los humanos, y en fin, recompensa de los creyentes que morarán eternamente en los cuatro ríos que nacen de las profundidades del Jardín de las delicias.3
Dada la importancia del agua en la cultura islámica, su uso estaba sometido a una regulación escrupulosa que abarcaba todos los ámbitos de la vida, particularmente la agricultura, el abastecimiento de las ciudades, y el ritual de purificación. Por su parte, la belleza del agua y su disfrute estético han sido tópico frecuente de la literatura clásica árabe-andalusí.4 Así, por ejemplo, el poeta sevillano Ibn Raia (s. xiii) compara las gotas lanzadas al aire por un surtidor con «estrellas fugaces saltando como acróbatas» mientras «las ramas se inclinan a besar el agua» y «las burbujas son dientes de su sonrisa».5 Para el rey poeta sevillano, al-Mutamid (1040-1095), si el chorro del surtidor se congelara, sería un alfanje de verdad.6 Para otros poetas las acequias son sierpes que corren amedrentadas, una burbuja es una sonrisa, la espuma de un arroyo es un halo de luna… En su descripción del paraíso, Ibn Habib afirma que los ríos del paraíso no corren por cauces, pues son más blancos que la nieve, más dulces que la miel, y su aroma más grato que el almizcle. Sus fuentes corren sobre guijarros de perlas y zafiros.7 La sofisticación de la cultura musulmana con respecto al agua llega al punto de que el taifa de Toledo, al-Ma’mun (+1075) se hizo construir una tienda de cristal cubierta por el agua que fluía de un surtidor. Sentado dentro de la tienda, el taifa gozaba del espectáculo del agua que se deslizaba sobre la tienda.8
Llama, sin embargo, la atención que, tanto entre los clásicos islámicos, sean ellos tratadistas o poetas, como entre los actuales estudiosos de la cultura islámica, apenas se mencione el sonido del agua. Las metáforas preferidas por los poetas islámicos para ensalzar las bellezas del agua se inspiran generalmente de sus propiedades visuales, a veces también gustativas y olfativas; sin embargo, si mis limitadas informaciones no me engañan, parecen obviar la discreta belleza sonora del agua.9
Como es sabido, el suministro de agua a la Alhambra se realiza a través de la Acequia Real que se origina en el río Darro a unos seis kilómetros más al norte.10 El agua llega hasta la Torre del agua desde donde se almacena en una gran cisterna y en varios aljibes (Plaza de los aljibes), albercas y estanques convenientemente situados; desde ellos se distribuye a los huertos del Generalife, a los habitantes de la Alhambra y a sus jardines a través de una red de acequias, conductos, canales y alcantarillas. No es mi intención explayarme sobre los usos y funciones del agua en la Alhambra.11 Sin embargo, no dejaré de mencionar la presencia material del agua en los palacios de la Alhambra por su capacidad de articular arquitectónicamente el espacio, el simbolismo atribuido a su presencia y su poder de proporcionar disfrute sonoro —aspecto que interesa directamente al propósito de esta charla—.
La civilización beduina que desarrollan los nómadas del desierto depende del agua más que en ninguna otra sociedad. El Islam, nacido de ese entorno desarrolla la cultura del agua ya desde el mismo Corán […] En el oasis supremo el agua es uno de los principales elementos que proporcionan placer y felicidad al creyente.
Vidal Castro, Francisco: «Paisajes del agua en al-Ándalus». Paisaje y naturaleza del al-Ándalus [Fátima Roldán Castro (ed.)]. Granada, El Legado Andalusí, 2004, pp. 139-157 [139-140]. volver